Opinión
Gaza y el espejismo europeo

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
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Se ha cumplido este año, el pasado 15 de mayo, los 77 años de la Nakba, el desplazamiento forzoso de miles de palestinos como consecuencia de la creación del Estado de Israel, creado un día antes, el 14 de mayo de 1948. Entonces comenzó un conflicto que ya dura décadas, que continúa sin resolverse y que ha atravesado por distintas fases, unas más violentas como las dos Intifadas (1987-1993, 2000-2005), otras más esperanzadoras como fueron en su día los Acuerdos de Oslo. En este momento, sin embargo, parece que este conflicto colonial no resuelto se aproxima hacia su Solución Final tal y como lo está planteando de manera cruda y sin retórica vacía el gobierno de Tel Aviv. Una fase que comenzó hace ya casi 600 días con sus 600 noches, desde el siete de octubre de 2023; casi 20 de meses desde que el horror más salvaje se instaló en territorio gazatí. Fue entonces cuando las autoridades israelíes vieron en los terribles y sangrientos atentados realizados por Hamas una ventana de oportunidad que les permitiría alcanzar el sueño del establecimiento de un estado judío sobre la Palestina histórica.
Israel es producto del orden internacional multilateral surgido de la Segunda Guerra Mundial y de los desastres provocados por ésta. Sin embargo, desde su creación y hasta la fecha, es posible afirmar que el estado de Israel sólo ha cumplido con una de las resoluciones de Naciones Unidas, la de la propia creación de su Estado. De hecho, durante los últimos meses casi no hemos escuchado otra cosa que llamar antisemitas y otras lindezas a la propia organización que creó el Estado que hoy asesina niños en tiendas de campaña y a sus líderes. Las actuales autoridades de Israel hacen equivaler cualquier crítica o ataque a las acciones de sus fuerzas armadas sobre el territorio de Gaza, de Cisjordania, Líbano o cualquier otro colindante como muestras de una deriva antisemita y, por tanto, un ataque contra su propia existencia. Los líderes políticos israelíes operan en estos días sobre la base de un populismo ultranacionalista que quiere utilizar, y así lo hace, una trágica memoria histórica para cohesionar a los suyos y para poder reactivar unas alianzas, que cada vez son menos, en torno a la victimización del pueblo judío. Y si bien han perdido mucho apoyo, especialmente entre las opiniones públicas globales, no lo han hecho, de momento, entre los liderazgos políticos.
Israel ha tenido la virtud a lo largo de estos más de setenta años de existencia de poder ir construyendo un complejo militar-industrial-tecnológico puntero que se ha hecho imprescindible para la mayor parte de sus socios y aliados occidentales. El entramado económico-comercial que ha operado ha sido posible, por supuesto, gracias al apoyo incondicional de las antiguas fuerzas coloniales europeas, así como de su aliado incondicional, el hegemón global, EEUU. De este modo, ha construido un vínculo casi indestructible, gracias a dos nudos gordianos esenciales: los vínculos provocados por la culpa, y los comerciales a través fundamentalmente de la industria armamentística de toda naturaleza. Además, esto, junto con el título de única democracia de Oriente Medio, le ha convertido en un actor imprescindible en el mantenimiento de la estabilidad regional.
Por su lado, los países europeos han operado con Israel en términos de laissez-faire. Siempre con tímidas, ponderadas y equitativas respuestas ante los acontecimientos que se iban desarrollando en torno a la cuestión palestina. Como si de un niño mimado se tratara, europeos y estadounidenses han consentido a Israel lo que no han hecho con ningún otro país; y como cualquier niño mimado y malcriado este se ha terminado por convertir en un monstruo.
Si nunca se le exigió el cumplimiento de las resoluciones de Naciones Unidas, empezando por la 194 de 1948 y el derecho de los refugiados palestinos a regresar a sus hogares, ni la 242 de 1967 con la retirada israelí de Cisjordania, Gaza y los Altos del Golán, ni la 2334 de 2016 que tacha de ilegales los asentamientos israelíes en territorios palestinos ocupados… ¿por qué iba a hacer caso ahora de las llamadas de la comunidad internacional al cumplimiento del derecho internacional? Justo ahora que el orden multilateral se resquebraja y donde el uso de la fuerza vuelve a tomar la palabra sin complejos ni maquillajes, es el momento de operar como el monstruo en el que se ha convertido.
A nadie debería sorprender a estas alturas que los “padres” que malcriaron a su hijo, que nunca le pusieron límites, puedan frenar en seco las acciones que éste ahora despliega imitando las atrocidades que hicieron posible su propio nacimiento. Su incapacidad, la de los europeos, pone además en tela de juicio unos principios que dicen defender a toda costa. Unos principios que dicen ser la defensa de la paz, del Estado de Derecho, la democracia y los Derechos Humanos, que sólo sirven para dar carta de naturaleza y avanzar una política de rearme que, como plantean hábilmente, permita defenderlos de sus enemigos.
La cara de sorpresa de todos va a ser mayúscula cuando descubramos que la “defensa del modo de vida europeo” con Gaza a las puertas de Europa, ya no equivale a la defensa de los Derechos Humanos. Cuando nos demos cuenta de que se está construyendo un nuevo europeísmo en donde los Derechos Humanos son prescindibles y donde la identidad se articula sobre los pilares del militarismo, la securitización y la necropolítica, precisamente los ejes sobre los que mejor operan y más crecen las opciones políticas reaccionarias. Entonces y solo entonces nos daremos cuenta de que ya no quedará nada por defender, nada al menos que haga distintos a los europeos de los rusos, los chinos o los estadounidenses o simplemente, quizás, no seamos tan distintos ya y solo estemos viviendo un espejismo.
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