Opinión
Emilia Pérez, Karla Sofía y todo 'lo otro'


Por Aitzole Araneta
Sexóloga y técnica de igualdad en el ayuntamiento de Pasaia
Hace semanas me propuse escribir un artículo sobre Emilia Pérez porque me interpelaban tanto los temas que trata como todo lo que se ha dicho sobre la película. La representación de lo trans, la apropiación cultural de otro país, el colonialismo, la misoginia o la visión primermundista de autor, hombre, blanco, de la Europa de primera clase, y hasta donde sabemos, heterosexual y cis. También la libertad de imaginar en la ficción, de fantasear, de representar historias, en definitiva de la creación artística, sin temas que estuvieran vetados a nadie. La libertad de tono -un narcomusical nada realista- que no persigue la verosimilitud, pero sí abrir la conversación sobre las mujeres trans como legítimas protagonistas de la narración o sobre el sinsentido de la violencia.
Virtudes y defectos artísticos que, haciendo un kitkat, a nadie se le escapa que no eran lo único que movilizaba tanta nominación: frente al retroceso para comunidades trans o migrantes promovido por, entre otros, el presidente plutócrata, delincuente y ultra de EEUU, chorreo de nominaciones. Sí, los premios o su ausencia también pueden ser políticos.
Sucedía además que, por primera vez, estaba en el centro -nominada al Óscar, ni más ni menos- una actriz protagonista trans, no joven, sin “passing”, madre biológica de una hija con su pareja, otra mujer. Todo un torpedo en la línea de flotación del sistema de normas y privilegios de algunos.
Y además de todo eso, está Karla Sofía Gascón, mujer, trans, artista. También lo es Jacques Audiard, el director que ahora, aplicando un cordón sanitario para tapar la hemorragia que salve su película, dice no querer saber nada de su otrora adorado descubrimiento. Porque han pescado antiguos tweets racistas e islamófobos en la cuenta de X de Karla Sofía. Tweets que, para sorpresa de todo el mundo, exhibían intolerancia. Todo el mundo asumió que, como trans, artista y mujer, Karla Sofía no podía haber llegado a pensar así en ningún momento de su vida. Pero sí puede. Pareciera contradictorio, puede que sea minoritario, pero la gente trans, como el resto del mundo, puede ser conservadora, xenófoba, e incluso tránsfoba. Karla Sofía es trans, quizá pensáramos que por ello era perfecta pero es una artista, no una deidad y, sobre todo, es humana. Independientemente de la inconsciencia de no borrar esos tweets teniendo semejante exposición mediática, ¿acaso el castigo ejemplar que está recibiendo podría haber sido diferente si Karla Sofía no se hubiera erigido en adalid de lo trans y, por ende, de tolerancia? ¿Si previamente no hubiera resaltado su condición de víctima por los ataques que recibía por ser una mujer trans?
No sé si lo sabremos. El mundo artístico tiene las mismas dobleces que otros gremios, aunque a esos niveles está mucho más expuesto. ¿Habría que saber separar a la artista de la persona? Leni Riefenstahl trabajaba para los nazis, pero su obra sigue siendo innovadora, creativa y reflexiva. ¿Así debería haber sido también para Karla Sofía?
Pero ya no estamos en esa pantalla. Ya estamos en todo lo otro: en la cancelación, en la privación del derecho a enmienda, en disculpas que parece que ya nunca van a ser suficientes. A Karla Sofía la encumbraron tan rápido como la han bajado a los infiernos: más sola que la una, sin premios, proyectos ni futuro. ¿Qué más peaje ha de pagar? ¿Puede que si no fuera trans y sí TERF no dijéramos esto mismo?
En todo caso, a Karla Sofia le ha caído la del pulpo, puede que para siempre, por tener o haber expresado -fruto del cabreo espontáneo, o no- unas ideas. En libertad. Es cierto que esa libertad exige un marco y que no podemos, en nombre de la libertad, decir lo primero que se nos venga a la cabeza y salir indemnes. En nombre de la libertad no todo es justificable. Y ahí está: es tremenda la que le ha caído. Lo de Karla Sofía son ideas, en todo caso. No hechos. No acciones. Karla Sofía no es Trump ejecutando sus palabras. Y en todo esto otro, a algunas gentes progresistas que nos hemos sentido dolidas y decepcionadas puede que se nos esté olvidando algo: que ésta que hoy es la enemiga pública número uno, mañana debería tener derecho a poder cambiar de ideas. También a no hacerlo, o a no hacerlo del todo. A poder olvidar, incluso. Y a tener segundas, terceras, cuartas oportunidades. A rehacer su proyecto de vida a pesar de todo esto. Hay que rescatar lo que venimos en llamar convivencia, un concepto a subrayar en este mundo crispado. Si no abrimos el espacio para que ella -y cualquiera- pueda hacerlo, definitivamente nos habremos convertido en todo eso otro que sabemos que se avecina sin habernos dado cuenta.
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