¿De quién son las huellas de esta orilla?

Por Por Lara Villalón
Esmirna y Turquía
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Un antiguo mercado en la ciudad de Esmirna, en la costa turca del Egeo, revela cómo una sociedad se imaginaba a sí misma, con sus aspiraciones y sus costumbres. En sus paredes se hallaron unas representaciones de hace 2.500 años con dibujos de barcos navegando, gladiadores y acertijos. "Amo a alguien que no me ama", reza una inscripción. "Los dioses sanaron mis ojos, por eso les dedico una lámpara de aceite", escribe alguien al lado de un dibujo. En la antigüedad era común que el origen de las ciudades estuviese relacionado con un héroe o una leyenda. Y es justo en la colina detrás de este mercado milenario, actualmente situado en el centro de la ciudad, donde supuestamente Alejandro Magno ordenó construir Esmirna. Tras ganar una batalla contra los persas de Anatolia, llegó a estas tierras y se quedó dormido en lo alto del monte Pagos. Las diosas de la venganza le ordenaron en un sueño que trasladase a la población hacia este monte y así nació esta ciudad turca. Los historiadores, en cambio, se alejan de las épicas y apuntan que seguramente los pobladores se mudaron allí tras un terremoto.
Lisímaco de Tracia, sucesor de Alejandro Magno, levantó un castillo en lo alto del monte Pagos, ahora conocido como Kadifekale, y ahí sigue a día de hoy. En la falda del castillo ha crecido una barriada de migrantes de origen kurdo, que hacen picnics al aire libre dentro de la muralla los fines de semana. La estructura, tremendamente descuidada por las autoridades, se ha convertido en un nido de tráfico de droga, por eso pocos se aventuran a subir a su torre, donde hay las mejores vistas de la ciudad. Desde esa altura, y si se mira hacia el norte, se puede intuir el inicio de la ciudad de Foça, donde Ulises, el protagonista de la Odisea de Homero, nacido en Esmirna, queda prendado de los sonidos de sirenas que provienen de unas misteriosas rocas. Estos escollos, antes habitados por focas —de ahí el nombre de la ciudad—, permanecen en pie deshabitados tras décadas de explotación pesquera y turística. Foça, una ciudad con 6.000 años de antigüedad, se encuentra al inicio de la profunda bahía de Esmirna, en la provincia de nombre homónimo.
Su buen clima y su posición estratégica atrajeron los primeros asentamientos. Sus puertos han sido cruciales para el comercio entre el Mediterráneo, Anatolia y Asia, pero también han sido puntos de migración que han conectado las diferentes comunidades de la región.
Al pie de uno de sus puertos nació el poeta Yorgos Seferis (1900-1973), en la ciudad perfecta para un niño hambriento de leyendas. Hijo de un reconocido jurista y traductor de grandes autores de la época, Seferis pasó casi toda su infancia en la casa familiar de verano, en el pueblo costero de Urla, a unos 40 kilómetros del centro de Esmirna. A pocos metros de su casa se celebra a diario una subasta de pescado, según la leyenda iniciada por el mismo Alejandro Magno. Los pescadores locales venden a diario salmonetes, pargas, sardinas y doradas, mientras se enfrentan a los gatos que quieren llevarse una presa sin apostar. En sus memorias y cartas familiares, Seferis escribe sobre el olor a uvas, higos y mandarinas de la región. En las calles se podía escuchar en aquel entonces griego, armenio y otomano; pero también el francés y el italiano que hablaban las familias levantinas que vivían en la región desde generaciones.
Desde su casa a pie de costa, ahora convertida en un hotel, se ve la isla de Karantina, donde en 1864 se alzó un gran hospital para que los extranjeros que llegaban enfermos pasaran una cuarentena separados del resto de la población. Durante la pandemia del coronavirus, se planteó reabrir el centro para aislar a los contagiados ante el aumento de casos, aunque la iniciativa quedó en saco roto. La isla está conectada a Urla por una estrecha carretera que antes era un puente, supuestamente construido por Alejandro Magno.
