Opinión
Romper el consenso. Por la primavera de la paz

Por Víctor Valdés Camacho
Portavoz de Podemos Madrid
Mi primer recuerdo de una manifestación fue una a la que no asistí. Mi casa se vació. Los adultos, de distintos grados de parentesco, se concentraron en la Plaza de Cibeles. Me parecía hasta contradictorio que, para protestar, se juntasen con otros iguales que ellos, porque, si uno está enfadado, se aísla en su soledad temporal, en su cápsula habitacional llamada cuarto. Pero que va, eso no ocurría siempre, y si sucedía, era porque algo de importante acaecía. Mis ojos, reflejaban las formas de los reportajes sobre la oceánica marcha contra la Guerra de Irak.
Yo, chico de barrio que no sabía ubicar Irak en el mapa, presentía que aquello era importante, pero desconocía la profundidad del rayo de luz que significó, para enteras generaciones, el “No a la Guerra”. Aznar, omnímodo líder espiritual de las derechas en España, pretendió modificar, por la vía de los hechos, el sentido común de la mayoría, y quizá podía haberlo conseguido. Se puede ser criminal de guerra y dormir por las noches, e, incluso, dar órdenes. “El que pueda hacer que haga”. Consignas presentes que quieren apagar el rayo de luz.
Aznar, Bush, Blair, y todo el eje de la OTAN perdió socialmente, ganó militarmente y se devoró como hienas hambrientas de odio, de pulcritud cristiana, de hipocresía bélica, y, en el camino, se dejaron muchas vidas de jóvenes, probablemente, no mucho más mayores que ese chico de barrio que no entendía que Irak (y esto lo aprendió después), era la forma Estado nacional que albergaba la travesía del Tigris y el Éufrates, signos del nacimiento de una entera civilización. “El choque de civilizaciones”. Qué torpes. Se lo dejaron prácticamente en bandeja a Zapatero. ¿De verdad “chocar” valía la pena cuando se podía hacer una “Alianza de civilizaciones”?
El choque, la guerra. Las armas. Soldados. Torres. Gemelos muertos. Torturas, Guantánamo. Atocha. Hermanos. Entrevías. Ardor bélico. Miedo. No. Bombas. No. Bombas. Trenes. Confusión. Odio. Acebes. Leganés. No. Pásalo. No. Otra vez. No. A la guerra. Su guerra. Nuestros muertos.
Hace días intervenía en Roma, en la asamblea nacional de Potere al Popolo. Plan RearmEurope, rebautizado. Due piazze. Dos manifestaciones. Antes que confrontar en el plano de las instituciones, hay que ser insumisos a la guerra. Negarse a la guerra. La resistencia nace de la deserción. Disertar sobre la deserción. Furor pacifista. Creer que se puede. Querer, desear la paz. Quizá frente al miedo, al más potente dispositivo político, que desata las pasiones más tristes, la primera tarea de cualquiera sea defender la paz justa. Y esto, sin matices. Porque por norma general, lo ético precede a lo político.
España tiene una fuerte impronta bélica y una corriente subterránea pacifista que magnetiza a las mayorías. Pacifistas, que no pacíficos. Tres hechos que son rayos de luz entre la oscuridad: el movimiento contra la OTAN de mediados de los 80’, el movimiento de insumisión al servicio militar y, por último, el movimiento antiglobalización y por extensión, el “No a la guerra”. Esa corriente subterránea, magnética, implacable, corre el riesgo de no abrirse paso hacia la superficie. Al menos, en determinada coyuntura.
La coyuntura, como vocablo leninista, adquiere una dimensión clave: el cálido, (por antítesis a la “Guerra Fría”) siglo XXI ha transitado entre casi amortizar la OTAN y un pacto Green New Deal (o Pacto Verde Europeo) hacia la transición liberal de energías fósiles a renovables, a aventurarse a una economía de guerra en todo el continente europeo. La vieja renovada Europa. 800.000 millones de euros. Más que los fondos para la reconstrucción tras la pandemia de la covid. No es cuestión de prioridades, sino de órdenes. En la coyuntura, el rayo de luz, la implacable corriente magnética de las clases populares cuando de defender la paz se trata, tintinea como un faro emitiendo señales morse de ayuda. ¿A quién? Y, sobre todo, ¿Para qué?
Hoy Europa, más subordinada que nunca a los designios tristes de la OTAN, anulada como posición geopolítica, ausente como proyecto de autodefensa de los pueblos, emite señales de rescate. Por desgracia, no para el pueblo ucraniano, convenientemente intercambiada su soberanía por la lógica extractivista estadounidense y el expansionismo ruso sobre los territorios ocupados. En Podemos y alianzas de izquierdas en Europa (Conferencias de Paz de Madrid y, a posteriori, la Alianza de Izquierdas Europea), cuando señalábamos que la vía de la negociación, el desarme y el fin de la escalada militar eran claves para encontrar soluciones, fuimos tildados poco menos de antieuropeos. Con Palestina no se atrevieron a tanto, porque con 60.000 palestinos exterminados, no hay aparato mediático que sostenga que el rayo de luz no siga proyectando esperanza. Hasta el propio PSOE fue empujado a reconocer el Estado palestino. Al tiempo que seguían vendiendo armas al criminal Netanyahu desde octubre del 2023.
En la actual coyuntura, romper el consenso bélico es irrumpir en la superficie. Liberar el rayo de luz, imperturbable, potente. Tras la larga noche del genocidio en Palestina y la invasión de Ucrania, en pleno rearme europeo, y en la subordinación de nuestra soberanía a los designios de Trump para con Putin, quizá, la mejor alternativa posible sea la de luchar, la de defender la esperanza pacifista, la de salir de la OTAN, la de organizar una coalición social, política y sindical europea contra la guerra. La de sembrar para recoger. Tecnocapitalistas, imperialistas de diverso pelaje, élites burocráticas europeas, quieren, con todas sus fuerzas, elevar los muros que apaguen el rayo de luz. Encender el odio. Fundir a negro la esperanza.
No a las guerras. Rompamos la coyuntura. Que no hay nada escrito. Que el rayo de luz incesante nos empuje a las plazas y abra la puerta del cuarto. La primavera de la paz. Que ese rayo de luz en Europa, sea la corriente magnética de los pueblos.
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