Opinión
El apagón o cómo iluminar el lado oscuro de 'Tecnoccidente'

Por Álvaro San Román
Investigador en el programa de Doctorado de Filosofía la UNED
-Actualizado a
Huelga hablar del apagón, se impone la necesidad de un análisis de sus causas, así como de una lectura política de las relaciones internacionales y del sistema de mercado que ha dejado sin luz a casi 60 millones de personas en el sur de Europa. Pero urge todavía más discutir acerca del hecho fundamental de nuestra absoluta dependencia del sistema tecnológico, de la cosmovisión que alimenta aquellas relaciones internacionales, sostiene la existencia de los mercados, y permite un acontecimiento extraordinario como el de ayer. En definitiva, creo que es de rigor señalar, una vez más, al sistema tecnologicista como condición de posibilidad para que el capitalismo pueda tejer la urdimbre económico-política internacional que nos tiene, en sus redes, dominados. Porque la distribución capitalista del poder tecnológico no es el problema, el problema es el poder tecnológico en sí mismo, el mundo que construye, y las ideas que propaga. Tecnoccidente, el sistema tecnológico occidental, sostiene su hegemonía sobre ciertos principios que funcionan como ideología: aquello que cumple nuestros deseos, satisface nuestras necesidades y soluciona nuestros problemas, aquello que, en definitiva, nos da libertad y autonomía, es la tecnología. Su desarrollo es inevitable, ya que responde al natural devenir evolutivo de la humanidad, y por lo mismo, está exenta de valoración moral, ya que, como el martillo, cualquier otra materialización tecnológica, como el teléfono inteligente o ChatGPT, depende del uso para caracterizarse como buena o mala. Y sin embargo… Y sin embargo el apagón ha tenido la virtud de apagar simultáneamente, durante unas horas, este embrujo ideológico.
No es necesario entrar al relato de las miserias que hayan acontecido durante este tecno-acontecimiento, bastará con el recuerdo del sonido punzante de las sirenas, del zumbido de los helicópteros, para entender la magnitud del caso. El estado de excepción que, en la lejanía, esos sonidos traen, nos permite poner en tela de juicio la ideología tecnoccidental. ¿Cómo la propia evolución de la humanidad, en su progresivo desarrollo tecnológico, puede poner en estado de excepción a la humanidad? Un martillo no amenaza la existencia humana; acaso con él se puede amenazar una vida, pero nunca la vida de la especie en su totalidad. Una amenaza total no la ejerce una herramienta, es prerrogativa únicamente de un sistema totalitario, y un sistema totalitario nunca tiene como proyecto la libertad y la autonomía de los individuos, sino su propia autonomía. El abandono de los seres humanos a su suerte en un mundo tecnológico que de repente queda en suspenso, nos habla de que el proyecto de la absoluta tecnologización del entorno y de la vida es el verdadero proyecto tecnoccidental, y que, por tanto, nunca tuvo como medida de su escala al ser humano, sino al ilimitado deseo de crear una realidad tecnológica autónoma. El apagón, en sus inmediatas implicaciones, ilumina el reverso oscuro del sistema que lo produjo, el apagón, como decía, es virtuoso. Porque ese abandono, esa repentida orfandad tecnológica en la que se nos sumió ayer, funciona también como revelación, como epifanía. Ello lo denota la sensación de irrealidad en la que todas las personas nos instalamos el día de ayer, y que acompaña a toda revelación de lo que, curiosamente y en última instancia, es la realidad. En toda revelación, la sensación de irrealidad coincide con la manifestación de lo real en toda su crudeza y desnudez, y este lunes se nos reveló la realidad de nuestra absoluta debilidad, de nuestra absoluta dependencia de un sistema tecnológico todopoderoso e independiente, ajeno a las vicisitudes propias de la condición humana. Esa relación dialéctica entre irrealidad-realidad es la que responde a la relación dialéctica que existe entre el absoluto poder tecnológico y nuestra absoluta debilidad ante él, entre la independencia del sistema tecnológico, y nuestra total dependencia de él. En efecto, el lunes fue un día tremendamente dialéctico… El momento de desconexión del mundo tecno-digital, trajo consigo la explosión antropológica del mundo urbano; con la caída del tráfico de datos y megavatios, vino el inmenso peregrinar de personas por las calles, carreteras y avenidas; con el colapso de las comunicaciones tecno-digitales, vino el intercambio de pareceres -conspiranoicos o no- a pie de calle. Todo ello, como se podía escuchar en esos intercambios, bajo un cierto aura de “fin del mundo”. Pero que sea precisamente la vuelta a las calles lo que simbolicé el fin del mundo delata que nuestro mundo se limitaba a nuestra dependencia tecno-digital, y que, por tanto, el mundo que ayer atisbó cierto final fue, ni más ni menos, que el mundo tecno-digital. El apagón ilumina la verdad de que la condición para conectarse con otros y con el entorno, ya sea este urbano o no, implica necesariamente la desconexión del mundo tecnológico.
