Opinión
La Cumbre del Clima #COP29: ¿un horizonte baldío?

Mientras miles de científicos se reúnen en la Cumbre del Clima COP29, presentando informes que nos alertan, casi nos gritan a la cara, que reaccionemos contra lo que estamos haciendo al planeta, el presidente anfitrión de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, defendía que el petróleo y el gas son “un regalo de Dios” que la gente necesita. La frase, por sí sola, nos sitúa en el momento que estamos viviendo. Amenazas de muerte a científicos que divulgan el cambio climático, una plaga de bulos y mentiras organizada que usa las redes sociales para manipular, elecciones que ganan negacionistas (palabra que no significa más que negar la realidad), muertes y refugiados climáticos por destrucción de sus hogares en nuestro levante. Y una COP29 (¡van 29!) que ha comenzado sabiéndose que lo que se diga ahí de poco servirá porque el mundo de ahora no es el de 2015.
Este pesimismo de partida, que ojalá no se confirme, surge de datos muy relevantes. El primero, según Copernicus, en 2024 ya superaremos el límite de 1,5ºC de subida de temperatura media global respecto a tiempos preindustriales. Es más, un estudio del hielo polar nos dice que ya lo alcanzamos en 2023. El segundo: según el Global Carbon Buguet las emisiones mundiales de combustibles fósiles van a aumentar un 0,8% para finales de diciembre, lo que confirma que (si bien hay avances en la UE en alguna reducción, un 5% en un año) el mundo sigue generando contaminación por gases. Y un tercero: hasta 2.000 billones de dólares de pérdidas ha habido la última década por fenómenos extremos del clima, según el informe de la Cámara de Comercio Internacional presentado estos días.
Pese a que vemos lo que pasa con la inacción, estamos ante una COP29 a la que no acudirán los líderes mundiales que más tendrían que comprometerse a avanzar. Ni el estadounidense John Biden (de su reemplazo ni hablamos), ni el chino Xi Jinping, ni el ruso Vladimir Putin, ni Macron, ni la presidenta de la UE, Ursula Von der Leyen, ni el alemán Olaf Scholz, ni siquiera Lula da Silva. En definitiva, una COP29 que comienza tan ‘descafeinada’ que cualquiera diría que se tratan asuntos sin importancia.
Pero resulta que debiera ser el foro más importante del año, aunque esté en un horizonte que parece baldío con un Donald Trump es quien acaba de elegir a Lee Zeldin jefe de la EPA (Agencia de Protección Ambiental) con objeto de que elimine las regulaciones ambientales y, seguramente, vuelva a abandonar el Acuerdo de París de 2015; con un Putin que sigue extrayendo gas sin freno en su territorio, pese a que el permafrost de Siberia emita cada vez más metano (los datos científicos de Rusia desde el boicot por la guerra en Ucrania van a menos); o con un Jinping que gobierna en la éxitosa fábrica del mundo, un comercio global de emisiones escalofriantes. Y así podríamos seguir haciendo recuento de ausencias y acciones mientras cientos de millones de seres humanos se enfrenta a un nivel de catástrofes que no son “naturales” porque sin la intervención humana no habrían sido nunca tan graves. Y encima tenemos unos planes de reducción de emisiones en los países que, a día de hoy, si se cumplieran, permitirían reducir solo un 2,6% las emisiones en 2030, cuando el compromiso era llegar al 43% en esa fecha para evitar los peores impactos.
Ahora bien, si los líderes del planeta poco o ningún interés tienen ni en reducir la contaminación ni en evitar los daños en el clima terrestre, al menos cabría esperar que ayudasen a pagar las consecuencias de su inacción. En el foco de esta COP29 en el ‘petroestado’ asiático están las importantes decisiones sobre el dinero. Por un lado, está el Fondo Verde del Clima, que se aprobó en 2011 y debería haber tenido 100.000 millones de dólares cada año desde 2020, aunque no los logró hasta 2022 y, encima, con dos tercios en forma de créditos que aumentan la deuda externa de quienes lo piden. Se trata de un dinero destinado a que los países con menos recursos reduzcan su contaminación y se adapten a los impactos climáticos. Ahora, desde el Sur Global, y desde las ongs, se pide en Bakú que el próximo objetivo de este Fondo sea de un billón de dólares, diez veces más, algo que debería aprobarse en estos días. Tampoco estaría de más un mayor control sobre lo que hacen algunos con el dinero: en Nicaragua, por ejemplo, querían financiar la expulsión de indígenas de un territorio y solo su lucha lo frenó.
Por otro lado, hay otra ‘patata caliente’ que tiene que ver con el dinero: el que se necesita para pagar los daños y las pérdidas que causan ya desastres climáticos cada vez más mortíferos y destructivos, como bien hemos visto en Valencia o unas semanas antes en Malawi. Sea por exceso de agua, sequías extremas, huracanes más virulentos que nunca o monstruosos incendios, es preciso ayudar a quienes los sufren, pero llevamos diez cumbres hablando de ello y solo en la del año pasado, la #COP28, se decidió, por fin, crear un fondo a tal fin. Los 700 millones de dólares que algunos gobiernos del norte comprometieron siguen en el Banco Mundial porque no son operativos al no haberse decidido los criterios de cómo adjudicarlos. En todo caso, una migaja, a tenor de las cifras billonarias globales y las concretas: solo el huracán Milton de octubre pasado se estima que costó 50.000 millones de dólares en Estados Unidos y para la recuperación tras la DANA el Estado español ya ha comprometido 14.700 millones de euros. Si al menos de Bakú saliera el compromiso de una cantidad para daños y pérdidas aceptable y que se aprobaran los criterios para recibir ayudas (sin más préstamos que lastren a los países) ya sería un avance.
La primera semana, de momento, transcurre sin novedades reseñables sobre estas cuestiones. Sí se han aprobado las reglas del mercado de bonos de carbono, es decir, el mecanismo para que las empresas puedan seguir contaminando si lo compensan pagando proyectos ambientales en terceros países. Para los ambientalistas, un negocio más en el que las comunidades locales de sitios con gran biodiversidad salen perdiendo y el control de lo que se emite y lo que se compensa queda al albur de un futuro que nadie controla.
También se presentan interesantes investigaciones. A destacar, el informe “State of the Cryosphere 2024 de 50 científicos donde explican que los hielos están en un punto crítico dramático que puede tener consecuencias desastrosas, como más inundaciones de litorales y un cambio en las corrientes oceánicas que controlan el clima. Si el Ártico y la Antártida pierden hielo a gran escala, la falta de nieve en el Himalaya ya ha causado graves sequías a cientos de miles de personas; además, se ha perdido el último glaciar tropical en Venezuela, mientras el llamado Glaciar Eternidad de Indonesia desaparecerá en un par de años.
Sería falso decir que nada se hace. Las energías renovables se despliegan por el mundo, como es bien visible en cuanto salimos de las ciudades y vamos, en España, por zonas rurales y montes, pero a la vez educamos a toda una generación en el uso intensivo de compras on line, en consumo de menús rápidos que alguien lleva a sus casas, en modas de usar y tirar y les ofrecemos viajes en avión a bajo coste a la otra punta del mundo. Es una esquizofrenia global de la que no es fácil escapar, pero ese horizonte baldío que se llena de insultos y amenazas sobre quienes hacen ciencia y la divulgan hay que comenzar a sembrarlo de otras formas de entender dónde estamos y hacia donde queremos ir, pero Bakú, como no lo fue Dubái, no parece que vaya ser ese semillero.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.