Opinión
Todo por la patria


Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
“Después de todo, todo ha sido nada,/ a pesar de que un día lo fue todo./ Después de nada, o después de todo,/ supe que todo no era más que nada.” José Hierro
¿Y qué es la patria, para darle todo, para darle tanto? ¿Un pedazo de tierra, la porción de un mapa, un trozo de tela, un himno de corneta para llamar a la batalla? Para mí, sin embargo, el concepto “patria”, junto al de “religión” que promete la vida eterna penando primero en “el valle de lágrimas”, es el mayor engaño para la manipulación del ser humano a lo largo de la historia. El ardid de los poderosos sobre el pueblo sometido. De la religión, como causante de multitud de guerras, hablaremos otro día. No te lo tomes a mal. No vayan a denunciarme los de Abogados Cristianos. En el mundo hay más de 4.200 religiones, con sus miles de dioses, pero tranquila que el único verdadero es el tuyo. Dicho esto, podéis seguir matándoos por los siglos de los siglos, amén.
Salvo por imponer a sus dioses, de Alá a Yahvé y de Odín a Zeus, el resto de guerras, de las Termópilas a Cartago, de Irak a Afganistán, han sido por agrandar la patria, por extender las fronteras, arramplando con sus materias primas: unos que invaden, otros que se defienden; unos que subyugan y otros que luchan por su independencia. Aunque las más estúpidas, llamadas “guerras de sucesión”, han acontecido por defender a un monarca heredero frente a otro, aunque en el fondo siempre subyaciera la tierra y la pasta: ¿Pedro I de Castilla o Enrique de Trastámara? ¿Felipe de Anjou o Carlos de Austria? ¿Te imaginas mandar a tu hijo a la guerra, a ser reventado por una granada, para defender al rey Juan Carlos I de España?
¿Qué tiene la tierra, la posesión de la tierra, aunque sea solo unos metros, un palmo, para generar un odio que nos dispone a matarnos? En los pueblos, tradicionalmente y todavía hoy, la principal causa de conflictos y de muertes es por las lindes. En España matan más las lindes que el cólera. Que se lo pregunten a los de Puerto Hurraco, donde los hermanos Izquierdo, apodados los Patas Pelás, asesinaron a tirascazos en la calle a nueve personas, entre ellas dos niñas. El origen de la disputa venía larvándose desde que, años atrás, Amadeo entró con el arado en una finca de los Patas Pelás. ¡Menudo delito! Después, la cizaña sembrada por las hermanas Izquierdo, Ángela y Luciana, como un gusano que te va devorando el cerebro, reclamando de día y de noche: – ¡A los Amadeos hay que matarlos! ¡Hay que matarlos! –. Mueve el mojón de una linde una cuarta y verás correr la sangre por los albañales de nuestra negra España.
Para mandar a los más desgraciados, a los más ignorantes, a la guerra – los hijos, los maridos, los sobrinos –, para aceptar ser carne de cañón sin rebelarse, lo primero es inocular en tus venas la heroína de la patria, etimológicamente “la tierra de tus padres”. Bella etimología para su defensa. Bastará con que te digan que el enemigo quiere robarte la tierra de tus padres para acudir presto a empuñar las armas, las escopetas, los cuchillos y las navajas. Un uniforme para sentirte parte de un cuerpo hermano, idéntico a ti; un himno, una bandera y una retahíla de palabras vanas: honor, lealtad, deber, valor, abnegación, obediencia y disciplina. Un refrito bien aderezado que te lleva a la muerte sin cuestionártelo. Por la patria. Mientras que los que deciden ir a la guerra por sus intereses personales se fuman un puro en sus despachos o en sus palacios.
