Entrevista a Manuela Carmena"Como alcaldesa fue cuando menos transformé la administración pública, no fue como hubiera querido"
La alcaldesa de Madrid entre 2015 y 2019 atiende a 'Público' tras la publicación de un nuevo libro. En él, relata su frustración al frente de la Alcaldía y recuerda su trayectoria como jurista que le llevó a ser vocal del Consejo General del Poder Judicial.

Madrid--Actualizado a
Manuela Carmena (Madrid, 1944) no separa la persona del personaje. En la mesa de su cocina descansan dos bandejas de magdalenas recién horneadas que ofrece a las visitas. El bollo que le convirtió en un símbolo esperanzador de la nueva política (y a ratos en un retrato naif) sigue presente en su recetario.
Carmena atiende las preguntas a raíz de su nuevo libro, Imaginar la vida (editorial Península), un recorrido por más de cuarenta años de vida laboral, donde su legislatura en la Alcaldía de Madrid guardan un importante protagonismo del que proyecta desazón y frustración. Rara vez las cosas son como se imaginan.

¿A qué dedica su vida ahora?
La verdad es que tengo muchas actividades. Tengo un programa de radio que se me ocurrió durante la pandemia, es sobre divulgación de la justicia, hago apariciones en RNE, y llevo una empresa social de juguetes, doy conferencias... No paro.
Precisamente, su biografía parece que pretende hacer divulgación sobre el sistema judicial y los problemas que ha ido encontrando.
Sí, es un ejercicio de contar lo que he visto. Como un turista, quiero contarlo. Ver qué no funciona o hacerlo de otra manera. Me he sentido muy turista siempre. Lo cuento como lo he vivido, he intentado mezclar ideas con vivencias.
¿Su etapa en el Decanato de Madrid fue la más feliz de su vida profesional?
Sí, fue la etapa donde pude llevar a cabo todo lo que creía que había que cambiar. Tuve muchos menos obstáculos que en el CGPJ o el Ayuntamiento. Nuestra actividad estaba muy poco burocratizada y te permitía construir alternativas imaginativas.
Cuando me eligieron para el CGPJ pensé que era por mi actividad en el Decanato, pero me di cuenta de que los políticos socialistas [entre ellos Joaquín Almunia] que me eligieron ni sabían lo que era [risas].
¿Le preocupa el grado de desconocimiento que puede tener un político sobre las instituciones?
Sí, es terrible. Muchos políticos llegan a los cargos sin saber qué es lo que quieren hacer, porque no conocen la realidad en la que se van a mover. No entiendo cómo una persona asume la responsabilidad política que implica un grado de gestión trascendente y no sabe lo que va a hacer.
También parece que su etapa como alcaldesa es la que menos le ha llenado a nivel personal.
Bueno, fue una experiencia muy interesante, pero como alcaldesa fue cuando menos transformé la administración pública, no fue como hubiera querido.
La experiencia sirvió para constatar lo que luego me hizo reivindicar la democracia y la necesidad de cuidarla. Los procesos democráticos han establecido una cultura política que es muy negativa para la democracia, y eso no lo vi hasta que trabajé en el Ayuntamiento.
¿Piensa en cómo le gustaría ser recordada?
No. Me gustaría haber generado un proceso de transformación de la administración pública.
¿Siente que lo consiguió?
Por si acaso, quiero dejar el legado de haberlo intentado [Risas]. Mucho después de ser jueza de vigilancia penitenciaria, alguna vez me dijeron que desde que yo pasé por allí, había cosas que ya no se hacían. Pues cosas como esa son las que valen la pena.
El libro guarda una frase que resume mucho su pensamiento: "La enfermedad de la burocracia es que no piensa".
Sí... muchas veces te dicen que las cosas hay que hacerlas de un modo porque es como se han hecho siempre y yo siempre he preguntado: ¿pero por qué?
¿La burocracia genera el inmovilismo político que vemos en muchas ocasiones?
Yo creo que sí. Los que son responsables de la administración, que son los dirigentes políticos, no se atreven a asumir la función de dirigir la administración. Por dos razones: la derecha no cree en la administración pública y la regala a la empresa privada y la izquierda no tiene claro qué tipo de administración quiere.
Fue una sorpresa, cuando me reuní con Ada Colau, Kichi... Ellos no habían pensado lo que era la administración y no entendían por qué yo estaba tan preocupada por reformarla.
Su alcaldía inauguró los Presupuestos Participativos, pero han cambiado mucho desde entonces. Ahora, Almeida propone votar entre cosas que no deberían elegirse por votación, como climatizar colegios, pero muchos de los Presupuestos de su legislatura se quedaron sin ejecutar por irrealizables.
