Entrevista a Cristina Farré"En la Transición cada corriente de la izquierda radical se creía con la posesión de la verdad, éramos demasiado dogmáticos"
Hablamos con la militante antifranquista catalana, que publica 'Ho vam donar tot' (Manifest), un libro de memorias de una vida, la suya, marcada por el compromiso político.

Àlex Romaguera
Barcelona -
Ho vam donar tot (Manifest Llibres). Con esta aseveración, que da nombre a su relato de memorias, Cristina Farré glosa el papel que tuvieron los militantes que, como ella, se dejaron la piel contra el régimen de Franco y en solidaridad con los sectores populares y los pueblos que luchaban por su emancipación a caballo de los años 50 y 60 del siglo pasado.
Situaciones que esta mujer vivió en primera persona desde que, en plena juventud, entró en el Partido Comunista de España Internacional (PCEi). Una militancia de resultas de la cual sufrió prisión, torturas y un largo periodo de clandestinidad y exilio junto a sus dos hijos. De todo ello, Farré (Barcelona, 1948) da fe en un ensayo en el que revive su capacidad de adaptarse a las circunstancias y mantener intacto su compromiso con el feminismo, la educación humanista y los ideales revolucionarios.
¿Qué le empuja a escribir sus memorias?
Nunca me lo había planteado, pero en el marco de un grupo de memoria histórica me hicieron ver que pertenecía a una generación de la cual se ha silenciado la lucha. Es entonces, empujada por esta voluntad colectiva, que empiezo a hacerlo, también con el objetivo de aclarar aspectos que se han tergiversado.
"Pertenezco a una generación de la cual se ha silenciado la lucha"
¿A qué se refiere exactamente?
Desde el Partido del Trabajo de España (PTE) fundado el 1975 como sucesor del Partido Comunista de España Internacional (PCEi), donde milité, se han manipulado determinados hechos. Igual que, respecto a la revolución de Argelia, no se ha dicho toda la verdad, lo cual me sirve para repasar aquel periodo y también el compromiso que había en casa con la lucha antifranquista. Mi padre fue recluido en el campo de concentración de Argelers, después se exilió y, al volver a España, fue condenado a muerte, de la cual se libró por una carambola.
¿Qué más ha pretendido reivindicar?
Cuento que el PCE(i) fuimos la única organización que verdaderamente defendimos los derechos del pueblo saharaui y el Frente Polisario. Además de aclarar que, a pesar de tener a dos hijos, convertí la posición de madre y la política en una sola cosa. A veces, medio en broma, comento que mi hija aprendió antes a cantar La Internacional que el Joan petit com baila [canción infantil catalana].
¿Al PCE(i) se acerca por la influencia que recibió del Mayo del 68 y de los procesos de emancipación que entonces se producían en el Magreb, América del Sur o Vietnam?
Me conecta del todo, porque era el principal partido que combinaba el compromiso con los movimientos de autodeterminación, la justicia social y la lucha antifranquista. De hecho, participo en la defenestración del busto de Franco en la Universitat de Barcelona en enero de 1969, lo cual me lleva a la clandestinidad.
En esta etapa también aparecen los autónomos del MIL, y dentro de la izquierda independentista, el PSAN. Pero decide mantenerse en el PCE(i).
Sí, puesto que su perspectiva internacionalista era capital, como lo demuestra la represión que sufrimos por defender el Sáhara. Un hecho que, sumado al asesinato de nuestros compañeros Gustau Muñoz en la Diada del 11 de septiembre de 1978, y de Jordi Martínez de Foix al estallarle un artefacto el año siguiente, hace que me sintiera muy identificada.
¿A qué atribuye que, a pesar de la represión, en la época del tardofranquismo y la Transición la izquierda radical estuviera tan fragmentada?