Cuando Putin se anexiona Crimea en 2014, lo hace con la aprobación y el aplauso de los ciudadanos rusos. Su argumento expansionista les ha convencido, calando hasta los huesos: “El reparto de la URSS fue un engaño. La desmembración de nuestra querida Unión Soviética una injusticia intolerable. Se quedaron con nuestra tierra, nuestros países, nuestras provincias. Nos han humillado. Y ahora toca recuperarlo.” Y los rusos aplauden y le votan de nuevo mayoritariamente. El pueblo confía en su líder que les ha devuelto la dignidad y el orgullo perdidos. A él el poder perpetuo. Así, cuando manda a la muerte a 300.000 jóvenes inocentes a Ucrania – faltan por contabilizar los muertos del año 2024 y este 2025 –, los rusos lo aceptan como un sacrificio necesario por la patria. ¡TODO POR LA PATRIA! Menos las madres de los muchachos, que lloran en silencio, a escondidas, cuando les devuelven en una caja, envuelta en una bandera, el cadáver de su hijo, pues no les está permitido expresar públicamente su dolor.
Para que un sujeto tan abominable como Donald Trump, condenado por 34 delitos, que se jacta de “agarrar a las mujeres del coño, si tienes dinero” – ¿Qué te parece, Mark Zuckerberg, si se lo hiciera a tus hijas? –, gane las elecciones, es por lo mismo: la manipulación de los votantes a través del concepto “patria”. Es su único lema, tan simple y sencillo: la patria. Una sola palabra de la que emanan toda la serie de aberraciones que va vomitando para encender a su gente. A sus soldados. Igual que lo hizo Aníbal o Alejandro Magno. El lema es MAGA – “Hagamos grande a América de nuevo” –, inscrito en una gorra de béisbol, una bandera llena de barras y estrellas, una música estridente y un señor de pelo naranja gritando simplezas y estupideces. La última, proponer la reubicación (“limpieza” ha dicho textualmente) de 1,5 millones de gazatíes, al resto los han exterminado, en otros países para aprovechar esas playas tan bonitas y construir unos resorts turísticos tipo Riviera Maya. Sabíamos que no tenía cerebro. Ahora descubrimos que tampoco tiene corazón.
La clave está en el “Again”, en el “De nuevo”. Porque si hay que hacerla grande “de nuevo”, es porque antes lo fue y ahora ya no lo es. ¿Por qué? ¿Por culpa de quién? ¿Dónde está nuestro imperio? Pues está muy claro: por culpa de los inmigrantes, por la izquierda “woke”, por China y por todos los países cuya balanza comercial nos resulta desfavorable. Es decir, por los enemigos de la patria. Discurso idéntico al de Putin para comenzar guerras y anexiones con la aprobación del pueblo: ¡Nos han faltado al respeto! El enemigo se ríe de nosotros, esto hay que cambiarlo de un plumazo. Deportación masiva de inmigrantes, esposados como criminales de pies y manos para que lo vea todo el planeta, encarcelados en Guantánamo, es decir, INMIGRANTES EN UN CAMPO DE CONCENTRACIÓN, incluso a los nacidos aquí (los abuelos de Trump eran alemanes y escoceses, Melania T. nació en la antigua Yugoslavia y Ellon Musk es sudafricano), declarar la guerra comercial subiendo los aranceles hasta reventar las reglas del mercado, anexionarse el Canal de Panamá, Groenlandia, Canadá y renombrar hasta el Golfo de México (topónimo con más de 400 años) por Golfo de América. Google Maps lo cambia ya mismo, aunque solo será visible en Estados Unidos, para complacer al presidente. ¿Qué harán cuando firme el cambio de USA por Unión de Estados de Trump? ¿O la Luna por Melania? Y allá que vamos. Derechos a no se sabe dónde. Probablemente al abismo. Pues la política basada en la desigualdad y la injusticia de cuatro oligarcas millonarios sin escrúpulos sobre el resto más vulnerable, no puede ir a ningún sitio.
Por cierto, ese invento que han creado llamado “woke” (“Alerta”, “Despierta” en inglés), para mofarse de los ciudadanos que luchan por un mundo mejor, lo reivindicamos más que nunca. Más “woke” hoy que ayer, para seguir defendiendo contra ellos los principios de la Revolución Francesa – Libertad, Igualdad, Fraternidad – que son los pilares de la Democracia y de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Todo lo que a esa gente… le importa un carajo. Pero a nosotros, lo contrario.
