Opinión
El súper es una farmacia
Por Manolo Saco
Echo de menos aquellos días en que la leche o era entera, tal como salía de la vaca, o estaba rebajada con agua pura, para mayor gloria de la caja registradora de las vaquerías sin escrúpulos. Nuestras madres calibraban la honradez del vaquero por la densidad y color de la leche, o la abundancia y textura de la nata.
Hoy, para enfrentarse a la sección de lácteos de una gran superficie hay que ir provisto de cierta cultura nutricional. ¿Entera, semi o desnatada? ¿Con omega 3 -qué coño será eso- o con calcio añadido? ¿Enriquecida en vitaminas, con “esteroles vegetales que reducen el colesterol” o “con péptidos bioactivos que reducen la tensión arterial”? El resto de la tienda me acecha con reclamos de bífidos activos, fibras incontables agazapadas entre las estanterías, y nuevas sustancias de efectos prodigiosos avaladas por “más de sesenta estudios científicos”.
Así que he decidido no volver a pisar una farmacia ni una consulta médica, y gastármelo en el supermercado. Es mucho más llevadero tragar un yogur que las pastillas. Llevo un mes así, comiendo por prescripción publicitaria, y mis amigos aseguran que ya se me está notando.
El colesterol, la tensión y el estreñimiento siguen igual. Lo que notan mis amigos es que estoy mucho más gordo. Quizá de pura salud.