Opinión
Universidades y lucha de clase en Estados Unidos

Hay un cierto abuso mediático del concepto guerra cultural en lo que se atañe a la pesadilla yankee que nos acompaña en los últimos meses. No, aquello no es una guerra cultural; es una lucha de clases expresada a través de códigos culturales. No es nuevo: la simbología cultural popular lo es casi todo en la sociedad norteamericana. Si retrocedemos unos breves años, el alfil del primer presidente Donald Trump entre 2016 y 2020, Steve Bannon, vivía obsesionado con una batalla que fuera cultural antes que política. Hoy es directamente el vicepresidente James David Vance, llegado a la política desde la escritura de su popular opera prima Hillbilly Elegy, una memoria de una familia y una cultura en crisis. El objetivo era y es vencer al progresismo antes que al Partido Demócrata. ¿Cómo? En una sociedad fuertemente civil, autoestructurada, alcanzando la hegemonía ideológica como resultado del conflicto de ideas entre grupos sociales.
La clave de nuestro tiempo, por su carácter precario y agónico, es más que nunca la lucha por el dominio de los valores, creencias y prácticas sociales. Cierto. Pero como concepto, la guerra cultural no es una novedad. Significa lo mismo que el término alemán Kulturkampf —lucha cultural—, que se utilizó en el enfrentamiento entre grupos culturales y religiosos del Imperio alemán de Otto von Bismarck y de la Iglesia católica a finales del siglo XIX. No es casual que varios medios estadounidenses de aquel tiempo, como el Catholic Union and Times (Buffalo, New York), ya se hicieron eco de ese estallido de confrontación a través de las ideas que se vivía en la vieja Europa. Más adelante, los neoconservadores estadounidenses de los años 70 rescatarían el concepto, hartos de la eclosión política y cultural que se vivía en el país y que sería —dicen hoy los trumpistas— la semilla de la cultura woke que supuestamente hoy todo lo invade.
El renacer de esta cultura de ofensa a las ideas y a los valores, sin embargo, tiene más que ver con una endémica jerarquía entre unas pocas instituciones de élite y una gran mayoría desclasada y desatendida que odia profundamente a los agente que provocan su exclusión desde la propia nación. Porque de fronteras, las hay interestatales e internas, por razón de nación, de raza y de clase. Es contra este sistema desequilibrante que un cierto hombre común se entrega desbocado a la actual furia por el relato de los valores y las creencias.
Un campo de instituciones de élite que influye, y mucho, es el de las universidades americanas. Siendo una sociedad que adora las clasificaciones, existe una diversidad de “ligas” académicas que, ya por su símil deportivo, pone de relieve la voluntad de estratificación y jerarquía. Están las “Big Ten”, públicas y estatales; los Community Colleges, que hacen una labor de proximidad y sostén de las necesidades más básicas… y luego las universidades de la “Ivy League”. Son ni más ni menos que una Champions League aadémica, una agrupación de centros de élite que ha dado más presidentes de la nación que el resto de centenares de centros educativos. Harvard, Yale, Princeton, Columbia, Penn… Por la capacidad de influir en valores y costumbres sociales que tienen a lo largo de la vida, el combate cultural iniciado por el fascismo popular que gobierna el país ya no se juega en la televisión ni en los libros sino en las universidades. Por supuesto, una vez conquistado el terreno de las redes.
¿De dónde surge este movimiento anti-élite que deriva en reaccionarismo y odio a lo universal? ¿De dónde provienen las personas que lideran esta cruzada contra el supuesto liberalismo woke de las instituciones más prestigiosas del país? Para entender un poco mejor esta tensión inédita entre universidad y gobierno, tal vez nos ayude poner el foco en las historias personales.
Virginia Ann Foxx no es una influencer ni una empresaria de los Tech Giants de California que se han subido al barco de Trump después de décadas financiando al progresismo de toda índole. Foxx es una veterana congresita del Partido Republicano por el estado de Carolina del Norte. Nació hace 78 años en un zona pobre del barrio del Bronx, Nueva York, y no tuvo una casa con agua corriente hasta los 14 años. Trasladada de niña a Carolina del Norte, fue la primera persona de su familia en terminar la educación secundaria. Se licenció en 1968 por la Universidad Pública de Chapel Hill y se doctoró por la Universidad de Greensboro, también pública y del mismo Estado.
En su corta trayectoria académica, vivió los cimientos de la fragmentación social por motivo de segregación educativa, porque la desigualdad de clases lo es también educativa. Hoy y entonces. Ni el Caldwell Community College ni el Mayland Community College tenían nada que ver con la exclusiva Harvard que tanto detesta y que, en menos de una semana, ha tenido la fuerza de las élites de decir no al chantaje por motivos ideológicos ejercido por la administración Trump. Desde enero es, bajo la administración Trump, Presidenta del Comité de Reglas de la Cámara de Representates de los Estados Unidos. Decide y dirige las políticas de restricción académicas, entre otros asuntos.
No pretendo blanquear el nuevo fascismo McCarthista. Solo poner luz, a partir de mi vivencia personal durante más de cinco años en una de esas burbujas de élite (Upenn), a las oscuras razones del odio a lo universal y al otro que la gran potencia mundial ha emprendido como programa ideológico. La amenaza que sobrevuela en estos momentos obliga a las insituciones académicas, desde las más humildes a las más privilegiadas, a replantear su camino hacia la ejemplaridad civil y social. Una primera medida sería no empezar la casa por el tejado —imponiendo las grandes ideologías o tendencias culturales— sino por la base: las personas y sus condiciones de vida.
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