En cuanto a los chinos, que acaban de darles un buen tortazo en los morros con efecto boomerang, explicar que son justamente las restricciones a los chips chinos, lo que ha provocado la creación de DeepSeek, hundiendo el Nasdaq con la americana Nvidia perdiendo en un día la mitad del PIB español. Que se vaya preparando Tesla. Porque quizás, la llegada de Trump al poder, con sus medidas injustas y arbitrarias, alocadas, sin ningún respeto por el Estado de Derecho, signifique precisamente el declive y la caída definitiva del liderazgo de USA frente a la milenaria China. La grandeza revolucionaria de DeepSeek, como símbolo, es que una pequeña empresa china ha cambiado en un día la narrativa, que parecía imposible de combatir, de la poderosa oligarquía Trump/USA. ¡Mil gracias, jóvenes ingenieros chinos, por la lección que acabáis de dar al planeta convirtiéndoles en prescindibles!
Lección que parece no entender Trump, que acaba de suspender el suministro de fármacos contra el sida y la malaria en países pobres, y el resto de ayudas y recursos “para promover la equidad marxista, la transexualidad y las políticas de ingeniería social del nuevo pacto verde, porque son un despilfarro” (¡Vaya lenguaje chungo!). Se sale de la OMS, como si la organización fuera una cueva de terroristas y no de profesionales y expertos médicos en busca de la salud global. Se sale del Acuerdo de París, que es la última esperanza para salvar el planeta, mientras él va repitiendo como un loco que da auténtico miedo: “¡Perforar, perforar, perforar!”. Y amenaza a los países de la OTAN para que inviertan en armas el 5% del PIB (España no llega al 2%. ¡Ojo! En el año 2.022 nuestro PIB en Educación fue del 4,71%), a sabiendas de que el vendedor de las bombas será él. Disparate, tras disparate, que nos haría gracia, pero que da pánico: Todo por la patria. Pavor ante tanta incertidumbre. Con las hermanas Patas Pelás reclamando a los votantes americanos, siempre insatisfechos y cabreados, especialmente contra los políticos: Nos han humillado. Nos han quitado lo nuestro. Todo lo que fuimos. Nuestro orgullo, nuestra dignidad. Hay que acabar con ellos.
Pobres inmigrantes perseguidos y buscados en las escuelas, en las iglesias y en los hospitales. A pesar de la obispa Mariann Budde. Antes tan queridos, ahora apestados. “Meteremos en el centro de detención de Guantánamo a los peores extranjeros ilegales criminales que amenazan al pueblo estadounidense.” ¿Les suena ese discurso? Encerrados en camiones como ganado. ¿Pero Estados Unidos de quién es? ¿España de quién es? ¿A partir de qué siglo o año se inscribe la posesión de la patria en el Registro de la Propiedad? ¿Cuando a vosotros os dé la gana? Vaya tropa, ignorante e inculta, que no sabe que la evolución del ser humano se debe, precisamente, a los movimientos migratorios. Que además son imparables. Pues no se pueden poner puertas al campo.
¿Qué patria les dejamos nosotros a los pueblos africanos, cuando en la Conferencia de Berlín de 1.885 los “colonizadores” europeos dibujaron con escuadra y cartabón las nuevas fronteras que separaban a las etnias, para repartirse los países como si fueran naipes de la baraja? ¿Qué patria amar ahora si esas fronteras de líneas rectas solo han provocado guerras?
La patria. El amor a la patria. Todo por la patria. Siempre en peligro. En alerta. En permanente vigilancia para que no nos la roben. La patria. Pero razonemos con objetividad: ¿Qué tiene de especial, de diferente, ser de Estados Unidos o de Canadá? ¿De Uruguay o de Chile? ¿De Holanda o de Austria? ¿De Singapur o de Tailandia? Nada. Nada en absoluto. Seres humanos. Idénticos. ¿Acaso hay un sello tatuado en nuestra espalda? ¿Un gen made in Spain o made in Australia?
