Opinión
Deberían darnos las gracias, señores, por no quemarlo todo

Periodista y escritora
-Actualizado a
Te crees que lo sabes, y la verdad es que no, o al menos no del todo. Te crees que sabes que el hecho de ser una mujer te somete a una vida completamente distinta que la de los hombres, más violenta, mucho más difícil, incalculablemente peor. Te crees que eres consciente de ello a fuerza de decirlo, leerlo, escribirlo, manifestarlo, porque llevamos ya mucho tiempo… Pero no.
No eres del todo consciente hasta que un día te pasa como con el feminismo, que te pones las gafas, que recibes ese “golpe en la cabeza” del que habla Lucia Lijtmaer, y lo ves con una claridad meridiana. Todo aquello de la igualdad de oportunidades era mentira. Todo aquello de que tenemos los mismos derechos no es más que una patraña, o en el mejor de los casos un deseo lejano. En serio, un día te das cuenta, y entonces, ¿qué? Entonces piensas: ¿Qué hacemos? ¿Qué quemamos? ¿Cómo se sale de esto? Es más: ¿se sale?
El momento en el que caes del guindo carga un disparo de rabia, una bala de desánimo y un fondo de humor negro. De pronto, todas esas afirmaciones idiotas de que “el feminismo ha ido demasiado lejos” o de que las feministas estigmatizamos a los hombres, esa idea podrida del “Not all men” te provocan una carcajada que es amarga y también gozosa. Amarga porque sabes que queda tanto camino por recorrer que lo que tú llevas andado son cuatro pasos, y que no tiene fin. Un camino sin fin no es un camino, y prefiero no ponerle nombre. Pero también es la carcajada feliz de quien por fin se da cuenta de una falsedad, descubre la trampa, y sabe que ya será así para siempre, que algo dentro ha cambiado y no volverá a ser igual, de la misma manera que, una vez te pones las “gafas moradas” ya no hay vuelta atrás.
Entonces llegan las preguntas: ¿Y ahora qué? ¿Qué hago? ¿Cómo digiero este nuevo estado de las cosas? ¿Cómo lo cuento? ¿Cuántas más hay como yo? ¿Cómo las localizo? No es fácil asumir ese nuevo lugar en el mundo, exige una nueva forma de ocupar tanto el espacio público como la construcción de los pequeños ámbitos privados. No es fácil descubrir que te han tomado el pelo, te han vendido una moto y la has comprado con una confianza que no sabes de dónde sale, una confianza a la que yo, personalmente, le patearía la cabeza en caso de encontrársela.

Y con las preguntas, llega además una convicción: Deberían darnos las gracias, señores. Deberían darnos las gracias por no lanzarnos a quemarlo todo, porque tenemos sobradas razones para ello. Deberían darnos las gracias, señores, porque nuestra respuesta a tanta, tantísima violencia podría ser violenta, por supuesto que podría, y no es violenta. De nada.
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