Entrevista a Juan Ponte, director general de Agenda 2030 en Asturias y autor de 'El capitalismo no existe'"No hay capitalismo sin esclavitud"
Ponte responde sobre cuestiones relacionadas con el sistema sexo-género, las segregaciones, racismos y luchas de clases tras la publicación de su libro 'El capitalismo no existe: Necroteología del mercado'.
Madrid--Actualizado a
"El capitalismo no funciona a pesar de las desigualdades, sino gracias a ellas", dice Juan Ponte (Oviedo, 1983), quien publica El capitalismo no existe. Necroteología del mercado (Trea Ensayos), en el que reflexiona sobre las implicaciones actuales de reflexiones de economistas como Karl Marx, Ludwig von Mises o Adam Smith. El autor, en una entrevista con Público, afirma que su objetivo es "destrozar tópicos de la ideología de las derechas capitalistas en esta evolución del recrudecimiento del darwinismo social". Profesor de Filosofía, músico, responsable federal de formación de Izquierda Unida y director general de Agenda 2030 en el Principado de Asturias, aborda en su libro el individualismo –que, según él, no existe–, la explotación de la clase trabajadora, la segregación y el sistema antimercado.
El autor dice que no se trata de negar la existencia del capitalismo, sino de cuestionarla. "Si por capitalismo entendemos libre mercado, entonces no existe. Los mercados no durarían ni un solo día sin los Estados", añade.
También aclara que el capitalismo amplía las desigualdades sociales. "Deja de lado a los débiles", explica. Por eso, las personas que provienen de familias humildes o trabajadoras tienen que esforzarse mucho más que las clases acaudaladas, que reciben por herencia, no por esfuerzo o emprendimiento, el poder tener una vida más o menos digna. La meritocracia, según Ponte, es un mito: "La idea de que quien se esfuerza mucho en la vida alcanza el éxito, es falsa".
El título de su libro es El capitalismo no existe. ¿Qué existe, entonces?
El título del libro debe entenderse con una fórmula condicional. El capitalismo no existe si lo entendemos como libre mercado. La primera tesis que impugno en el ensayo es la existencia del libre mercado. No se trata de estar a favor o en contra, ya que este concepto es imposible porque es una contradicción en los términos.
Imagínate la existencia de un aparato físico que, una vez que se pone en funcionamiento, logra subsistir sin fuentes de energía externa. Esto, en física y filosofía, se llama perpetuum mobile, es decir, una maquinaria que puede subsistir energéticamente por sí misma, lo que es imposible, porque viola las leyes de la termodinámica y obvia la entropía que genera desorden y caos. No hay un orden espontáneo, que es precisamente lo que se busca con el libre mercado.
Otra analogía más impresionista y polémica es decir que dios existe. Se puede verbalizar, se puede decir. Gramaticalmente se puede construir. Puedes decir que dios existe si te refieres a un ser omnipotente, omnisciente, absolutamente bondadoso y feliz, pero viola las leyes de la física y de la química. Son expresiones que se pueden construir gramaticalmente, pero que semánticamente generan sinsentidos y contrasentidos.
Con el libre mercado ocurre exactamente lo mismo. Imaginar mercados al margen de los marcos estatales es imposible porque, históricamente, para que existan mercados tiene que haber Estados. Por tanto, hay una codeterminación entre los Estados y los mercados que, a su vez, es asimétrica y recíproca. Yo diría que los mercados no durarían ni un solo día sin los Estados, pero los Estados tampoco podrían existir sin los mercados. Es decir, tienen una relación dialéctica. Uno depende del otro hasta tal punto que no hay una línea clara y tajante que distinga dónde termina lo público y dónde comienza lo privado.
¿Qué supone el sistema sexo-género para el capitalismo? ¿Qué papel tienen los colectivos feministas y LGTBIQ+ en la lucha actual contra el sistema?
"No puede haber explotación laboral si, a su vez, no hay una discriminación sexo-género"
Esta pregunta ataca una cierta concepción de algunas izquierdas que tienden a separar con una cuchilla -generando una dicotomía- las cuestiones laborales y las cuestiones del reconocimiento sexo-afectivo y racial, como si, por una parte, hubiera unas políticas de distribución de la riqueza y, por otra, unas políticas de reconocimiento de derechos simbólicos.
Yo creo que hay que complejizar esta distinción, que analizaron autoras como Nancy Fraser o Wendy Brown a partir de una reinterpretación de Hegel, porque están intrínsecamente relacionadas. No puede haber explotación laboral si, a su vez, no hay una discriminación sexo-género.
Hay una discriminación laboral si hay políticas de racialización, si hay colonialismo, si hay extractivismo, si hay racismo. No es que estén por un lado las luchas laborales y por otro las luchas civiles o sociales, o esas batallas culturales que, a veces, se mencionan en términos despreciativos. La clase social está ya intrínsecamente generizada, racializada y capacitada.
