Opinión
El feminismo, ¿no se ha quedado demasiado corto?
Filósofo, escritor y ensayista
Hace unos días estuve dando una charla a alumnos de primero de bachillerato en un IES de la periferia de Madrid. La primera parte de la sesión, entre teórica y poética, no generó apenas ninguna reacción por parte de los oyentes; la segunda, en cambio, despertó una cierta locuacidad cuando se abordó la cuestión de la identidad y, enseguida, la del feminismo. La composición del alumnado era, como es frecuente en nuestra escuela pública, multicultural: había españoles de distintos orígenes, incluidos, claro, numerosos latinoamericanos y marroquíes. Hablaron, sobre todo, dos chicas y cuatro chicos, todos en términos muy críticos. Las chicas, de origen marroquí, se mostraron muy duras con la islamofobia: "Me dicen que me vaya a mi país cuando yo soy española” y con lo que llamaban el “feminismo blanco”, que las juzga incapaces de decidir libremente sobre sus opciones indumentarias: “Se nos considera libres si decidimos llevar escote pero no si queremos llevar velo”.
En cuanto a los chicos, su crítica al feminismo reproducía todos los clichés que explota la ultraderecha y que ellos mismos reconocían haber recogido en TikTok o en canales de YouTube. “El feminismo no quiere la igualdad”, “las mujeres quieren ser superiores”, “las mujeres tienen ahora muchos más derechos que los hombres”, “los jueces entregan siempre a los hijos en custodia a las madres” y, por supuesto, “el feminismo dice que todos los hombres somos violadores” y “los hombres están asustados porque se ha suprimido la presunción de inocencia”. La verdad es que era difícil mirarlos y escucharlos (a ellas y a ellos) sin sentir una ternura irreprimible frente a tanta seriedad y vulnerabilidad adolescentes. Según el testimonio de sus profesoras, estos alumnos varones no eran ni fachas ni tontos; de hecho, los describían como los más perspicaces y curiosos de su clase; eran, por así decirlo, sus alumnos favoritos. Insistían, aún más, en que eran muy buenos chicos y en que sus relaciones con las compañeras eran excelentes; y apuntaban una idea a mis ojos interesante: la de una disociación entre los discursos, claramente antifeministas, y las prácticas, mucho menos machistas —aseguraban— que las que ellas recordaban de su propia experiencia escolar de veinte años atrás.
No sé si esta observación puede o no extrapolarse a otros centros educativos, pero describe de manera verosímil el período de transición regresiva en que nos encontramos. Me explico. En los años 80 del siglo pasado, cuando el feminismo empujaba desde las instituciones y desde los movimientos e iba poco a poco fecundando el sentido común general, los datos sociológicos revelaban una disonancia inversa: en las encuestas los adolescentes, preguntados por la homosexualidad, la libertad sexual o los celos, respondían lo que se esperaba de ellos mientras que, en sus relaciones cotidianas, seguían mostrándose homófobos, controladores y machistas. Al comenzar el siglo XXI, a contrapelo de su historia, España se había convertido en uno de los países más tolerantes y solidarios, menos machistas y menos homófobos del mundo.
Hoy, según hemos visto en recientes sondeos de opinión, una mayoría de los jóvenes de 16 y 17 años piensa de la misma manera que los alumnos arriba citados y reprochan al feminismo “haber ido demasiado lejos”. Aún más: según un estudio de Ipsos, eso es lo que cree el 52% de los encuestados (el 60% de los hombres y el 43% de las mujeres), dato sólo en apariencia contradictorio con el hecho de que hasta el 75% juzgue la igualdad entre los géneros un valor fundamental. España sigue siendo, por lo demás, el país de Europa en el que más ciudadanos se declaran feministas, un poco más de la mitad (el 51%), pero solo después de haber perdido cuatro puntos en el último año, y con una diferencia notable entre los hombres (44%) y las mujeres (58%), cuyo apoyo al feminismo, sin embargo, también se ha ido reduciendo. La mayor parte de los chicos que se alejan del feminismo, hay que decirlo, no son de ultraderecha; aunque su discurso a veces replique el de Vox, su comportamiento va por detrás de su discurso, es más antiguo, repite en el cuerpo, si se quiere, el eco de esas conquistas realizadas en las últimas décadas y que estamos quizás a punto de perder. Que los discursos vayan por delante de las prácticas constituye en este caso un asidero de esperanza: el antifeminismo verbal de estos chavales no es inmediatamente, o no de manera mayoritaria, machismo en acción. Ahora bien, que los discursos se anticipen y acaben determinando las conductas, y sin duda su futuro primer voto, obliga a mostrarse inquietos o netamente pesimistas.
