Opinión
La tierra del fin del mundo


Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
Escribo estas líneas desde Ushuaia, tras atravesar en una barcaza el Estrecho de Magallanes, en la provincia de Tierra del Fuego (Argentina), la última población al sur del planeta. La Tierra del Fin del Mundo. En el polo más extremo de la belleza. A 900 km de la Antártida.
Cuando me despierto al amanecer y miro por mi ventana, veo ese espectáculo de cielo, frondosas montañas llenas de glaciares y agua. Glaciares de mil azules, con sus grietas profundas y sus témpanos flotantes. Igual que flotan las ilusiones y las esperanzas en nuestro mar de los sueños. Tan fantásticos, que uno no sabe si todavía está dormido o despierto.
Después navegamos en un pequeño catamarán por el Canal de Beagle, el mismo que navegara Charles Darwin en ese barco que dio nombre a estas aguas. Pobre Darwin, si hoy viera lo que está ocurriendo con terraplanistas, antivacunas, influencers, gobernantes anticiencia y muchos pseudoperiodistas, a cuál más tonto, se echaría, espantado, las manos a la cabeza.
Navegamos en busca de la Isla de los Lobos, un roquedal que refulge en el mar de plata, donde apenas caben más focas por debajo de un humilde faro rojo y blanco. Como los faros de los espejismos de los náufragos. Y un poco más allá, la Isla de los Pájaros con sus pingüinos y cormoranes.
Los pingüinos llenan mi corazón de ternura: fieles parejas durante toda su vida. Quizás porque al juntarse por primera vez prometieron amarse hasta "el fin del mundo". Y a eso vienen aquí. El macho, que, tras recorrer miles de kilómetros, se adelanta unas semanas a la llegada de la hembra, para preparar el nido abandonado hace meses, su casa, limpiarla y adecentarla con plumas y hojarasca. Contando los días, nervioso y excitado, para que llegue, desde las calientes aguas brasileiras, su amada.
Qué maravilla. Todo ser humano debería ver esto. Al menos una vez en la vida. Para cerciorarse de que existe el paraíso terrenal. Está aquí escondido, en las antípodas de nuestras preocupaciones y nuestro grisáceo día a día. Al extremo sur del mapa de tanta negrura. Y también para reflexionar sobre la necesidad de seguir avanzando en la conservación de la Naturaleza, en la lucha contra su destrucción. Deslegitimando toda esa corriente negacionista que desgraciadamente se ha puesto de moda. ¿Qué estamos haciendo los humanos? Preguntarte: ¿Por qué el hombre – un ser tan pequeño y soberbio, ridículo si lo comparamos con esta grandeza – es el único animal que mata y destruye la Tierra?
De pronto, de la lámina plateada de agua emerge el cuerpo majestuoso de una ballena, que saluda con su gigantesca y elegante cola. Se sumerge, dispara su chorro de aire a presión, como una exhalación oceánica, y vuelve a salir. Hermosa y señorial, poderosa y solemne, delicada y ágil en su inmensidad, de una plasticidad deslumbrante.
Y sí, es verdad, seré un sentimental, un nostálgico, pero al verla se me han saltado las lágrimas. Lágrimas por tanta belleza, pero también de pena. Pena y rabia porque muy pronto, si no ponemos remedio, de todo esto... no quedará nada. O quedará, pero ajado y estropeado, sucio y contaminado, lleno de aceites y manchas químicas, latas y plásticos, manoseado por las uñas del hombre que, por su ambición torpe y desmedida, destruye todo lo que toca. Rabia por no poder dejar a nuestros hijos, como es nuestra obligación, un planeta mejor.
En el año 2015, la fotografía de una tortuga recorrió todas las pantallas de la Tierra, produciendo un gran impacto. ¿Por su hermosura? No, por su sufrimiento. Pues una pajita de plástico con la que bebemos refrescos – absolutamente innecesaria, si no viviéramos en la cultura del consumo descontrolado del "usar y tirar" – se le había introducido unos 15 cm en su fosa nasal. Los biólogos que la encontraron, ya moribunda y con los ojos hinchados, intentan sacarla. Pero está incrustada de tal forma en su carne que, al tirar de ella, el animal sangra. Hasta que finalmente consiguen extraerla.
