Opinión
Fraga y Felipe, gigantes y cabezudos

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
No hay duda de que Felipe González es una de las mayores cabezas políticas que ha dado este país. Primero estaba la cabeza de Fraga, luego la de Felipe y para de contar. Por aquellos años, allá en los ochenta, la Transición sólo podía hacerse transbordando de cabeza a cabeza, como cruzando un río sobre cocodrilos. En esas agitadas aguas parecía que Fraga y Felipe estuvieran en barcazas ideológicas opuestas, pero en el caso de Felipe, la izquierda sólo era una ilusión óptica. Al final, el tiempo lo va poniendo todo en su sitio y ahora vemos que ambos andan ahí, ahí —entre Pinochet en Chile y entre el Chile de Pinochet—, uno difunto y el otro prácticamente cadáver, uno de esos solemnes y póstumos cadáveres políticos —el Duque de Osuna, el Conde-Duque de Olivares, Manuel de Godoy, Francisco Franco, Manuel Fraga— con los que se va forjando la historia de España.
Fue en el plató de El Hormiguero donde Felipe González evocó el vínculo espiritual y cerebral que mantiene con Fraga mediante una frase que refleja su modestia todoterreno: “Es la primera vez que el mundo no me cabe en la cabeza”. A Fraga lo que le cabía en la cabeza era el Estado, un elogio superlativo lanzado en su día precisamente por Felipe González. Lo que venía a decir Felipe era que su gran rival político poseía un intelecto fuera de serie, un cráneo tan bien amueblado que le entraban perfectamente todos los ministerios y administraciones públicas, y aun le sobraba sitio para un desfile de gaiteros. Sin embargo, fíjate tú, lo que no le cabía en la cabeza a Fraga era la utilidad del condón, la igualdad de género o los derechos de los homosexuales. “Ya tenemos bastantes maricones en España” dijo en 1962, un lema que al poco tiempo pasó a la clandestinidad, pero que últimamente está otra vez de moda.
Más erudito y amplio de meninges que su admirado don Manuel, a Felipe González en la cabeza le cabe el mundo, el Estado y el propio Manuel Fraga. La verdad es que el mundo más bien le cabía porque —como admitió ante otra sesera privilegiada, Pablo Motos—, a estas alturas, del mundo él ya no entiende nada de nada. Ni el PSOE, que casi está a punto de ser de izquierdas; ni Pedro Sánchez, que no acaba de suicidarse según sus instrucciones; ni la falta de explicaciones al apagón, momento en el que demostró que él habría arreglado la avería sin más ayuda que un sillón, un enchufe y unas tenazas. Más preocupante todavía es su desconocimiento de lo que nos puede deparar el futuro: “Nadie sabe lo que va a pasar mañana” dijo. “Ni en España, ni en Europa, ni en ningún sitio. Nadie puede prever lo que va a pasar”. En la NASA, en el MIT y en la casa de apuestas Peláez están acojonados, porque antes le preguntaban a Felipe cuándo colonizarían Marte, qué pandemia se avecinaba o quién iba a ganar el sábado en Balaídos y el tío siempre acertaba de lleno. Ahora no tiene ni papa.
En fin, peor aún fue cuando Motos, en un alarde intelectual sin precedentes, le preguntó si los chinos iban a ser los dueños del mundo. “Espero que no”, soltó Felipe de inmediato, “porque si tenemos que depender de los chinos…”. Y se quedó vacilando entre puntos suspensivos, como advirtiendo que tampoco iba a haber mucha diferencia entre un tebeo de Fu Manchú y una posible hegemonía china. El vaticinio es aterrador, sobre todo cuando uno cae en la cuenta de que lo dice un expresidente que no sólo es el jarrón chino por antonomasia, sino que cada vez se parece más a Mao Tse-Tung embalsamado.
A Felipe lo invitan de vez en cuando a El Hormiguero, que es de los pocos sitios donde aún hacen tertulia política en este país, aunque no se entiende que no lo contraten de tertuliano fijo en Horizonte, ese laboratorio de ideas donde Iker Jiménez no para de esclarecer misterios y donde Felipe podría desvelar muchas cosas sobre víctimas enterradas en cal viva y sobre quién demonios sería el señor X. Otros invitados acuden al programa de Pablo Motos a comentar sus recetas de anchoas (si se apellidan Revilla), a promocionar su último libro (si se llaman Pérez-Reverte) o a que Pablo Motos les toque el culo (si son cantantes o actrices lo bastante macizas). Felipe González va a El Hormiguero a lucir su pasado de chaqueta de pana y su presente de multimillonario disfrazado de electricista en paro. Cualquier día lo llevan de invitado a Las Kardashian.
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