Opinión
El siglo XXI ya no 'fa l'americano'
Por Pablo Batalla
Periodista
-Actualizado a
Primero echaban Punky Brewster, luego los California Dreams y luego Las gemelas de Sweet Valley. Después venía Padres forzosos y luego el Príncipe de Bel Air. He ido a comprobarlo a una hemeroteca digital, a la página de la programación de la tele en un periódico de 1999, y confirmé que recordaba la escaleta exacta de las mañanas de la 3. Tiene papeletas para ser uno de esos fútiles recuerdos de la infancia que conserve el anciano senil que tal vez seré algún día, aun cuando haya olvidado hasta el nombre de sus hijos. La mía (nací en 1987) es por excelencia la generación de la tele. La generación anterior no podía verla tanto como la vimos nosotros: carta de ajuste, solo una cadena, etcétera. Yo ya me crie con las privadas y sus veinticuatro horas de emisión ininterrumpida; mis hermanos pequeños, con Cartoon Network y otras cadenas exclusivamente infantiles de la televisión por cable. En cuanto a la siguiente generación, es muy audiovisual, más aún que la nuestra, pero ya no ve solo, ni principalmente la tele, sino TikTok, YouTube, etcétera. Solo nosotros hemos sido denodadamente televisuales. Y lo que en nuestros televisores nos encontrábamos cuando los encendíamos era mayoritariamente estadounidense.
Posiblemente seamos recordados en el futuro como la generación más americanizada de la historia; la que —en los unipolares noventa —vivió el peak de la hegemonía cultural del Imperio washingtoniano. La anterior, desde luego, ya hacía con ganas l’americano: la célebre canción en la que Renato Carosone satiriza a los amantes del whisky con soda y el rock’n’roll es de 1954. Pero el peso de lo nacional y de lo proveniente de otros países en el conjunto de su consumo cultural era mayor que entre nosotros. Las mañanas infantiles que yo dedicaba a enlazar series protagonizadas por habitantes de adosados con jardín y estudiantes de highschools con taquillas y juramentos de la bandera, mi padre las había dedicado a leer los tebeos de El Capitán Trueno y El Jabato (o a jugar en la calle). Nuestros hijos las dedican a ver vídeos de streamers latinoamericanos, hasta el punto de haber ido llenando su argot de hispanoamericanismos. Internet y las plataformas han pluralizado de manera considerable la procedencia del entretenimiento audiovisual. Del mismo modo que Élite, La casa de papel o Vis a vis triunfan fuera de España a través de Netflix, nosotros maratoneamos aquí El juego del calamar (surcoreana), Borgen (danesa), Mar de fondo (belga), Tribus de Europa (alemana)…
También se ha desgringuizado un tanto la música. Nuestras minicadenas pinchaban cedés anglosajones; pero nuestros hijos, por sus auriculares, escuchan a Daddy Yankee, a Bad Gyal, a Bad Bunny, a Calderón, a Quevedo. O a Måneskin: italianos encumbrados por un festival, el de Eurovisión, que gustaba a nuestros padres, que a través de él habían conocido y se habían entusiasmado también con cantantes y bandas europeos, pero a nosotros nos parecía rancio. Los hijos del siglo XXI lo han resignificado y sí lo siguen con seria devoción. A veces hay una especie de efecto sándwich entre generaciones: los nietos matan al padre y se parecen a los abuelos. Han vuelto Eurovisión, el Festival de Benidorm, una especie de OTI. Honor, por cierto, al pionero de esta victoria terrestre de lo latino: don Julio Iglesias, de quien ahora publica una divertida biografía Ignacio Peyró.
Sí: nosotros también veíamos series japonesas, y nuestro mainstream también abarcaba a Eros Ramazzotti o Laura Pausini. Pero la armazón de nuestro mundo, las fotos de nuestras carpetas, eran yanquis a machamartillo. Fuimos los que empezamos a celebrar Halloween, aunque fuera de manera irónica, en fiestas de discoteca y así; fuimos los que empezamos a recibir sus regalos de Papá Noel en lugar de entregárnoslos los Reyes de Oriente. Y uno piensa que tal vez el trumpismo se derive un poquito de eso; que el Make America Great Again también eche de menos la época en que yo me levantaba, prendía la tele —con la mano— y empezaba la mañana en casa de Punky Brewster, y la acababa en la de los Tanner.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.