Yo, que soy tan patriota como tú, sin necesidad de llevar una bandera en la muñeca ni en el balcón, amo mi tierra, la tierra de mis padres, la patria de mis ancestros. Aunque nunca iría a una guerra por mi patria y mucho menos por defender a unos reyes a los que detesto. Me emociono si cierro los ojos y veo los campos de cebada, inmensos igual que una galaxia, el “anchurón cósmico” que diría Jean Cocteau; los olivos cargados de aceitunas que vareo con mis hermanos y esa lumbre que nos espera para el almuerzo. Sin embargo, sin renunciar a esas emociones, me siento sobre todo ciudadano del mundo. Y me habría sido absolutamente indiferente nacer en Irlanda o en Italia. ¿Sabes por qué? Pues porque habría amado igual esa tierra, a sus gentes y sus tradiciones. Y porque nacer aquí o allá es un puro azar. Una lotería. Una suerte o una desgracia, pues nuestras vidas se determinan por nacer en una mansión o en una chabola. Por eso luchamos por la igualdad de oportunidades en la que ellos, no solo no creen, sino que firman decretos para profundizar la brecha. Ojalá Trump, con su ostentosa finca de Mar O Lago y su riqueza obscena, en vez de nacer de padres multimillonarios, hubiera nacido en uno de esos chamizos junto a las vías del tren de Nueva Delhi, o en un chozo de Burundi. En la aldea que él quiera, le damos a elegir. Con todo su equipo de oligarcas de la meritocracia, convertidos en niños, rebuscando entre las montañas de desperdicios de Yacarta, en el mayor basurero del mundo. El azar, Donald. El fatum que te corona… o te mata.
Lloro al recordar los cuentos y las canciones que de niño me cantaba mi madre, el cocido con hierba buena, su arroz con leche y su tarta de manzana. Pero comerse una fondue o una raglette en la orilla del lago Leman donde nació mi hijo, con esos Alpes reflejados en el espejo de sus aguas, me parece igual de estimulante y emotivo. ¿Acaso no fueron los años vividos en Lausanne los mejores de nuestras vidas? ¿Y los de París? Me estremece la imagen de esas sierras por las que corretean los personajes de mis novelas, el mar de jaras, las pedrizas, los quejigos y los alcornocales cuajados de niebla. Pero recorrer a pata los valles de las Annapurnas en el Himalaya nepalí, a lo largo de 250 km, hasta saltar el Thorong La a 5.416 m sobre las cumbres de hielo, hospedándote en una cabaña con su estufa de estiércol de yak, en medio de la nada, comiendo un plato caliente de dalbhat, te convierte en un apátrida. Igual que al deslizarte en piragua al amanecer, cuando se están abriendo las flores rosadas de los nenúfares, por las aguas del lago Tengrelá en Burkina Fasso en busca de los hipopótamos, me hace sentir africano. Con la DANA, aunque solo tuviera un corazón y dos manos, fui valenciano. Amo mi Toledo natal, igual que Barcelona, Santiago de Compostela, Soria, Granada y la isla de La Palma. Pero cuando el otro día en Cádiz, donde apenas llueve, un chaparrón sobre La Caleta nos obligó a los paseantes a protegernos en un portal, donde no cabíamos, todos apiñados, y una mujer, con mucho arte dijo: – ¡Pichhhhaaa, no empujes tanto, que lo que cae del cielo es agua, no ácido! –; yo me convertí de golpe en gaditano.
Y en ese punto me quedo. Patriota y apátrida. Rechazando ese constructo manipulador que lleva a la gente a votar a seres absolutamente despreciables, porque sienten amenazada su patria. Los salvadores, los elegidos. Los nuevos enviados. Todo por la patria. La entelequia de la patria. Siempre en peligro. Igual que votaron a Hitler, él con los judíos, Trump con los inmigrantes, Israel con los palestinos. Siempre, siempre, creando unos enemigos. Necesarios enemigos. La patria, la tierra que usurpó la reja de un arado hasta llenarla de cadáveres. La tierra que es de todos y de nadie.
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