Opinión
Urgente: un cambio de rumbo ya para las cumbres del clima

Esta semana, en la que la organización de periodistas ambientales APIA ha celebrado su congreso contra los bulos y la manipulación informativa, las noticias no podían ser menos alentadoras. Una nueva cumbre climática, que pretendía ser un paso adelante, lo que ha hecho es caminar marcha atrás, mostrándonos un liderazgo licuado de la UE, señalando a líderes de grandes potencias que creen que el calentamiento global es una filfa, como el ausente Trump, y a otros -como el de China- que dan un paso adelante y varios para atrás debido a su desarrollo desenfrenado y colocando en los márgenes a quienes, con escasos recursos de supervivencia, se enfrentan a un clima que parece campar desbocado, impulsado por la actividad de miles de millones de humanos.
Mientras la #COP30 tenía lugar en la ciudad amazónica de Belém do Pará (Brasil), en Vietnam muchas decenas de personas morían ahogadas en inundaciones y cientos de miles resultaban afectadas; lo mismo pasaba en Tailandia y Malasia, en Filipinas y, pocos días antes, en Gaza y el Caribe. Mientras se negociaba en despachos inescrutables, ardían islas en Australia y un bosque que es Patrimonio Mundial de la Unesco en Irán, donde el consumo de agua por una inacabable sequía; y en California se encendían las alertas ante una temporada de fuegos que se aventura nefasta. Esos días de documentos a debatir con los que se pretendía frenar el desaguisado del cambio climático y las catástrofes que conlleva, miles de personas morían por su culpa; millones se quedaban sin hogares, sin su modo de vida, sin nada. Traumatizadas. La inmensa mayoría no eran noticia más allá de sus fronteras porque hoy el algoritmo es el que dibuja y distribuye lo que debe interesar.
Han pasado unos días y aún hay quien celebra que en la COP30 "se haya salvado el multilateralismo", esa palabra que habla de cooperación internacional, justo cuando el líder del segundo país más contaminante del planeta, Estados Unidos, ni siquiera ha estado presente. Tampoco el ruso Vladimir Putin. El uno, porque no cree que exista una emergencia climática, cuando estamos a un suspiro de superar el aumento de 1,5ºC de media en menos de 200 años; el otro, porque vende los combustibles fósiles (petróleo, gas, carbón) que lo provocan, y no le viene bien que se cierre ese grifo. Total, en Rusia hace frío. Y eso es lo mismo que han defendido países árabes y la India. Por cierto, el propio Brasil anfitrión tampoco lo peleó mucho: Lula da Silva acaba de autorizar la extracción de una gigantesca bolsa de petróleo en la desembocadura del Amazonas; los 10.000 millones de barriles que se estima podrían sacarse equivalen a 4,38 gigatoneladas de CO2. Es lo que emite EEUU en un año. Para justificarse llegó a decir que ese dinero es "para financiar la transición energética", lo que ya es rizar el rizo.
Bien es verdad que, después de lo ocurrido en Dubái el pasado año, las expectativas del encuentro no era altas; también que sin estas cumbres desde 1995 a saber cómo estábamos ahora, pero quizás si que es un ‘modus operandi’ que en estas circunstancias geopolíticas requiere una repensada porque no pone freno a un empeoramiento de la situación, y ya hay graves alertas científicas sobre lo que está pasando con la ralentización de corrientes oceánicas que pueden desestabilizar aún más el clima global. Justo es celebrar que al menos 80 países sí que se hayan aliado para iniciar esa disminución efectiva del uso de esos combustibles fósiles que hace más de 50 años que se sabe que están detrás del problema, pero ¿podemos conseguir el objetivo sin contar con todos?
Del mismo modo, conviene destacar cómo las energías renovables están en una espiral de aumento a un ritmo inusitado. En España, es evidente; en China y en toda la UE, también, aunque esa expansión de infraestructuras para fuentes energéticas limpias no se corresponde con el mismo ritmo de caída de las importaciones del petróleo y el gas que, siguiendo las órdenes de Trump, ahora sobre todo llegan desde EEUU. La buena noticia es que la UE disminuye sus emisiones, pero es que a nivel global aumentan.
Tampoco sobre el freno a la deforestación hubo avances que celebrar. Si bien en países con abandono rural, como España, hay más árboles, a nivel mundial desaparecen millones cada día, pero nada relativo a dejar los bosques primarios como están se menciona en el acuerdo final del encuentro. Brasil si aprobó su Hoja de Ruta de Bosques y Clima y logró que 53 países se sumaran a un nuevo Fondo Bosques Tropicales para Siempre -que facilitará pagos a los países que los conserven-. Es curioso que entre los firmantes estén muchos miembros de la misma UE cuyo Consejo Europeo propuso - justo mientras se celebraba la COP30- aplazar un año más la entrada en vigor de la prohibición de importar productos que causan esa misma deforestación tropical. Es una normativa que debería ser efectiva desde finales del próximo mes, pero se ha propuesto esperar un año más. Ergo ¿con qué nos quedamos? ¿bosques tropicales sí o no? Y, además, ¿qué pasa con la minería que contamina esas zonas, es que no se merece ni una línea?
Retomo al final el tema fundamental de la justicia climática, que consiste en algo tan sencillo como que ‘quien contamine, que pague las consecuencias’. En el fondo, nos atañe a todos; estos días, a quienes se lanzan al universo ‘black’ del consumo de lo prescindible. Deben saber que no existen gangas, que lo que no es necesario, nos roba la vida. En Belem, nombre que nos recuerda a otro escenario navideño, se dijo que se iban a triplicar los fondos anuales dedicados a ayudar a adaptarse a los que están sufriendo estos cambios y catástrofes ambientales y que no tienen recursos para adaptarse. No existe el ‘Black Friday’ para recuperar vidas. Pero ni cómo, ni cuándo, ni de dónde vendrán esos ‘dineros’ ha quedado claro. ¿Cómo van a fiarse esos cientos de millones de personas del sur global de que algún día notarán ese acuerdo? Desde luego, los indígenas amazónicos dejaron claro que no se fían. Saben que muchas organizaciones locales que luchaban por preservar la naturaleza se han hundido desde el cierre de la agencia americana USAID, sobre todo en África, y nadie las ha sustituido. Las cuentas que ven que engordan siguen siendo de petroleras, de mineras y, como no, ahora de compañías que viven de lo intangible, esas tecnológicas de la información que están en las nubes pero viven de los recursos que se extraen de la tierra.
El día que acabó la cumbre del clima me fui a plantar árboles con el naturalista Joaquín Araújo. Rodeada de niños y gente joven, y no tan joven. Son habitantes de un municipio del cinturón metropolitano de Madrid con un objetivo mucho menos ambicioso que los de estos encuentros. Nada que ver con esa gran muralla verde africana de 8.000 kilómetros que, desde hace casi 20 años, se menciona en todas las cumbres y en la que apenas se han plantado unos miles de árboles por falta de inversión y por falta de interés. Esas familias solo quieren vivir en un mundo mejor, más verde, más sano y más justo. Su acción les unió por unas horas a la de los guardianes de la floresta que llenaron Belém de vida mientras dentro del complejo del vento ardían las paredes. Todo un símbolo de que hay que darle una vuelta a estas citas mundiales para que recobren su sentido. Se están quemando, y hay que encontrar como reciclarlas.
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