Opinión
Contra la idea de que la juventud se ha vuelto facha

Por Miquel Ramos
Periodista
-Actualizado a
Uno de los temas de moda en reportajes y tertulias estos últimos meses es el supuesto viraje de la juventud hacia la derecha. Se ha instalado el mantra de que los jóvenes se han vuelto unos reaccionarios, y de que la extrema derecha está conquistando sus corazones. Varias encuestas apuntalan este relato teniendo en cuenta su intención de voto, su opinión sobre la democracia y su supuesta aceptación de un régimen autoritario si es necesario. También las redes sociales amplifican esta idea, inundadas de productos de la batalla cultural de la derecha, llegando con mayor facilidad a quienes más tiempo pasan en ellas.
Es innegable que esta disputa por el sentido común que está llevando a cabo la extrema derecha por todos los medios está logrando una progresiva normalización de sus ideas. Pero es del todo injusto mirar solo hacia los más jóvenes, porque no han sido ellos los primeros ni los únicos destinatarios de toda esta chatarra reaccionaria. A pesar de que existan artefactos dirigidos intencionadamente hacia los jóvenes, estos no son ajenos a lo que sucede fuera de su generación. Observan, analizan e interpretan el mundo de los adultos, y se hacen muchas preguntas para las que no ha habido respuestas a la altura.
Otro de los termómetros que sirve para reforzar esta idea es la normalidad con la que determinados prejuicios, gestos u odios se expresan en las aulas. Amigos y amigas que trabajan en la enseñanza confiesan su tristeza y su estupor, y a veces incluso miedo, ante la vehemencia con la que algunos alumnos, principalmente hombres, manifiestan determinadas actitudes. Muchos no saben cómo enfrentar estas situaciones, cómo desactivar esta exaltación fascista que algunos, en realidad, tan solo hacen por reivindicarse irreverentes, políticamente incorrectos. Porque alguien les ha hecho creer que el ‘sistema’ es comunista, feminista y todo lo que cabe en la carcasa de lo ‘woke’, esto es, una imposición de una diversidad antinatural e interesada para marginar al hombre blanco heterosexual. Vender el disfraz de rebelde a quien se opone a ello ha sido uno de los éxitos de los ultraderechistas, y un anzuelo en el que han picado no pocos periodistas, cuando dicen que la derecha es ‘el nuevo punk’, regalándoles imprudentemente el marco y la palabra.
Estos últimos meses también ha dado la impresión de que la extrema derecha se había adueñado de las calles. La gira del agitador ultraderechista Vito Quiles por las universidades, las manifestaciones falangistas o las performances neonazis han tenido un foco mediático inédito, del que no han gozado nunca los numerosos movimientos sociales que reúnen a muchísima más gente en sus actos o que proponen soluciones constructivas y no excluyentes a los problemas estructurales. La puesta en escena que llevan haciendo los ultras es tan solo una campaña de exhibición testosterónica donde el contenido es lo de menos. Pero es suficiente para llamar la atención de los medios y tener promoción gratis.
Esta pasada semana, coincidiendo con el 50 aniversario de la muerte de Franco, el debate sobre el fascismo, los jóvenes y el futuro se volvió a colar en la actualidad. Una semana repleta de actos, algunos de ellos reivindicando al dictador y su legado, y otros apuntalando el relato institucional de los supuestos 50 años de democracia. Lo que no ha tenido tanta repercusión en los medios, ni siquiera en muchos de los que se empeñan en amplificar cada acto fascista, es la multitud de convocatorias antifascistas que han tenido lugar esta misma semana en todo el país. Multitudinarias manifestaciones en Bilbao, en Madrid, en Zaragoza, Valladolid o Girona, y decenas de actos en muchas otras ciudades, todos repletos de jóvenes, desmontando la extendida idea de la juventud facha.
Los jóvenes tienen interés por la política, a pesar de que algunos traten de reducir esta afición a su simpatía por partidos e instituciones. Hay mucha más política más allá del partido, y es ahí donde encontramos a una juventud mucho más motivada e implicada, pero donde no suelen poner el foco muchos medios, más dados a tirar de encuesta que a bajar a la asamblea del barrio a echar un ojo y preguntar. Hay otras mirillas por las que observar cómo se desarrolla la vida social de la juventud, donde escucharla e interpretarla, a pesar del sensacionalismo instalado en los medios que refuerzan insistentemente la idea de la juventud reaccionaria. Es nuestro deber como periodistas, pero también como sociedad, dejar de hacer grandes a los fascistas. Siempre estuvieron ahí, pero ahora quizás tienen menos vergüenza de mostrarse porque han sido aceptados en el juego democrático. Si habláramos más de esos jóvenes organizados y activos en el feminismo, el antirracismo, en la lucha contra el cambio climático o en el antifascismo, quizás arrastraríamos a muchos más hacia ellos que hacia el fascismo, repitiendo el falso mito de que se ha puesto de moda ser facha.
Hay a quien le interesa que la extrema derecha esté constantemente en el foco y que haya miedo, pues entiende que puede sacar provecho presentándose como seguro y refugio ante ella. Estos cálculos perversos no pueden arrastrar a los demás hacia el ninguneo de las alternativas existentes, negarles el foco y generar todavía más ansiedad. Debemos revindicar el futuro que siempre defendimos, lejos de sus distopías y sus odios, e insistir en que somos muchos más. No dejemos que el miedo y el fascismo venzan también en el imaginario colectivo. Ni son tantos, ni son mejores. Hay un mundo mucho mejor ahí fuera. Solo hay que prestar atención y hablar de ello.
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