Esa imagen provocó, tras complicados debates y presiones, fundamentalmente de la industria petrolera que tiene el lobby más poderoso junto al de las armas y las farmacéuticas, relegar las pajitas de plástico y sustituirlas por las de cartón biodegradables. Para eso está la buena política, para hacer política valiente a favor de los ciudadanos, y no de las multimillonarias petroleras. ¿Capisci?
Recuerdo que cuando nos fuimos a vivir a Lausanne, en Suiza – donde nació nuestro hijo Rafael junto al lago Leman –, hace ahora 40 años, para trabajar de profesor de lengua con la embajada española, lo primero que me llamó la atención al pagar en un supermercado – la Migros – fue que las bolsas eran de papel, nunca de plástico, y que las cobraban. Y bien caras. Por lo que, a la segunda compra, ya llevaba la mía propia. De tela.
Entonces era un joven de 26 años, lleno de ilusiones e ingenuidad. Un revolucionario utópico. Pues pensaba que podríamos cambiar el mundo en cuatro días. Cuando hoy, en esta derrota que nos aflige y acompaña, tan solo me pregunto si realmente somos capaces de cambiar ALGO. Algo verdaderamente sistémico y estructural. ¡Ojo, hace 40 años! Al principio, antes del desengaño, refiriéndome a esas bolsas, pensaba: ¿Cuándo llegarán estas "sencillas" medidas a España? ¡Muy pronto!, me respondí. Pues es cuestión de voluntad política. Pero ¿qué les voy a contar? Ahí siguen las bolsas, billones de bolsas. Medio siglo y un único y minúsculo avance: cobrarlas a unos céntimos escasamente disuasorios, mientras los jerarcas del petróleo se toman un whisky con dos cubitos de hielo. Por favor, que algún gobernante me conteste: ¿Por qué no habéis hecho nada con todas esas bolsas y botellas de plástico, con todas esas latas? ¿Suponía mucho esfuerzo preguntar a suecos, noruegos, daneses… por esas máquinas que recogen las botellas y las latas devolviendo una pequeña cantidad de dinero al depositarlas? Los jóvenes Erasmus saben de lo que hablo. Igual que los sintecho.
Pero volvamos con nuestra tortuga, salvada de las garras del falso progreso y liberada en el mar. Un mar que, como todos sabemos, está lleno de plástico por nuestros vertidos a los mares y océanos. Los que se ven y los microscópicos que se comen los peces. Peces que luego nos comemos nosotros. Menos el del whisky, que solo come de lo suyo. Igual que nunca va a la guerra, ni él ni sus hijos, ni se baña en las playas llenas de …
Esa tortuga no cambió la política económica y medioambiental del planeta, ojalá, pero, gracias a ella, la erradicación de las pajitas de plástico tuvo una carga simbólica y educativa para la sociedad de un valor extraordinario. Un poco como si esa tortuga nos hubiera devuelto una porción de esperanza. Para recuperar la ilusión y ser conscientes de que, si nos empeñamos y luchamos, hay alternativa a la destrucción de la Tierra.
Hasta que llegó Donald Trump y guillotinó de un tajo la esperanza. Todas las esperanzas. Un patán, grosero y endiosado, delincuente condenado, que no sabe ni situar España en un mapa y mucho menos quién fue Don Quijote de la Mancha. Porque solo sabe de egos y millones, de su hotel Tower Trump, su Mar O Lago, sus negocios inmobiliarios, de actrices porno y soltar disparates de matón de clase. Tantos y tan monstruosos, que, al oírle, cualquier ciudadano con dos dedos de frente se siente abochornado. Avergonzado de pertenecer a la especie humana. ¡Qué pena todos los que le votaron, cómplices y responsables de esta locura! ¡La historia os juzgará! Por eso es un error cargar las tintas exclusivamente contra este incalificable personaje, en el fondo un instrumento útil, más bien sobre sus votantes que le han hecho presidente. Votantes símbolo de una sociedad decadente, como aquella de la caída del Imperio Romano. Una civilización que se precipita al abismo.
