Opinión
'Sorda', la película que me gustaría que vieras

Por Leonor Cervantes
Graduada en Filosofía y Ciencias Políticas. Cofundadora de Filosofía en Los Bares
Mi género cinematográfico favorito es la discusión.
Como espectadora, no hay nada que disfrute tanto como una bronca bien construida. Me creo a los personajes cuando les veo achicando una inundación con un cubo de fregar. Como todos cuando estamos heridos, hacen alquimia y tergiversan a su antojo sus propias inseguridades. Juegan a la patata caliente con las palabras y a cada minuto se enfangan. Ver una batería de reproches es mi forma de catarsis. Empiezo a quererles justo ahí, también es cuando comienzan a picarme como un jersey de lana. Me recuerdan lo ridícula que soy cuando me amedrento y me cargo de leyes. También que soy más rápida con rabia. Adoro la clarividencia que acompaña al hartazgo. Una nunca concentra tanta lucidez como la primera vez que piensa en mandar todo a tomar por saco. En ese fogonazo de indiferencia se es verdaderamente inteligente, también despiadada.
Por eso cuando vi la escena de la discusión en Sorda, la ópera prima de Eva Libertad, supe que esta película pasaría directa a mi hemeroteca personal.
Sorda cuenta la historia de Ángela (Miriam Garlo), una ceramista que está a punto de convertirse en madre junto a Héctor (Álvaro Cervantes), su pareja. La película nos sitúa en su vida tranquila en la huerta murciana. Abro un pequeño paréntesis para celebrar que el film no escoja como escenario ni Madrid ni Barcelona. Esto, en palabras de la directora, era una de sus condiciones sine qua non para rodar la película, aunque le costó algunas conversaciones con producción.
Ángela y Héctor están manifiestamente enamorados, y que ella sea sorda y él oyente no plantea ningún problema. Desde el principio me caen bien. Tienen complicidad, se meten el uno con el otro cuando tantean nombres para su criatura y, dicho sea de paso, los dos son tremendamente sexys. En un momento de la película Ángela llega a casa y pilla a Héctor escuchando música (Neskaren kanta de Verde Prato, la única canción que aparece en el film). Ella le pregunta por la letra de la canción y él se la canta moviendo exageradamente los labios, para que ella pueda leérselos. Bailan hasta que termina el tema. Durante esa escena tuve que apartar la mirada de la pantalla. Lo hice por la incomodidad que me producía ver a dos personas tan acarameladas. Me sentía una verdadera voyeur. Precisamente por esto me gustan y me los creo. Porque me generan vergüenza, que es exactamente lo que tienen que provocar dos personas enamoradas.
La paz dura lo que tarda en aparecer la siguiente pregunta: ¿será sorda la niña que esperan? No se puede saber hasta después del parto y, una vez que éste sucede, la prueba tampoco atina. El gesto fundacional de la debacle (toda la película está narrada a golpe de sutileza) llega cuando Ángela está a punto de meterse en la ducha y ve, a través de la puerta entreabierta del baño, cómo Héctor hace chasquidos a un lado y a otro de las orejas de la pequeña Ona, estudiando su reacción. Una vez más, el diablo estaba en los detalles.
Me resulta pegajoso y narcisista cuando, al comentar una película protagonizada por un colectivo discriminado, los que no formamos parte de él llegamos a la conclusión de que “en el fondo la película muestra que todos somos iguales, es decir, personas”. Si todos tenemos los mismos desafíos, nadie tiene unos retos concretos, ni tampoco unas condiciones de vida más duras. Está claro que Sorda retrata las dificultades particulares de las personas sordas en un mundo pensado para y por oyentes. Solo hace falta reparar en el cortometraje de terror que es la escena del parto. Sin embargo, la película no orbita entorno a la sordera de Ángela. Su encuentro con la maternidad, el desacompasamiento en su relación de pareja, el vínculo con sus amigos o la relación con sus padres son tramas igualmente protagónicas.
En la escena de la discusión, Ángela le echa en cara a Héctor que ella “solo ha sido la sorda que le ha dado un toque mágico a su vida”. Zasca, guantazo a mano abierta. Se atreve a restregar lo que todos hemos fantaseado con preguntar alguna vez: ¿te gusto tanto como para desear vivir como yo lo hago?
Ángela se resiste a ser un aderezo de la vida de Héctor, una ruptura puntual de la cotidianidad dominante. Desde que la bebé llegó a casa, Ángela cree haberle visto las orejas al lobo: te encanta que me bañe en tu lago, pero no te hace gracia que lo tiña.
Me da igual reconocerme a mí misma en las películas que veo. El arte no va de que me cuenten mi propia vida con estilo. No obstante, sí que hay algo de la historia de Ángela que me interpela. No soy ni sorda, ni madre; pero me veo en su pánico a quedar fuera de las complicidades de su entorno. Comprendo el miedo a que otros, supuestamente más afines, te tomen la delantera. A lo largo de la película Ángela se pregunta continuamente si será capaz de hablar el lenguaje de su hija y, si algún día, ella hablará el suyo. Esta no es mi pregunta. Pero sé cuántos demonios vienen a revolotearte cuando ves a otros conversar, más y mejor que tú, con la persona que amas.
La relación de Ángela con Héctor me resulta interesante, la que tiene con sus amigos hermosa; pero la que verdaderamente me seduce es la que guarda con sus padres. La madre de Ángela (Elena Irureta) y su padre (Joaquín Notario) son tan bienintencionados como torpes, y lo demuestran a lo largo de toda la película. El pescado está vendido cuando, sin que les hayamos visto por primera vez las caras, escuchamos a Héctor recibirles en la entrada de la casa, hablando a voces con ellos. Ángela los observa desde la ventana, incapaz de participar en esa bienvenida.
Solo existe una cama más punzante que la de un faquir: irte a dormir sabiendo que tu novio le cae mejor a tu madre que tú misma. Añádele a esto el remate final, que tu novio pueda escuchar a tu madre y tú no. Por suerte Ángela es veloz y no hay quien le haga la cama. Tiene a todo el mundo calado, mucho mejor de lo que se tiene pillada a ella misma. En esa comida su madre le comenta que la nota tranquila y ella le responde frontal: “Eres tú la que está tranquila, tú estás tranquila porque yo estoy con Héctor. Por fin un oyente.”
En las entrevistas, Eva Libertad ha comentado que no fueron pocos los que le advirtieron de que el personaje de Ángela caía mal. No tengo nada en contra de los personajes antipáticos, les quiero tanto como a los imbéciles a los que beso en mi día a día; pero para mí Ángela está lejos de pertenecer a esa categoría.
La película nos muestra a una mujer que no es buena todo el rato y que surfea la ola como puede, que es como lo hacemos todas. No es un ejemplo de superación continuo, ni tampoco una pusilánime. Está celosa, está resentida, pero sobre todo está asustada. Tiene momentos de genial indiferencia que rozan la crueldad; como cuando la pequeña Ona dice su primera palabra, pero no la dice en lengua de signos. También es inteligente y tierna. Me gusta no poder compadecerla porque la veo capaz y responsable en todo momento. No le tengo lástima. La quiero. Es una buena persona intentando lidiar con una sobrevenida mezquindad, nadie así puede caerme mal.

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