Opinión
Los libros no son sagrados


Periodista y escritora
Recuerdo el día en el que me di cuenta de que podía leer todos los libros que existen. Alguien hablaba de los países donde se queman libros, yo pensé en el analfabetismo. Ambas ideas me llevaron a pensar en que yo habitaba un lugar parecido al paraíso: sabía leer, casi todo el mundo sabía, y además podía leer lo que quisiera. También recuerdo el día en el que me di cuenta de que solo podía leer lo que estaba publicado. Todo lo que estaba publicado, sí, pero solo eso. Y de ahí cae como fruta madura la siguiente pregunta, a la que he ido dando vueltas durante años: ¿Quién decide lo que se publica, bajo qué criterios y cuánto cuesta hacerlo?
Un par de puntualizaciones para las almas sensibles antes de seguir. Soy escritora y periodista. Vivo de escribir. Enfermo si no leo. No compraré el libro sobre Bretón, aunque se distribuya. Creo que debería distribuirse, entre otras cosas, porque el daño ya está hecho, y porque su lectura solo puede volverse contra el propio autor, además de retratar una idea en la que creo sin duda alguna: un libro puede ser un arma. Dicho queda.
Tenemos los libros a nuestro alcance desde la invención de la imprenta. Y no está de más recordar que el primer libro que salió de aquel artilugio maravilloso fue la Biblia de Jerusalén. Ahí voy. Durante los siglos que van desde la primera imprenta hasta hace nada, unas décadas, la inmensa mayoría de los libros existen gracias a las decisiones de hombres (no mujeres), ricos (no pobres), blancos y conservadores en términos generales. Se llama industria editorial, capitalismo, etcétera. Qué les voy a contar.
Un somero repaso a los libros que existían hasta el siglo XXI nos permite, con poquito esfuerzo, retratar un panorama masculino que sirve de base a la solidez de las elites, a la domesticación de las mujeres a través del silencio o de la difusión de métodos de doma. Ruego no se piense aquí solo en términos literarios, aunque también. Me refiero a la Academia, la educación, los tratados políticos, la ciencia, el pensamiento… Y los libros sagrados, cómo no.
En nombre de los libros se han cometido innumerables tropelías. No me extenderé sobre lo que se ha arrasado con la Biblia o el Corán en la mano. Es en los libros donde se sellan los pactos de los poderosos. Podemos repasar los libros utilizados, sin ir más lejos, en España durante las décadas de dictadura, por ponerme facilona. ¿Y pensar en quemarlos? ¿Por qué no? Yo quemaría con gusto alguno de ellos. ¿Y qué tal los manuales de tortura?
Sin embargo, es mucho más interesante lo que no se publica. Y lo que no ha sido libro somos nosotras, nuestras vidas reales −no aquellas imaginadas por los "grandes" de las letras−; no han sido libro los estudios sobre nuestros cuerpos, nuestra salud; no han sido libro nuestros derechos. Hablo de las mujeres. No han sido libro no porque no pudieran escribirse, sino porque nadie decidió publicarlos.
¿A quién le interesa, pues, difundir la idea de que un libro es un objeto sacrosanto? ¿Para qué ha servido convertirlos en objeto de culto intocable? Pues eso, que amo los libros, son mi vida, pero no son sagrados. Sagrados deberían ser los derechos. Vamos a quitarle un poco de épica a todo este asunto, ¿no?
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