Nos tenemos que acostumbrar a confiar en la cooperación ciudadana, que son quienes deberían hacer muchas cosas. Por ejemplo, había una propuesta en su momento de hacer un tablao de baile. Si cuesta 60.000 euros, yo quería dárselo a esa gente que lo había pedido para que lo hicieran ellos. Tenemos que confiar en la participación, porque la administración es tan lenta y burocrática que muchas cosas no las pudimos hacer por incapacidad nuestra al intentar movilizarla.
En el panorama actual, los jueces son protagonistas de la actualidad política. ¿Le gusta o lo ve preocupante?
Cuando se constituye la idea de lo que significan los procesos democráticos, está muy bien que el poder judicial controle a la administración. Pero el cómo controlarla está aún por diseñar. Ahora, el control a la administración se usa como instrumento de la confrontación política. La confrontación política es presentar querellas y denuncias, cuando realmente, siendo muy importante el control judicial de la administración, no lo hemos reflexionado y se está mal utilizando. Me preocupa mucho esto, porque ya vemos en EEUU cómo el poder judicial es la única herramienta para parar movimientos absolutamente ilegales que lleva a cabo el presidente. Y el poder judicial, si está mal diseñado, no puede hacer su trabajo.
¿Cómo somos capaces de hacer el nombramiento de los vocales del CPGJ tal y como se hacen? En lugar de como dice la ley, en debate parlamentario, se lleva a cabo en un lugar cerrado sin saber por qué se eligen. Eso es ir contra la democracia. La manera de combatir a la extrema derecha es estar orgullosos de la democracia, pero para eso hay que respetarla y hay que creérsela.
Hemos vuelto a ver a un cómico, Héctor de Miguel, tener que declarar frente a un juez por un chiste. ¿Cómo de peligroso es que la ciudadanía pierda la confianza en los procesos judiciales?
Hay dos cosas ahí. Una es la utilización en el debate político de la intervención judicial, que es muy peligroso. Pero además hay un avance de la extrema derecha que era impensable hace unos años. Hay actos que en los noventa se entendían como pura exigencia de la libertad de expresión y ahora se cuestionan. Es por eso que la extrema derecha está ahora más activa.
¿Se imaginó alguna vez este auge de la extrema derecha?
No. Bueno... Una vez me sorprendió bastante oír a Esperanza Aguirre explicar lo que había significado el golpe de Estado de Franco. Todos teníamos claro qué significaba, pero escuché a Aguirre hablar de que el primer golpe de Estado a la Segunda República se había producido en 1935 en Asturias, y me quedé sorprendida. Nunca había oído algo así. Y eso, que me pareció una singularidad de Aguirre, vi más tarde que tenía un movimiento detrás que se estaba fraguando, que era Vox y toda esta extrema derecha.
¿Cómo ve actualmente a la izquierda en España?
No me gusta usar la etiqueta de la izquierda, porque está desgastada. Prefiero hablar de personas que nos interesa el progreso y la democracia. En ese sentido, no estamos asumiendo una función de cuidar la democracia. Por ejemplo: una ley por iniciativa popular, como es la que ha estado congelada años en el Congreso para regularizar a personas migrantes, es incomprensible que la metieran en un armario. Es una vergüenza, es despreciar la democracia. Una ley que se propone por iniciativa popular debería recibirse con aplausos. Todo esto es agostar la democracia y entregarle a la extrema derecha la situación, porque tienen una actitud de rechazo a los migrantes y no entiendo por qué no se profundiza en eso. Habría que insistir en que nos parece estupendo que haya migrantes y que, además, son necesarios.
¿Es optimista con el futuro de la izquierda en España?
Pues no lo sé. En la poca vida que me queda no creo que tenga la suerte de ver un gran cambio, pero me parece que siempre, en la humanidad al final, triunfa el progreso.
Prácticamente todos los líderes políticos, aunque hayan sido muy queridos, acaban denostados con el paso el tiempo. ¿Cree que le recordarán con cariño?
No tengo ni idea. No me lo planteo. De nuevo, te vuelvo a decir qué tipo de izquierda... Creo que en general, la gente por la calle me tiene cariño y me siento agradecida. Suelo tener constataciones de que me consideran una más, y eso es bonito cuando has tenido un cargo de responsabilidad.
Había mucho entusiasmo entonces, otra cosa es que luego hubo sectores de izquierdas que consideraban que hicimos poco. El propio Pablo Iglesias dijo que no nos votaran. Pero creo que se demostró que todo eso era marginal.
¿Qué opina como jueza de que Juan Carlos I, una figura inviolable, denuncie a un particular como Miguel Ángel Revilla?
Me parece fatal y me da mucha pena. Es dar una nota más de la actividad de una persona que tuvo tanta responsabilidad que no le favorece para nada. Es una actitud ridícula, vindicativa, me parece fatal. Le he tenido que tratar alguna vez y en la distancia corta es un hombre muy agradable. Pero eso no quita que sus actividades me provoquen una censura tremenda.





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