Paco Candel: el retratista de la Catalunya olvidada
Con motivo del centenario de su nacimiento, repasamos la vida y trayectoria de un personaje único, quien evoca el proceso de transformación social y urbanística que experimentó el país en tiempos de posguerra.

Barcelona--Actualizado a
"Hay que recuperar su figura porque es el emblema de lo que tiene que ser una Catalunya de respeto y convivencia". Así reivindicaba a Paco Candel el activista y profesor universitario Jaume Botey en un acto celebrado en el Ateneu Popular de l'Hospitalet de Llobregat en junio de 2014. De él, el traspasado académico destacaba la capacidad para retratar aquella emigración que se estableció en el cinturón barcelonés a partir de la década de los 50, empujada por una pobreza de la cual solo se podía huir. Generaciones de hombres y mujeres, como sus propios padres, de los que describió las vicisitudes y ayudó a conectar con el resto de sectores populares que soportaban los estragos de la posguerra.
Las palabras de Botey, pronunciadas con motivo del 50 aniversario de la publicación de Los otros catalanes, la obra de referencia de Candel, se añaden a otras muchas que, desde entonces, han glosado la faceta humana de un hombre surgido de las capas más depauperadas de la sociedad y que, entre sus divisas, había convertido Catalunya en "un solo pueblo".
De Casas Altas a las Casas Baratas
Francisco –o Paco– Candel Tortajada había nacido en 1925 en Casas Altas, un municipio valenciano situado entre Cuenca y Teruel, y con solo dos años, ya se trasladaba a Barcelona con su familia, una de tantas que migraban hacia Catalunya en busca de trabajo. La mayoría se alojaban en las afueras de la ciudad, sea en los barrios de Verdum, la Trinitat, la Marina o la zona suburbial situada en Montjuic.
En la falda de la montaña, sumergido en un pequeño recinto de barracas, permaneció un año, para a continuación alojarse con sus padres y su hermana en las Casas Baratas de Can Tunis, como así se conocían el millar de viviendas –de entre 30 y 40 m²– que se construyeron para reubicar a los barraquistas coincidiendo con la Exposición Universal de 1929.
En esta barriada, Candel creció de la mano de una familia que pronto pudo sortear la degradación que se respiraba. Como bien recuerda el periodista Genís Sinca en Petita història de Paco Candel: De les barraques a les Cases Barates, su padre entró a trabajar a la cantera del Morrot, donde hoy encontramos los jardines de Miramar, mientras su madre frotaba suelos de casas particulares y de la parroquia de Nuestra Señora del Puerto, un tipo de centro de acogida. Sinca también es el comisario del año Paco Candel.
A pesar de ser pobres, pues, no pertenecían a las familias más golpeadas por la miseria, cosa que le permitió tener una adolescencia relativamente normal: pudo escolarizarse en Sant Raimon de Penyafort, un centro progresista que había en la Zona Franca, para después encontrar trabajo en oficios tan diversos como los de ceramista, decorador, contable, mecánico o diseñador de bisutería.
Sin embargo, su auténtica vocación era ser pintor, si bien el hecho de contraer la tuberculosis en 1947, lo acercó al ámbito por el cual ha pasado a la memoria popular: la escritura. Postrado en cama por la enfermedad, empezó a devorar las obras del novelista holandés Maxence van der Meersch y el francés Abbé Pierre, hasta convertirse en un lector empedernido, cosa que lo lanzó a retratar las vidas de los obreros que lo rodeaban.
De este período destacan dos libros que todavía son una guía para entender el fenómeno migratorio que entonces poblaba la trastienda de Barcelona: Hay una juventud que aguarda (1956) y, ambientada en el mismo barrio de Can Tunis, Donde la ciudad cambia su número (1957), que casi le cuesta el linchamiento de los vecinos que se sintieron aludidos en la novela.
