Opinión
Joven promesa


Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
Tienes mucha prisa, Merino; tienes mucho hambre – me decía hace un par de años el director o editor o baranda de otro medio cuando le pedía más y más curro; él me soltaba eso con tono casi paternalista o burlón o despectivo mientras me consolaba con palabras huecas – eres una joven promesa, sí, una joven promesa – y me rechazaba mis ofertas para vender más reportajes al peso porque debía cuidar mi posición como futuro del periodismo español, todavía no sé si tengo futuro en el periodismo español, y la mejor forma era no tener para comer más que los padrastros secos de las uñas de los pies; pero bueno, qué más daba, ¿no?, ser una joven promesa tiene ventajas incontables como tener buenos pulmones pese a fumar o caminar erguido hasta las doce o poder hacer doscientas flexiones, que siempre es mejor que abrirse las arterias con los padrastros duros que ya no te puedes comer, para silenciar la ansiedad al ver, tic tac, que el muy puto reloj avanza rapidísimo, tic tac otra vez, y a eso de ser joven promesa le va quedando cada vez menos tiempo y tú, ay, amigo, no estás regando lo suficiente la tierra para que ese granito de mostaza germine y sí tengas pa comer cuando seas un niño mayor y te lo merezcas; pero bueno, supongo que morir de hambre como joven promesa es una excusa buena, es bonito y tiene un pase, es tan digno como cometer un crimen de odio siendo una minoría étnica o casi tanto como quedar el 87º en el Fortnite porque, no vale, estás jugando en la Switch y tienes menos precisión con el fusil holotornado; la figura de la joven promesa es el mayor invento de los pijos desde la producción fordiana o la máquina de vapor o, qué coño, incluso la rueda; es la forma perfecta que tienen para automachacarte a currar el triple o cuádruple, como un elefante con fimosis que quiere ser estrella porno, mientras con suerte solo cobras un tercio menos que ellos; la retórica de la joven promesa es la que sostiene en esas torres de consultores a esos gremlins paupérrimos que llaman juniors para que piquen Excels con información sensible del Estado mientras unos señores, seguro que ellos no fueron jóvenes promesas nunca, les juran corbatas de Dior y acciones en la compañía en dos décadas; la excusa de la joven promesa es la que permite al jefe de la patronal de hostelería opinar en público que los chavales de veinticuatro años, mi edad, qué mierdas hacemos hablando de conciliar cuando deberíamos currar media jornada, doce horitas, antes de que los tatus se nos vuelvan todos azules y el pelo gris; la excusa de la joven promesa es la que nos incita a pasear con la musiquita en los cascos entre edificios bonitos que sí tienen balcón mientras pensamos o nos engañamos, jolín, con que algún día, quizá no mañana, pero fijo que sí algún día, podremos salir de nuestros agujeros de paredes beiges porque de esa misma semillita de sésamo que mencionaba antes germinará mágicamente un padrino mesiánico que nos salvará la vida; ser joven promesa, lo empiezas a entender cuando estás al filo de dejar de serlo, es saber que has nacido pobre y que tienes más posibilidades de que mueras siéndolo que de que pase un camello por el ojo de una aguja;– eres una joven promesa, verás que bien te va todo –, me decía el muy mentiroso.
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