La costa de Urla continua recta hasta que la tierra se adentra al mar y desde la punta se atisba la península de Karaburun. Su puerto es la otra entrada hacia la bahía de Esmirna —junto con Foça al otro lado del mar— y en los días de poca niebla se puede ver perfectamente la isla de Lesbos, perteneciente a Grecia. Incluso el mar escupe a veces botellas de cerveza y envases de marcas helenas. Es en esta península donde el jeque Bedreddin, un sufí y estudioso del islam, inició en el año 1416 una revuelta contra el Imperio Otomano. Tras viajar por todo el sur del Mediterráneo para estudiar el sufismo, Bedreddin creó una escuela de seguidores con sus ideas contra la propiedad privada y por la construcción comunitaria de producciones agrícolas.
Bedreddin tenía ideas "internacionalistas", no en el sentido nacional, sino en el religioso, y apostaba por la unión del pueblo sin distinción de confesiones. Llegó a reunir hasta 5.000 adeptos y extendió su rebelión por toda la región occidental del Imperio Otomano, desde la costa Egea turca y Quíos hasta Bulgaria. Su gesta le ha dibujado en el imaginario izquierdista de turcos y griegos como uno de los primeros revolucionarios comunistas.
Actualmente, un grupo de intelectuales intenta rescatar el pasado erudito de Karaburun con un congreso anual sobre política, pero en general la península es conocida por sus zonas rurales y sus olivos. Desde esta región salen barcos hacia las islas griegas, que aumentan o disminuyen su frecuencia según el estado de las relaciones bilaterales entre Atenas y Ankara. En la última década, miles de migrantes y refugiados se han aventurado al agua de estas costas, no desde sus puertos formales, sino desde zonas boscosas y escondidas, porque ellos son privados de un viaje seguro.
Arrancados de su tierras
En 1912, cuando estalló la primera guerra de los Balcanes, los ecos de un gran conflicto bélico llegaron hasta Urla, la pequeña ciudad costera de Yorgos Seferis. Ante la incertidumbre y la creciente hostilidad contra algunas poblaciones que habitaban el Egeo, el padre de Seferis consiguió trabajo en Atenas y toda la familia se marchó de Esmirna. Salieron desde el puerto de Pasaport, donde se registraban las llegadas de los extranjeros durante el Imperio Otomano. De Atenas viajó a París cuatro años después; y allí asistió a clases de derecho en la Universidad de La Sorbona. Durante su educación, se produjo la guerra entre Grecia y Turquía, que terminó en 1922, con la entrada de las tropas turcas en Esmirna, capitaneadas por Mustafa Kemal, el padre de la República turca. El fin de la guerra y la creación del Estado turco pusieron fin a la presencia de griegos en la costa oriental del mar Egeo, junto con otras minorías, como la armenia.
La escritora griega nacida en Esmirna Didó Sotiríu cuenta con detalle en la novela Tierras de Sangre (Acantilado, 2002) el miedo de los griegos ante la llegada de las tropas turcas y las barbaridades que cometieron ambos bandos contra la población civil, especialmente contra las mujeres. Pocos días después de la entrada de Mustafa Kemal, se desató un incendio que quemó gran parte del centro de la ciudad donde vivían los griegos y los armenios. A día de hoy, tanto griegos como turcos se culpan mutuamente del fuego. Fotografías de la época muestran una ciudad arrasada por las llamas y miles de personas hacinándose en barcos en un intento de huir de la represalia de los turcos.
La llamada "Catástrofe de Asia Menor" se saldó con un acuerdo de intercambio de población entre los dos países que intentaban forjar su identidad nacional con una única religión. Así, más de un millón de cristianos ortodoxos nacidos en Turquía y medio millón de musulmanes nacidos en Grecia fueron arrancados de sus tierras, donde habían vivido durante generaciones, y fueron reasentados más allá de sus fronteras.
El 2 de diciembre de 1923, llegó el primer barco a la isla de Karantina, en Urla, procedente de Creta. "Partió con 1.027 personas y llegó con 1.028. Kemal Kuru nació en el barco y así lo especificaba su carné de identidad", explica Adnan Kavur, que dirige una asociación de familias que llegaron a Turquía con el intercambio de población. En ambos lados del Egeo, miles de familias fueron rechazadas por la población local y tardaron generaciones en poder sobreponerse a tamaña tragedia personal y económica.