La voz de los sectores populares
De Can Tunis ya no se movería nunca más. Si bien siempre se desplazaba arriba y abajo –allí había conocido a Maruja, con quien se casó y tuvo dos hijos, Marujita y Paquito–, se trataba de un territorio silenciado del cual quería narrar cómo las familias intentaban prosperar en la nueva sociedad de acogida. Así queda recogido en Los otros catalanes (1964) un libro que, a medio camino entre el reportaje y el ensayo, consagró a aquel hombre apacible como la voz "de los otros": la masa de inmigrantes que, entre el aislamiento y la incomprensión, afanaban en labrarse un futuro en la primera corona de Barcelona.
El añorado Manuel Vázquez Montalbán decía de Candel que era "uno de los mejores representantes del denominado realismo social, con escenas lúdicas y poderosas que son una excelente descripción de los ámbitos y condiciones de vida de los cinturones urbanos, quienes crecieron salvajemente sin ningún otro impulso que el hambre, las carencias de todo tipo y la emigración".
Fueron aquellos escritos, directos y próximos, que lo convirtieron en uno de los cronistas más apreciados y prolíficos de la época. De hecho, entre 1956 y 1975 publicó 35 libros, entre novelas, ensayos, cuentos y otros géneros literarios, aunque fue con Los otros catalanes y Ser obrero no es ninguna ganga (1968), parcialmente censurado por el régimen franquista, lo que le abrieron las puertas al periodismo.
Primero en la revista Destino y, sucesivamente, en El Correo Catalán, Tele/exprés, Avui, Diario de Barcelona, Serra d'Or, Canigó o Primer Acto. En estas y otras cabeceras, Candel pulió un estilo que, como apuntaba Josep Maria Espinàs: "Rompía con la tradición más culta de la literatura en catalán, pero para explicar de manera precisa y tranquila las historias de dignidad y humanidad que se escondían a los suburbios de Barcelona".
Un pie en la calle, el otro en la política
La faceta de Paco Candel no se limitó a observar las vicisitudes de aquella Zona Franca donde los dramas familiares eran inevitables. Las biografías nos recuerdan el luto por la muerte de su madre o la difícil relación que mantuvo con Maruja, a quien le reprochaba las deudas que contraía con los comerciantes del barrio.
También, en el paso de una Catalunya que salía del franquismo para abrazar la democracia, se dejó convencer para entrar en la esfera política. Encadenó el cargo de senador por la candidatura unitaria Entesa dels Catalans (1977-1979), experiencia que quedó reflejada en Un charnego en el Senado (1979), con el de concejal de Cultura del Ayuntamiento de l'Hospitalet de Llobregat (1979-1983), cargos que ocupó por el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC), formación de la cual se sentía plenamente identificado por su labor en defensa de la cohesión y la justicia social.
Ya pasada la etapa política, continuó narrando las inclemencias que soportaban los obreros de la periferia barcelonesa. Desde su piso de la Zona Franca, y con la tradicional Olivetti siempre a punto para esculpir aquella realidad, siguió poniendo rostro al cuarto mundo que se escondía en los rascacielos poblados de familias que, en pleno proceso autonómico, todavía hacían lo imposible para salir de la miseria.
Así pasó Candel sus últimos años, con aquella fragilidad física que nunca le impidió estar junto a las iniciativas altruistas y aprovechar cualquier oportunidad para reclamar derechos para los más desvalidos, una actitud insobornable que fue reconocida por todo el mundo, desde entidades vecinales hasta la misma Generalitat de Catalunya, que después de galardonarlo en 1983, le otorgó en 2003 la Medalla de Oro.
Antes de morir el 23 de noviembre de 2007, a la edad de los 82 años, Candel todavía tuvo tiempo para crear la Fundación que lleva su nombre, desde donde se promueven estudios sobre la inmigración, y cautivar a la opinión pública con otras píldoras de un periodismo que lo ha entronizado, en el imaginario colectivo, como el escritor de los obreros.

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