En su libro, comenta que el capitalismo no es individualista, sino dividualista. ¿Qué quiere decir con esto último?
El individualismo objetivamente no existe, es imposible. Un sujeto siempre está inserto en una serie de grupos sociales (clases sociales, cohortes de edad, tribus urbanas, capitales simbólicos, el sistema sexo-género…). Esto, dicho en términos objetivos, significa que uno siempre está dentro de unos medios de producción, de unas empresas o de unas instituciones públicas. Por eso, lo que existe son dispositivos de individualización, mecanismos ideológicos para pensar que no necesitamos a los demás, que la vida va de dar codazos al resto para poder sobrevivir en clave de darwinismo social.
Una cosa es el individualismo y otra los dispositivos de individualización. Un ejemplo muy sencillo, y que nadie se dé por aludido, son las pulseras o relojes que te miden la frecuencia cardíaca, los pasos y las calorías. Eso es un dispositivo de individualización, una coartada para privatizar la sanidad en una lógica de responsabilización individual que viene a decir: “Responsabilízate tú de tu salud en clave privada o incluso privativa porque tú eres el responsable, y si tienes mala salud es culpa tuya”.
Insisto, más que el individualismo, que no existe porque siempre estamos en grupos sociales, existen mecanismos de individualización. De hecho, el capitalismo apela constantemente a las comunidades. Si vemos anuncios y publicidad de Airbnb y otra serie de instituciones, hablan de cómo convivir en nuevas comunidades. El debate no es comunidad versus individuo, individuo versus comunidad, sino qué tipo de comunidad. La izquierda confunde mucho individualismo e individuo. Marx entiende por socialismo el fortalecimiento del individuo y las capacidades individuales; y, en este caso, es aristotélico y teoriza que el socialismo sería fortalecer el desarrollo de las capacidades individuales, sociales o colectivas.
Esto (la individualidad) se puede ver en el planteamiento de Marx, que dice que “el capitalismo mutila al trabajador”.
"Igual que el vampiro chupa la sangre de su víctima, el capitalista lo que hace es recoger ese plusvalor"
El capitalismo es un dividualismo. Lo que hace el capitalismo es reducir cada individualidad a paquetes energéticos. Reducirla a partes que pasan a ser apéndices de las maquinarias capitalistas, que absorben esa fuerza de trabajo. Por eso Marx usa la metáfora del vampiro. Igual que el vampiro chupa la sangre de su víctima, el capitalista lo que hace es recoger ese plusvalor que generan las clases trabajadoras.
El capitalismo divide, pero no en el sentido del divide et impera de la clase trabajadora, sino en una cuestión más específica. Lo que hace es reducir al individuo a fuerza de trabajo o reducir al ser humano a la figura del Homo Economicus, que consiste en maximizar beneficios y reducir las pérdidas al máximo posible; o aumentar las ganancias a través de la explotación de la fuerza de trabajo de la clase obrera. Realmente es un dividualismo porque tiende a explotar esa fuerza a toda costa, y de cualquier manera.
Marx dice que el capital es como un valor autoexpansivo. No es una cuestión de buenos o malos, que aparece recogido en el marxismo canónico. No es que los capitalistas sean muy perversos y por eso explotan la fuerza de trabajo, sino que el capital es un valor autoexpansivo. Tiene una lógica: la acumulación de capital, que va más allá del placer inmediato. Por eso el capitalismo tampoco es un hedonismo. Por tanto, una empresa, para ser competitiva, si no quiere que la absorba otra compañía, tiene que aumentar sus ganancias y acumular cada vez más riquezas. No es una cuestión de buenos o malos. Es mucho más complejo que eso.
Explica en uno de los capítulos que “entre el protestantismo y el capitalismo hay una retroalimentación dialéctica”.
Desde la izquierda se suele decir que el capitalismo es salvaje. Lo es en un sentido moral, pero no caigamos en el moralismo. El capitalismo implica una serie de dispositivos institucionales y simbólicos que disciplinan ideológicamente. La religión y la educación son algunos de estos dispositivos. El capitalismo va ligado a una religión del trabajo, en donde lo único importante es trabajar y acumular, lo que está muy ligado al calvinismo en la idea de que quien tiene éxito social en la vida es porque emprendió y, por tanto, triunfa. En este planteamiento hay una contrarrecíproca, porque quien sufre discriminaciones por razones de sexo, de género, de raza, de clase social o por capacidades es porque se lo merece. Esa es la idea del calvinismo.
