Opinión
La usurpación de los significados


Por Miquel Ramos
Periodista
Viva la libertad, carajo. ¿Quién no lo suscribiría? Todos y todas deseamos libertad. Pero el ultraderechista y estafador Javier Milei tiene claro que en su lema, el del carajo, esa libertad es una carcasa vacía para la mayoría de sus ciudadanos, como estamos viendo desde que tomó el poder. La libertad como concepto abstracto no se traduce en nada material ni en ningún beneficio vital, ni en ningún aumento de derechos cuando es usada para vaciarla de contenido. Mucho menos lleva aparejada la inseparable responsabilidad para con los demás que la debería acompañar. No hay palabra más manoseada y pervertida a lo largo de la historia que esta, la libertad, usada hasta por quien estira la cuerda de tu horca.
Libertad era también poder tomarse una cerveza en una terraza de Madrid en plena pandemia de la covid, como dijo Ayuso. Ella la encarnaba en oposición al comunismo que acechaba y amenazaba con tomar las instituciones en las últimas elecciones si no ganaba. Comunismo o Ayuso. Comunismo o Libertad. Libertad era también beberse tantas copas de vino como uno considerase, como dijo Aznar ante las leyes que bajaban la tasa de alcohol permitida al volante. Libertad para abarrotar un bar en pandemia. Para conducir bañado en alcohol. Siempre hay una pulsión liberticida en aquellos que tratan de limitar tus deseos. Es el mantra de los mal llamados libertarios, a quienes me niego a regalarles tan bella palabra, hasta ahora reservada a los anarquistas y a sus anhelos de una sociedad tan libre como responsable consigo misma.
Hay muchas otras palabras y frases hechas que quedan muy bien en toda causa, pero cuyo significado dista mucho de lo que entienden unos y otros. Solo el pueblo salva al pueblo, por ejemplo, un lema de los movimientos sociales que resurgió tras la catastrófica dana en València, cuando los vecinos y las vecinas se ayudaron ante la dejadez y la negligencia de las autoridades. La extrema derecha trató de apropiárselo, de resignificarlo para arrojarlo contra el gobierno de Pedro Sánchez y el Estado como parte de su postizo discurso antiestablishment. Los mismos que hoy protegen al principal responsable de avisar a la ciudadanía para que estuviese a salvo ante el temporal. Vox ha salvado a Mazón mientras trataba de apropiarse de aquel lema. No ha sido 'el pueblo' salvando 'al pueblo'. Han sido los ultraderechistas salvando al principal responsable de las más de 200 muertes, el mismo que hoy les da una parte del pastel. Y hubo quien decidió regalarles aquel eslogan, renunciando a dar la batalla por el lenguaje, por el significado de pueblo y de salvar al pueblo. Un error tremendo. Pero no es el único ejemplo.
La defensa de la vida es otro de los marcos en disputa. Hemos regalado la palabra provida a quienes tan solo defienden fetos y embriones, y a la vez, atacan a quienes ya han nacido por cualquier otro motivo. La ultraderecha nunca ha sido provida, sino todo lo contrario: perpetran o justifican genocidios, represión y desigualdades contra cualquiera que, una vez nacido, reniega o no encaja en su modelo de sociedad. Sin embargo, hablar hoy del derecho a vivir evoca inmediatamente a la turba antiabortista coaccionando a las mujeres a las puertas de las clínicas. Otra derrota.
¿Quién no desea sentirse seguro? La libertad es no tener miedo, dijo Nina Simone. Es, por tanto, sentirse seguro. Pero ¿de qué seguridad estamos hablando? De nuevo, otro marco robado. Hablar hoy de seguridad evoca inevitablemente a la delincuencia en las calles, a que te asalten o te okupen la casa, o a que al turista le sisen el Rolex de medio millón de euros en las Ramblas de Barcelona. ¿En qué momento la seguridad ha dejado de ser, por ejemplo, tener una vivienda y un trabajo digno? Pues nada. La derecha consiguió enmarcar la seguridad en sus propios términos, eximiendo siempre lo estructural que genera desigualdades y, por extensión, muchas de las delincuencias que hoy se presentan como desvíos morales. Aderezadas, además, con ingredientes culturales o raciales, un clásico del argumentario reaccionario y racista de todos los tiempos.
Esta semana, la policía metropolitana de Washington DC advertía que estaba investigando los ataques a los Teslas, la marca de Elon Musk, como delitos de odio. Coches discriminados porque la marca pertenece al hombre más rico del mundo y mano derecha de Donald Trump en su cruzada antiderechos. La última aberración respecto al uso perverso de los delitos de odio para proteger al privilegiado, al fascista, al mayor difusor de odio. Algo a lo que en España nos acostumbramos tan pronto como aterrizó esta legislación, usada por los ultraderechistas contra los antifascistas, contra quienes se plantan ante su odio y su maldad. La última: varios estudiantes investigados por protestar ante una charla ultra en la universidad, acusados de delito de odio. Otra usurpación del significado, tan aceptada ya incluso entre supuestos demócratas que aterra.
Cientos de miles de argentinos salieron anteayer a las calles para recordar el terrible golpe de estado de Videla, para honrar a sus víctimas y desafiar la reescritura que el nuevo gobierno pretende hacer de su historia. Nada nuevo. Es el habitual empeño neofascista, imponer un relato alternativo a lo que sus padres ideológicos perpetraron. En Alemania, en Italia, en España, en Argentina o donde sea. Todo negacionismo de la historia, que hasta hace poco atribuíamos tan solo a los apolillados franquistas y a los revisionistas del Holocausto que negaban la existencia de las cámaras de gas, cobra hoy un carácter de Estado, con figuras como Milei y sus homólogos en el mundo asaltando no solo las instituciones, sino también el significado de las palabras y la propia historia.
Ante la ofensiva reaccionaria en todos los frentes, ninguna trinchera admite deserción. Tampoco la semántica. Regalar el significado de las palabras, situarse en posiciones equidistantes y supuestos centros virtuosos, donde verdad y mentira son tan solo opiniones enfrentadas, es una de las principales derrotas de nuestro tiempo.
El politólogo Elvin Calcaño recordaba ayer en X a Koselleck cuando decía que los conceptos políticos se politizan e ideologizan con la distancia del tiempo. Y nos recordaba que hoy “pasa lo mismo con el significado de esas dictaduras: se ha ideologizado y, así, para las actuales subjetividades derechizadas y manipuladas desde algoritmos de redes sociales pueden representar lo contrario de lo que fueron. Hoy es fácil reescribir la historia porque ya no hay marcos comunes de referencia; de manera que se ha eliminado la frontera entre verdad y mentira,” decía muy acertadamente sobre esta ofensiva revisionista de Milei.
El robo de la historia, la usurpación de las palabras y de los marcos es hoy el principal frente de batalla de la reacción antiderechos. De quienes pretenden dar marcha atrás en toda conquista social y política. Una de las principales derrotas de nuestro tiempo es haber aceptado el juego, considerar que todo es debatible, también tu vida y tu dignidad, y que la verdad depende del punto de vista, y no de hechos objetivos. Si abandonamos esta disputa, si no peleamos por el significado de cada palabra, por la verdad de los hechos y de la historia, todo será mucho más fácil para quien pretende repetirla. Si no se pelea por el marco, el futuro instalará inevitablemente toda la mentira reaccionaria. Porque no basta con saber que uno dice la verdad o defiende una buena causa. Hay también que saber mantenerla y explicarla. Y no regalar nunca ni una bandera, por mucho que algunos se limpien el culo con ella y luego la enarbolen como su principal insignia.
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