"Todos éramos demasiado dogmáticos y no teníamos demasiado interés en limar las diferencias"
Cada corriente se creía con la posesión de la verdad, fueran los marxistas-leninistas, los trotskistas o quienes admirábamos la revolución china. Nosotros establecimos algunos acuerdos con Moviment de Defensa de la Terra (MDT), pero el hecho de que lleváramos la E de España a nuestras siglas, hizo que sus bases mostraran reticencias [era una organización independentista catalana]. En general, todos éramos demasiado dogmáticos y no teníamos demasiado interés en limar las diferencias.
Permaneció un año en la clandestinidad, diez en la prisión y 14 exiliada en varios países de América Latina, aparte del Sáhara y Argelia, donde ejerció como periodista para el diario vasco 'Egin'. ¿Qué destaca de esta etapa?
Cada lugar era un frente de lucha. En Argelia, por ejemplo, me encontré sola con mis hijos en medio de una guerra civil, de forma que la maternidad, a pesar de disfrutarla mucho, la viví con el temor que les pasara algo. Por eso me preocupé de que fueran el máximo de autónomos y de que el tiempo con ellos fuera de calidad.
¿Que se haya dedicado a la educación emocional tiene que ver con esta vivencia?
Absolutamente, ha sido la salida lógica a las penurias que he tenido que afrontar y el hecho de nutrirme de la resiliencia y la hospitalidad en una época en la que, en los países donde estaba exiliada, el consumismo y el egoísmo todavía no hacían estragos. Me ha dado suficiente bagaje para educar desde esta mirada.
¿No se planteó nunca permanecer en el exilio por siempre jamás?
En ningún momento. Para mí, era una obsesión volver a Catalunya, y todo el mundo te dirá lo mismo: los catalanes siempre queremos volver a casa. Tan claro lo tenía que algunas cajas siempre estaban por abrir, y a pesar del arraigo con las comunidades que nos acogían, con los camaradas catalanes hablábamos continuamente para saber cómo estábamos.
"En ningún momento me planteé permanecer en el exilio, los catalanes siempre queremos volver"
No fue hasta 1995 que vuelve a Catalunya. ¿Cómo fue?
Hacía dos años que estábamos en Colombia, durante los cuales el PCE(i) decidió disolverse, y después de que prescribieron los delitos que me imputaban, le dije a mi marido de casarnos y volver. Mientras tanto, mis hijos tuvieron que completar los estudios en Cuba, gracias a lo cual han extraído un gran humanismo. Lo veo a menudo con mi hija, que, como doctora, ofrece a los pacientes aquella atención propia de los médicos de familia. Y lo mismo con mi hijo, que después de formarse en Ingeniería medioambiental ahora trabaja en arquitectura apostando por el uso de material renovable y ayudando a los sectores más desvalidos. Estoy muy orgullosa de ellos, no puedo pedir más.
Disuelto el PCE(i), ya no retomó la militancia política. ¿Por qué razón?
Políticamente, no encontraba mi espacio y, entre mis antiguos compañeros, era estremecedor ver cómo muchos se habían buscado algún cargo y tragado la Transición como la cosa más extraordinaria que habíamos logrado. Esta falta de encaje con la realidad política hizo que me implicara en un grupo de análisis sobre el panorama internacional y, después de la muerte de mi compañero, que me formara en Psicología y entrara en la Associació Elna. Una entidad donde aporté mi bagaje acumulado en el terreno de la educación emocional.
¿Qué piensa cuando ve que, en el ámbito educativo, las reformas tienden a priorizar las necesidades del mercado en detrimento del pensamiento crítico?
"A base de picar piedra, estamos logrando que la educación emocional sea básica en el sistema docente"
Es preocupante, pero a base de picar piedra estamos logrando que la educación emocional sea básica en el sistema docente. Cuando menos, en los centros públicos que tienen niños en riesgo de exclusión social. Y esta tarea, sumada a la fuerza del actual movimiento feminista, me da esperanzas en orden de transformar la realidad.
¿En qué otros terrenos habría que incidir?
Sobre todo en la memoria histórica, donde con el apoyo de historiadores tenemos que buscar fórmulas ágiles y accesibles para que se conozca y se dignifique nuestra lucha. Es urgente hacerlo, porque el tiempo pasa y mucha gente todavía no ha dado su testigo.
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