Delante de las cámaras entra en escena, mostrando arrogante el cartapacio de la depravación. Igual que el verdugo abriendo el patíbulo. Pues cada vez que sale con esa carpeta azul con sus decretos, exhibiéndola, tiembla la tierra y el futuro de nuestra descendencia. Teatralización esperpéntica, pero de efectos inmediatos: Mirad cómo corren los gobernantes europeos para endeudarse hasta las cejas para comprar armas. Armas en vez de educación, sanidad y vivienda. Para ti. En vez de diálogo y diplomacia. Armas que nos venderá el propio Trump, directamente o a través de terceros, pues para algo exigió a "sus aliados" de la OTAN el aumento.
Al final, si te das cuenta, no hacemos otra cosa que obedecer sus órdenes. Así quedaremos, armados hasta los dientes. Con un polvorín planetario hasta que explote de una maldita vez. ¡Con qué facilidad se aumenta el gasto en armas y cuántas dificultades para unas migajas contra los más vulnerables! Ayer éramos la Europa verde, hoy la Europa caqui. ¡Qué miserables! Cuando llevan año y medio contemplando un genocidio en directo contra Gaza sin mover un dedo. Miento: Von der Leyen salió corriendo a abrazar a Netanyahu. Aumenta el horror y crece su silencio. ¿Abrazar a Netanyahu y pedir hoy el ReArme por 800.000 millones, es fiable? ¡Rotundamente NO! Nos están engañando. La amenaza no es real. Suenan los tambores de guerra para asustarnos. Para manipularnos. El del whisky y sus amigotes. Tambores tocados por los medios de comunicación a diario: ¿Es casualidad que el dueño de PRISA y presidente de El País, sea, a la vez, el segundo mayor accionista privado de INDRA, la gran empresa armamentística española que se dispara estos días en bolsa? ¿Es normal esa macrocampaña, tan burda, de acumular en casa víveres de supervivencia? ¿De verdad creen que somos tan idiotas?
¿Hay inseguridad y miedo? ¡Sí, por supuesto, pero a ellos! Cuando nos enteramos, por ejemplo, que USA decide bombardear Yemen por una especie de whatsapp, al más puro estilo Mortadelo y Filemón. Como ha relatado el director de la revista The Atlantic, al que metieron por error en el grupo. Confirmando que son más inútiles y peligrosos de lo que parecían. ¿Cuándo les decimos que se lleven sus BASES MILITARES de España y de Europa? Leer ese chat da escalofríos. Igual que imaginar algo similar entre dirigentes europeos planificando el multimillonario ReArme. ¡Qué hastío!
En esta ocasión, y regresando al tema que nos ocupa, aunque paralelo al armamentístico, Trump acaba de estampar su firma gigante al decreto que PROHIBE LAS PAJITAS DE PAPEL: "La política de USA es poner fin al uso de pajitas de papel. El ámbito de aplicación de la orden será, de momento, la Administración Federal."
Pufffff, ganas de llorar y ganas de vomitar. Lágrimas de sangre como las de esa tortuga. No es que favorezca su uso, sino que las PROHÍBE. Hay que tener el corazón muy negro, muy podrido, más allá de los intereses económicos y la sumisión a las petroleras, para firmar semejante afrenta. Un mensaje demoledor, genocida, pensando en el medioambiente, que deja muy clara cuál es su doctrina conservacionista, la especialidad de la casa: petróleo y cemento, humo negro y hormigón.
Por eso va gritando: "¡Perforar, perforar, perforar!". Apretando los puños y los dientes, como si el futuro del mundo dependiera de su fuerza bruta. Del salvajismo y la cachiporra. Del dinero y la bravuconería. Mientras las tortugas, los lobos marinos y las ballenas se sumergen en las profundidades abisales donde viven los peces ciegos. Para no ver más. Para dejar de ver. Para dejar de escuchar. Y yo, que había conseguido llegar al fin del mundo de la armonía y la belleza, ya no sé dónde meterme, dónde esconderme, para desaparecer.
Aquí hace mucho frío, con tantos glaciares y la Antártida tan cerca. Aunque lo que de verdad te hiela la sangre es esta gente – la antítesis de nuestros valores –, y todo lo que está ocurriendo tan deprisa en nuestro pobre planeta.
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