El protestantismo plantea una moral donde la centralidad de la vida es el trabajo. El capital son unos dispositivos para reducir el tiempo de vida a tiempo de trabajo. De ahí la centralidad del tiempo. Las maquinarias capitalistas controlan los espacios en los que vivimos por acumulación o, como diría David Harvey, por desposesión, desplazando a las clases trabajadoras de los barrios donde desarrollaron su capital simbólico mediante procesos de gentrificación, de gastrificación, ejerciendo un control a su vez del tiempo. El capital lo que exige es controlar el tiempo. Es lo que mensura una mercancía, es decir, el tiempo socialmente necesario en términos promedio para producir esas mercancías. Es una cuestión de control de espacios y de tiempos, de ahí ese dividualismo.
¿De verdad el capitalismo “recompensa a los individuos más capacitados” o más bien deja de lado a los débiles?
Los deja de lado completamente y ese es el mito de la meritocracia, que está emparentado con el emprendimiento y con el darwinismo social. La idea de que quien se esfuerza mucho en la vida alcanza el éxito es falsa. Los que provienen de familias humildes o de clases trabajadoras tienen que esforzarse mucho más que las clases acaudaladas, que lo reciben todo por herencia y no por esfuerzo o emprendimiento para poder tener una vida más o menos digna. La ideología de la meritocracia siempre deja en la cuneta a las mujeres trabajadoras, a las personas racializadas o con otras capacidades. Ese es el cuento de la meritocracia que, en el fondo, es una forma de darwinismo social. Es esa idea de que solo sobreviven los más aptos. Quienes no lo son se van quedando en la calle o en la cuneta. Eso es lo que se está recrudeciendo a día de hoy.
El capitalismo, para sobrevivir, exige una jerarquía clara y taxativa de los espacios naturales, exige formas de racismo para distinguir a unas personas de otras. Los capitalistas se quieren separar de las clases populares y, aunque sea imposible, también de las clases trabajadoras. Una analogía brutal que refleja el funcionamiento del capitalismo es la reducción de las clases populares o buena parte de ellas a detritus o población sobrante. Se separa a la clase capitalista y acaudalada, incluso físicamente, de la vida de las clases trabajadoras por esos procesos de gentrificación, de amurallamiento de los lugares de residencia respecto a las clases trabajadoras que, gran parte de ellas, son tratadas como detritus y que hay que reducirlos a residuos cero.
Actualmente, hay una vuelta a la idea del Lebensraum: la acotación de un espacio vital para que la raza vigorosa (o elegida) pueda prosperar segregada del resto de la población. Una concepción que desarrolló el etnógrafo alemán Oscar Peschel en la década de 1870 y que se popularizó a principios del siglo XX, y que luego hacen suya los ideólogos nazis. Para que la raza superior florezca, las demás tienen que ser dominadas, cuando no directamente exterminadas. Desde estas coordenadas, que son las del pensamiento Völkisch, existe una relación íntima entre el pueblo y un entorno geopolítico que debe ser protegido de las poblaciones perjudiciales. El racismo biológico –no sólo ya cultural– y la eugenesia no son ajenos a los EEUU, como es bien sabido. Por poner un sólo ejemplo: Madison Grant, contacto personal de Roosevelt, era una fuente de inspiración completa de Adolf Hitler, como han estudiado bien Sam Moore y Alex Roberts.
Peter Thiel ya afirmó que el capitalismo no es compatible con la democracia y J. D. Vance, vicepresidente de los EEUU, es partidario de restablecer la jerarquía natural: la raza superior es la compuesta por blancos, cristianos, dirigida por hombres, por supuesto, heterosexuales, padres de familia, etcétera. Y en esto no debe extrañar que coincidan con Putin y el patriarca Cirilo de Moscú y de todas las Rusias. Hay un entendimiento que los putinistas y los admiradores del In God We Trust norteamericano no van a poder disimular. Todos ellos quieren desatanizar el mundo, recristianizarlo. De ahí que Vance critique a Europa por la pérdida de valores cristianos y Putin apele a Vladimiro el Grande.
Desde este enfoque, hay que extirpar todo agente patógeno que contamine, escinda y destruya a nuestras sociedades desde dentro: las mujeres, las personas LGTBIQA+, los musulmanes, los negros, etc. Estamos ante un darwinismo social spenceriano que ya estaba implícito en el neoliberalismo, pero que ahora se recrudece. Si según Von Mises o Hayek, instituciones tales como la familia, las tradiciones o las costumbres eran esenciales para el desenvolvimiento del mercado, ahora el acento se pondrá en las diferencias cultural-raciales, la defensa de los espacios vitales y de los valores del militarismo más atroz. Dos lecciones: sin el poder del Estado, los mercados no durarían un sólo día. El capitalismo no funciona a pesar de las desigualdades, sino gracias a ellas.
Frente a un capitalismo global, ¿qué instituciones nos protegen? ¿La familia, la nación, las asociaciones?