Porque hoy, al contrario de lo que ocurría en los años 80 del siglo pasado, ni las instituciones ni los movimientos son los dueños de los discursos. Las propias profesoras con las que hablé lo confirmaban: el problema es que los chicos no se forman en las escuelas, desprovistas, por tanto, de la capacidad de neutralizar los imaginarios hegemónicos que se construyen fuera, en las redes y en los móviles. Aún más: las escuelas ni siquiera son contempladas ya como depositarias de un saber deseable o al menos autorizado. Todos los adolescentes de todas las épocas se han rebelado contra sus maestros porque eran viejos, ridículos y severos; y en general muy aburridos; todos han cuestionado, en consecuencia, la autoridad de su poder, pero no la autoridad de su saber. Esto es lo nuevo y lo decisivo.
Siempre han existido felizmente los mundos paralelos, en los que los alumnos, escondidos detrás de un seto o en un rincón del patio, ponían motes a sus profesores y conspiraban contra ellos. Pero en la actualidad ese mundo paralelo, que siempre va asociado a la excitación y a la vida, privado ahora de espacio físico, se ha quedado no solo con el poder sino también con el saber que antes monopolizaba la escuela. A los 16 años, todo saber apetecible, es verdad, se aprende en otra parte; lo novedoso es que eso ocurre ahora también con el saber “autorizado”, al que se accede por la vía digital, sin cuerpo, en la soledad de las pantallas, donde todo es al mismo tiempo posible, incontrastable y postverdadero. Según el informe Desinformación y discursos de odio en el entorno digital, publicado hace unos meses por Save The Children, el 60% de los adolescentes mayores de 14 años se informan de lo que pasa en el mundo a través de las redes sociales; ni en la escuela ni, por supuesto, en los medios tradicionales (diarios, radio o televisión). La escuela, pues, está hoy llena de cuerpos, como en todas las épocas, pero vacía de influencia. De hecho, los cuerpos ya sólo existen allí, visibles e indefensos como siempre, crepitantes de miedos y deseos, y se reclama a los maestros y profesores que se hagan cargo de ellos; que ejerzan de enfermeros, terapeutas y policías. Sus almas, en cambio, las damos por perdidas. En este contexto, es imposible no admirar a los docentes cansados que no se rinden; y es imposible no compadecer a los adolescentes rebeldes que ni siquiera pueden odiar a sus docentes.
Los chicos y chicas de la periferia madrileña que criticaban el feminismo lo hacían con convicción y con dolor. Por mucho que nos disguste reconocerlo, lo que demuestra esta “disonancia inversa”, expresada también en las encuestas, es que el feminismo ha dejado de vivirse como un sentido común de época para convertirse, a los ojos de una mayoría, en una “ideología”. Los necesitamos más que nunca, pero los feminismos, por desgracia, ya no van ganando. Es una tontería decir que ello se debe a que han ido “demasiado lejos”. Se debe más bien a lo contrario: a que no han sabido o podido llegar tan lejos como hubieran debido. Algunas de sus propuestas, sí, se han quedado cortas: el feminismo en la actualidad hegemónico (ese que muchos españoles viven ya como una “ideología”) ha dejado fuera, en efecto, a los hombres, al colectivo trans, a los adolescentes, a las trabajadoras sexuales, a las musulmanas y, en general, a los sectores socialmente más vulnerables. Han dejado fuera, como un nuevo “izquierdismo”, las críticas, las disidencias, los debates, la pluralidad. La reciente ola reaccionaria no es una “respuesta”, claro que no, a los “excesos” del feminismo, pero los feminismos deberían tener una buena respuesta, integradora y transversal, a los excesos del pensamiento reaccionario. ¿Es legítimo preguntarse si la que se está dando es la mejor? ¿No habrá que escuchar y responder a esos muchachos antes de que voten a Vox en las próximas elecciones? ¿No habrá que defender con más tino la libertad, con menos ambigüedad a los colectivos más vulnerables, con más energía el Derecho y sus garantías igualitarias? No son los feminismos los que van perdiendo, no; somos todos.
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