Pero todavía habrá quien crea, transido por el ímpetu ideológico tecnoccidental, que la solución a problemas como el apagón vendrá de la mano de más tecnología, como aún se cree que el cambio climático se cambia con más tecnología… todavía habrá quien crea que la implementación total de la inteligencia artificial, paradigma tecnoccidental, culminará el proyecto de hacernos libres, autónomos, y demostrará las verdaderas posibilidades del ser humano. Sin embargo, fiel a su dimensión de revelación, el apagón muestra que, de hacer algo con nosotros, la IA nos hará absolutamente dependientes en la medida en que pretende hacer todo aquello que hasta ahora hacían los seres humanos. Al ser humano no le es ajena la condición de dependencia, ni el estado de necesidad; en efecto, las necesidades son inevitables. Lo que no lo es tanto es la dependencia de una única fuente de energía, de una única manera de practicar lo que supone ser humanos, de una única manera de relacionarnos y estar en el mundo. Al igual que, para llevar adelante nuestras vidas, es mejor depender de una pluralidad de personas -eso es la democracia-, que depender de una única persona -eso es la tiranía-, deberíamos depender de una pluralidad de modos de vida, de diferentes modos de hacer las cosas, de múltiples conexiones con las personas y el entorno, antes que depender exclusivamente del modo de vida, del mundo y los avatares tecnológicos; en última instancia, debemos depender de personas, no de tecnologías, y quien este lunes encontrara apoyo en el panadero, en la pescadera, en el ultramarinos del barrio, sabe de lo que hablamos. Porque en situaciones excepcionales se nos muestra la necesidad de que el apoyo interpersonal se convierta en norma, para no depender de un sistema tecnológico que por sistema nos excluye como personas.
Este lunes, en un mundo hiper-tecnologizado en el que día a día se nos pintan, cantan, representan y venden las bondades de la virtualidad tecno-digital -véase la IA, véase el dinero digital-, echamos en falta el gas butano, transistores, monedas y billetes. Este lunes, el inmenso poder acumulado por el sistema tecnoccidental, a costa del trabajo y del consumo constante de sus habitantes, se vio cara a cara con la impotencia de estos. Este lunes, nuestra dependencia de la tecnología para vivir nuestras vidas se vio cara a cara con nuestra debilidad para vivirlas más allá de la tecnología.
La desconexión que vivimos ayer fue una desconexión forzosa, y por tanto traumática. Lo que evidencia esa forzosidad es que nunca fuimos autónomos ni libres en Tecnoccidente, las dificultades, ansiedades, temores, inquietudes y dolores del día de ayer no las quisimos, pero hasta ahora sí hemos querido el mundo en el que su posibilidad está siempre a la vuelta de la esquina. Pero si de verdad queremos un mundo donde la condición humana, su relación con los otros, su integración en el entorno de su vida, sea la medida de las relaciones sociales, políticas, económicas y ecológicas, entonces la desconexión, más allá de ser forzosa, debe ser una libre elección de un modo de vida alter-tecnológico, la libre elección de una vida con el poder de elegirse y quererse a sí misma autónoma; en definitiva, de una vida libre de las necesidades tecno-digitales, que quiera el apagón, eligiendo la desconexión.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.