La familia protege o no. Hay que tener cuidado con una especie de deificación. La familia es un conglomerado de instituciones donde también se reproducen los valores ideológicos del capital y donde se incuban la lógica neoliberal, meritocrática y el darwinismo social. Hay muchas variables que complejizan esta cuestión: tanto la familia en sí como si estamos en un país católico o protestante. Hay muchas variables que impiden ver de forma simplista esta cuestión porque reproducen esas discriminaciones de sexo-género, y porque son necesarias para esa acumulación de capital.
Lo que defiendo es la colaboración público-común o colaboración público-comunitaria, que implica que el Estado debe tomar las riendas, invertir, arriesgar de verdad y planificar. Deberían tener una planificación ecosocialista, pero de manera simultánea o coetánea, también un desarrollo comunitario. Es decir, fortalecer el procomún con un contrapeso siempre entre los dispositivos o la vida del procomún y las estructuras de lo público, y hacer esos proyectos a través de procesos de transparencia o participación ciudadana.
La protección es la generación de unas instituciones para la clase trabajadora que busquen primero el valor social que el económico. Por ejemplo, a nivel estatal necesitamos una fuerte planificación ecosocial o ecosocialista para el mantenimiento y regulación de las energías renovables que, desde el ámbito del pro común, abarcaría la necesidad de políticas de autoconsumo, construcción de comunidades energéticas, pero nos podríamos referir a muchas más dimensiones o planos.
Es distinto lo público de lo común, porque lo que es público es privado respecto a terceros y lo que es público en un Estado es privado en otros. También, lo que es público desde un punto de vista de un Estado puede ser privativo en estratos sociales que no pueden disfrutar de esos bienes, recursos o productos. Tiene que haber una dialéctica de abajo arriba y de arriba abajo y un equilibrio entre lo uno y lo otro. Tiene que haber una autoorganización de la sociedad civil. Por ejemplo, Lenin llama democracia a fondo a una democracia en la que no te puedes quedar solamente en las instituciones públicas, que son fundamentales y necesarias, pero no suficientes.
Creo que hay que tener cuidado en dejar todo bajo el paraguas de las instituciones públicas, porque no garantizan la libertad o la igualdad de todos los individuos, se necesitan otras instituciones auto organizativas: feministas, de LGTBIQA+, de cuidados, de políticas y movimientos antirracistas, de comunas de producción y de consumo. Tiene que haber una inteligencia colectiva que no se deje cooptar ni captar por lo público. Esa es la colaboración público-comunitaria a la que me refería.
Viendo las recientes políticas implementadas por EEUU, ¿constata que el capitalismo es de anti-mercado?
"La economía se da a través de una serie de monopolios donde no hay libre competencia"
Braudel decía que el capitalismo es una economía de anti-mercado si entiendes por mercado libre competencia, porque históricamente el capital genera monopolios, oligopolios, oligopsonios... Las empresas no cumplen internamente con el libre mercado. En una gran compañía lo que funciona realmente es la jerarquía y el mando. No hay una libre competencia entre iguales con carácter irrestricto en una empresa, eso no existe. Tampoco toda la economía pasa por el mercado, porque, al final, la economía se da a través de una serie de monopolios donde no hay libre competencia ni libre concurrencia competitiva.
Hay que tener en cuenta también que surge la noción de libre comercio para justificar el tráfico atlántico de esclavos. Parafraseando a Marx, “(el comercio) nace chorreando sangre y lodo”. Es el paso de las compañías estatutarias por acciones que monopolizaban el tráfico atlántico de esclavos a lo que hoy llamamos empresas privadas, que nacen manchadas de sangre. Por eso no hay capitalismo sin esclavitud. Así que sí, los mercados definitivamente son una economía de antimercado que no durarían ni un día sin los Estados. Esto no significa que todo pase por el Estado, no. Yo apelo a esa dialéctica entre lo público y lo común, a una sociedad civil organizada que se fortalece desde abajo a través de comunidades de vecinos, asociaciones, asambleas y procedimientos deliberativos en donde esté esa estructura de lo común a la que antes me refería.
Para finalizar, ¿por qué deberíamos leer su libro?
El capitalismo no existe, pero el libro sí (ríe). Lo que pretendo con el libro es destrozar tópicos e intentar destrozar la ideología de las derechas capitalistas en esta evolución del recrudecimiento del darwinismo social, no de un capitalismo de vertedero, pero también para hacer reconvenciones a la propia izquierda y señalar que sus eslóganes y lemas se han quedado obsoletos y no están ajustados a la realidad.
El capitalismo no es un individualismo ni es una forma económica de mercado y, en ese sentido, damos munición y armas a la derecha. El libro funciona como una máquina de guerra para fortalecer a la izquierda en su argumentario.
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