Opinión
Ucrania llega a su tercer año de guerra en la era Trump

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
Como cada semana desde hace ahora cuatro la agenda política la sigue marcando Donald Trump. Su estrategia es inundar las noticias de anuncios epatantes y, en muchos casos, difíciles de digerir. La velocidad a la que se suceden los acontecimientos da bastante vértigo, especialmente si, como todo apunta, este ritmo de acción no parece que vaya a parar pronto. Y mientras tanto observamos en tiempo real cómo se articula un nuevo orden internacional y cómo éste es cada vez más hobbesiano y darwiniano a partes iguales. El imperialismo de uno se transforma en competición imperial de varios, porque ya sabemos que el imperialismo nunca dejo de ejercer poder.
Este nuevo orden de corte neoimperial se articula sobre varios ejes que combinan modernidad y nostalgia. De un lado, aquellos que fueron potencia miran hacia el pasado del siglo XIX y XX, donde la conquista de territorios y la construcción de esferas de influencia fueron la forma de consolidar su poder. De otro, una potencia que quiere ser hegemón en lugar del hegemón actual y que utiliza unas estrategias distintas y novedosas a través del control de la economía y la tecnología.
Y en esta pugna vemos cómo las teorías geopolíticas clásicas vuelven. Una de las explicaciones que está cobrando más vuelo es la que argumenta que lo que está haciendo Estados Unidos tiene mucho que ver con la teoría del hinterland o espacio de crecimiento del viejo Mackinder donde aquel que controla el área pivote, Asia Central, tiene muchas más posibilidades de crecimiento económico y geográfico que quien no lo controla. De este modo, EEUU haría una lectura de la situación en términos estratégicos. Su objetivo principal sería separar a Rusia de China, su rival sistémico por excelencia, y el que, como consecuencia de la invasión rusa de Ucrania y la ulterior separación económica de Moscú de sus vínculos económicos con occidente (corte energético, North Stream, y las sanciones), estaría controlando precisamente esa área pivote que la hace aún más poderosa y con mayor potencialidad de crecimiento.
Por tanto, para poder desmontar esta alianza entre Moscú y Pekín, Washington está dispuesto a negociar con el primero para distanciarlo del segundo. No es que se compren los argumentos rusos, es que sus intereses están por encima de los propios argumentos. Y esa vuelta a la geopolítica clásica es precisamente lo que estamos siendo testigos en riguroso directo. Obviamente nunca nada es tan sencillo como parece, y en este caso son múltiples las derivadas que se desprenden de este movimiento.
Un movimiento cuyo epicentro se sitúa en Ucrania. Una Ucrania que lleva tres años ya padeciendo una invasión a gran escala por parte de su vecino y otrora potencia imperial, Rusia. Una Ucrania que está exhausta en términos demográficos y al borde del precipicio en términos económicos. Una Ucrania que creyó que podría vencer una guerra contra Rusia porque contaría con los recursos necesarios provistos por sus aliados occidentales. Una Ucrania, en definitiva, que creyó en las promesas de victoria que otros le hicieron, pero que nunca estuvieron dispuestos a cumplir. Porque es importante no engañarse, Ucrania ha aguantado sólo gracias a la ayuda recibida, pero esa ayuda nunca fue suficiente para poder derrotar a Rusia. Porque Ucrania ha sido utilizada como proxy por EEUU para desgastar militarmente a la Federación Rusa. Sus aliados lo sabían, Zelensky lo sabía. Nunca se trató de la defensa de la democracia, sino no se explican otras decisiones que tienen que ver con el apoyo al gobierno de Israel o con los acuerdos comerciales firmados con países como Azeirbajan. Lo peor es que ha tenido que venir Donald Trump a decirlo abiertamente, mientras el resto del liderazgo norteamericano lo decía en privado y en voz baja.
Ucrania se enfrenta en estos días al tercer aniversario de guerra de alta intensidad. Tres años donde tiene un 20% de su territorio ocupado por tropas rusas, donde ha perdido a toda una generación de jóvenes, donde sus infraestructuras han sido destruidas y donde sus tierras raras son ambicionadas por sus aliados occidentales ¿o acaso creen que la ayuda y el interés británicos son por la defensa de la democracia? Al contrario que Trump, ellos ya fueron haciendo sus inversiones en este destruido país, ahora Washington también quiere su parte. Un país que después de tres años de poner los muertos pensó que el fin del conflicto se saldaría con una paz justa, y lo hizo porque creyó en el derecho internacional y en su defensa. Quizás fue el único que lo creyó. Ni europeos ni norteamericanos han movido un dedo para la defensa del derecho internacional con el que a muchos se les llena la boca; eso sí, sólo cuando sus intereses están en juego, porque sino es Sudáfrica el que viene a denunciar un genocidio que sucede ante los ojos de los desarrollados y civilizados europeos.
Por el momento, lo que se ve en Europa no es una reflexión sobre cuál debería ser la respuesta a toda esta situación más de fondo. Lo que se observa es una atolondrada sucesión de reuniones donde se discute cómo aumentar el gasto en seguridad y defensa y cómo financiarlo. El resto es totalmente secundario, puesto que estamos en un momento donde los eslóganes priman por encima del análisis y las propuestas imaginativas. Claro que si para propuestas imaginativas tomamos las del primer ministro polaco Donald Tusk de utilizar no ya los intereses de los activos rusos congelados, sino de los activos en su conjunto, algo absolutamente ilegal, entonces ya sí que Europa habrá cavado su propia tumba. Porque conviene recordar que la democracia y el Estado de derecho tiene sus propias reglas y procedimientos, y el final de esas democracias y de ese Estado de derecho comienza con la propia vulneración de estas reglas por quienes dicen defenderlas.
Porque creer en el Derecho Internacional es defenderlo a través del uso de sus instituciones y sus procedimientos, y no sólo a través del envío de armas. Porque sólo el envío de armas o el incremento de los presupuestos en defensa no será suficiente para alcanzar una paz justa. Y porque, sin una defensa cerrada de ese derecho internacional con coherencia política, vendrán los poderosos y ejercerán ese poder sin consultarte. Y eso es en lo que estamos, en ver cómo parar el golpe de Trump a Europa en la cara de Ucrania. No se engañen, los países europeos están ya pensando en el día después de una paz que ellos no han sido capaces de negociar y donde tendrán que hacerse cargo de las decisiones de otros.
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