Una ciudad que parece extraña
Perder su identidad como esmirniota fue lo que más marcó la vida de Seferis: "Él se hundió también con el exterminio de Jonia [nombre de la Antigua Grecia para referirse a la costa occidental de Turquía]; no lo aceptó. Durante toda su vida aspiró gota a gota el veneno del desastre", señaló en una entrevista su hermana Ioanna. En sus poemas y diarios, Seferis recurre constantemente a Esmirna como "la otra orilla", "el otro mundo", "la otra vida". No regresó a Esmirna hasta 1950, y no reconoció el lugar.
El puerto desde donde había partido había sido engullido por las llamas y había sido reconstruido, pero la ciudad había cambiado por completo. Él también era una persona distinta. "El viento que conocemos, el estilo familiar de la naturaleza y el olor que emana de la hierba, los recuerdos que emanan de las profundidades de la memoria… Y ahora esta ciudad parece tan extraña. Dios, ¿qué vine a hacer aquí?", escribió en sus diarios. "Si te encuentras en la ciudad que te crió una noche y de repente fue destruida desde sus cimientos y reconstruida, intentarás revivir otros tiempos con la esperanza de estar de nuevo allí", lamentó.
Mientras que en sus diarios aparece constantemente la ciudad, en sus poemas apenas la nombra. "Teníamos sed al mediodía / pero el agua estaba salada / en las arenas amarillas / escribimos su nombre", recitó Seferis cuando le dieron el premio Nobel de Literatura en 1963.
El poeta volvió a Atenas y llevó a cabo una extensa carrera diplomática por Siria, Líbano, Chipre, Jordania, Irak e incluso Turquía. En 1967 adoptó una postura pública contra la dictadura de los coroneles y murió poco después por una neumonía. En la Turquía actual se le conoce poco, debido al fuerte nacionalismo, que reniega del pasado diverso de sus ciudades. Sin embargo, el poeta turco Cumali Necati, que llegó a Urla desde la ciudad griega de Florina tras el intercambio de población, le dedicó un poema a él y a todos los desterrados. "Los mares de Urla van y vienen / ¿De quién son las huellas de esta orilla?".
ARGONAUTAS, de Yorgos Seferis
Y el alma
si quiere conocerse
debe mirar
en otra alma:
el extranjero, el enemigo, lo hemos visto en el espejo.
Aguerridos eran los compañeros: no se quejaban
de la fatiga, ni de la sed, ni del hielo;
eran como los árboles y las ondas
que aceptan el viento y la lluvia,
que aceptan la noche y el sol
sin transformarse en el cambio.
Eran aguerridos, y por días enteros
sudaban en la borda, con los ojos cerrados,
respirando cadenciosamente.
La sangre corría sobre la piel sumisa.
Un día se pusieron a cantar con los ojos entornados.
cuando doblamos la isla desierta en los confines de Barbaria
hacia el poniente, más allá del cabo de los perros ladradores.
Si quieres conocer, decían,
es necesario mirar en una alma.
Y los remos golpean el oro del mar
en el poniente.
Hemos pasado muchos cabos, muchas islas, el mar
que lleva a otro mar, las gaviotas y las focas.
Muchas veces, infortunadas mujeres se lamentaban
gritando por los hijos perdidos;
en otros lugares preguntaban por Alejandro
y por las glorias que se hundieron en el fondo de Asia.
Hemos anclado en riberas cargadas de aromas nocturnos,
en medio del canto de los pájaros y las agujas que dejaban
en las manos
el recuerdo de una gran felicidad.
Pero los viajes no tenían fin.
Sus almas se han confundido con los remos y los mástiles;
con la figura severa de la proa;
con la estela del timón;
con el agua que despellejaba sus rostros.
Los compañeros han muerto uno a uno
con los ojos bajos. Los remos
señalan la tumba donde duermen.
Nadie se acuerda de ellos. Justicia.