Opinión
El método jesuítico para fumar y rezar
Por Manolo Saco
Era tan famosa la torpeza de un reciente presidente de los Estados Unidos, que hizo fortuna el chascarrillo de que su cerebro no daba para desempeñar dos tareas sencillas a la vez, como caminar y mascar chicle. Quizá sea una exageración, pues yo le vi por la tele caminar mientras hablaba en inglés, cosa que me parece mucho más difícil, si bien un sucesor suyo pasó a la Historia por su incapacidad para comer galletitas al tiempo que veía un partido de rugby por televisión.
El caso es que aseguran los expertos que la subdivisión de las neuronas para el trabajo y el cálculo abstracto tiene un límite, y que esa es la razón por la que se prohíbe conducir un vehículo mientras se habla por un teléfono móvil. Y menos en inglés, que supone un esfuerzo suplementario. El riesgo de perder el control es directamente proporcional a la atención necesaria para seguir una conversación. Por ejemplo, si te llaman de sopetón preguntándote cual es la raíz cuadrada de 27.517, o cómo hay que llamar a un tripartito de dos, como en Cataluña, es bastante probable que te olvides de dar la siguiente curva.
Es el caso de un amigo mío periodista, amante de la música, para el que una suite para violoncello de Bach pasa a ser un ruido más o menos molesto cuando está concentrado en la redacción de una noticia. Bach suena desafinado, extraño, desquiciante, pues mi amigo necesita todo el cerebro, y aun así le falta, para no perder el hilo sutil de la melodía. Yo le dije que le está bien por ponerse música mientras trabaja, que probara el método jesuítico de ponerse al trabajo mientras está escuchando música. Te enchufas primero a Bach y a continuación empiezas a trabajar. Si el trabajo sale desafinado, extraño y desquiciante, peor para el trabajo.
Y vosotros os preguntaréis por qué digo que es un sistema jesuítico. Me explico. Como sabéis, los jesuitas pasan por ser una especie de ingenieros del dogma dentro de la Iglesia, pues históricamente se las han “ingeniado” para buscar una solución airosa a las inevitables contradicciones de toda obra divina administrada por el hombre. Tengo un primo jesuita que, al cabo de los años, de tanto aplicar el método jesuítico propiamente dicho, se salió de cura y fundó una familia. Por suerte, años antes, cuando yo era un jovencito recién incorporado al vicio de fumar, mi primo ejerció sabiamente su autoridad moral para terciar en una discusión familiar que llevaba camino de convertirse en crónica.
Y todo por culpa del maldito tabaco. Porque si hoy se sabe que el tabaco produce cáncer, entre otros males, para mi padre tenía una consecuencia aun peor: era casi un pecado mortal (y en lo de mortal, mira por dónde, no iba desencaminado). Para complicar más las cosas, después de comer coincidían la hora del mejor cigarrillo del día con la hora del inevitable rosario, porque en mi casa formábamos la famosa familia unida que reza unida.
Lo cierto es que esa armonía a punto estuvo de irse a pique por una cuestión moral no pequeña de la que solo un jesuita bien formado podía salvarnos: ¿es lícito fumar mientras se reza el rosario? Llamamos a mi primo y le consultamos nuestra zozobra como a un oráculo. “No se debería fumar mientras se reza”, dijo, “pero Dios agradecería que le rezaseis, aunque estéis fumando”. Desde entonces, antes de que mi padre hiciese rodar entre sus dedos las cuentas del rosario, se oía un murmullo apresurado de cerillas en ignición dispuestas a elevar hasta el cielo nuestras oraciones, envueltas por fin en el humo jesuíticamente santificado.
Entre fumar y rezar, mi cerebro solo alcanzaba para una tarea de las dos. Pero creo que mi padre nunca lo notó.
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(Meditación para hoy: hoy tocaba hacer una reflexión sobre los cuatro millones de firmas del PP para pedir un referéndum contra el estatuto de Cataluña -aunque ellos creo que no le llaman así- que ayer presentaron en el Congreso, y que fue rechazado por todos los partidos políticos... excepto el PP. Pero me pareció que hay muchos más millones de españoles preocupados por el destino de sus almas y el valor de sus oraciones, que al fin y al cabo son para toda una eternidad, que no la dudosa utilidad de las firmas de Blancanieves, los siete enanitos, La Cenicienta, Miky Mouse, el Capitán Trueno y Asterix, que sólo sirven para enredar durante una legislatura. Aprender a rezar con provecho es muy práctico, sobre todo si el Partido Popular nos vuelve a gobernar algún día. Dios no lo quiera, Jesusito de mi vida que eres niño como yo.)