Este artículo se publicó hace 2 años.
La misoginia que alimenta a la extrema derecha

Por Miquel Ramos
Periodista
El pasado 28 de septiembre, un hombre armado asesinaba a un profesor universitario y a una mujer y su hija en Róterdam. Poco más se supo del perfil del autor y de sus motivaciones en la prensa española. Sin embargo, buscando información sobre el caso en otros idiomas llegué a parar al rastro que el asesino había dejado en redes. Particularmente, en el foro ultraderechista 4Chan, donde se expresaba usando referencias de la ultraderecha, ideas machistas, antisemitas y el sentimiento de ser superior a los "normales". Sentía que no recibía lo que merecía, que el profesor al que mató tenía parte de culpa, y que había otros que, siendo mediocres, sí obtenían recompensa. Pocos días después de dejar estos mensajes, el hombre, identificado como Fouad L., cometió la masacre.
La periodista alemana Veronika Kracher, autora del libro Incels: historia, lenguaje e ideología de un culto en línea (Ventil Verlag, 2020) desgranaba en sus redes sociales la vinculación de este reciente ataque mortal con el daño narcisista, el patrón que usan los incel para justificar su odio: "Tres personas han muerto porque una vez más un hombre no pudo hacer frente a sus sentimientos heridos de tener derecho a algo [...]; el insulto se traduce en un sentimiento de castración [...]. La venganza violenta, que tiene connotaciones extremadamente masculinas, pretende compensar este sentimiento de insulto."
Y es que no son pocos los hombres que han cometido atrocidades semejantes estos últimos años en Europa y en Estados Unidos, muchas de estas contra mujeres, al considerar que, como hombres, no recibían lo que merecían. Aunque en los medios se atribuya reiteradamente esta ira a problemas mentales, se obvia toda la construcción ideológica que hay detrás, y se exonera a quienes alimentan y motivan esos odios y esas reacciones, en las que subyace, según Kracher, un insoportable rechazo constante.
El patrón que motiva estos sentimientos de agravio es el que están usando la derecha y la extrema derecha en todos los ámbitos para combatir la igualdad. El mito de la meritocracia que sostiene al capitalismo es uno de esos motivos de frustración habituales, al sentir que uno no recibe lo que merece, mientras otros son agraciados sin esfuerzo. Esto provoca un rencor que el sistema usa para enfrentar a
la clase trabajadora, echando la culpa de las precarias condiciones laborales o de la escasez de recursos a las políticas de derechos, que llaman identitarias, a los trabajadores migrantes o a quienes reciben ayudas sociales. Aquí es donde la extrema derecha ha encontrado, en connivencia, como siempre, con el capitalismo, una fórmula de éxito. El racismo, además de ser parte del constructo social y cultural de Occidente, funciona también como chivo expiatorio de cualquier conflicto generado por el propio sistema. Igual que tratar de hacer entrar en competencia la conquista de derechos para determinados colectivos con la mejora de las condiciones materiales. Y aquí, no lo olvidemos, han encontrado también algunos aliados que se dicen de izquierdas (los llamados rojipardos) pero que despliegan toda la chatarra ideológica ultraderechista contra estos derechos en nombre de la clase obrera.
Ante los avances globales en igualdad y en materia de derechos de las mujeres y de las personas LGTBI, la reacción siempre ha estado presente de múltiples formas y adaptándose a cada momento. La negación de la desigualdad es la base de todo discurso reaccionario que se opone a cualquier medida que trate de corregir este patrón. Hoy, dicen, la igualdad de la mujer está completamente asegurada, y tan solo existe machismo en ciertos comportamientos individuales y, cuidado, en la mente perversa de las feministas, que ven discriminaciones, agresiones y machismos en cualquier cosa que hasta ahora era lo normal.
Esto se ejemplifica, por ejemplo, tratando de borrar el adjetivo machista a cada asesinato de mujeres, como hace Vox en sus declaraciones, reduciendo el crimen a una disputa intrafamiliar. La estrategia es esta: negando el componente estructural, se acaba el problema y se neutraliza al feminismo, que no tendría entonces nada que reclamar. Por lo que no serían necesarias ni las políticas de igualdad, ni las subvenciones a las organizaciones que tratan de combatir el machismo o de ayudar a sus víctimas, tildadas de 'chiringuitos'. El feminismo quedaría entonces reducido a una pataleta histérica de quienes pretenden enfrentar a las mujeres con los hombres. Además, este odio a los hombres, los machistas suelen explicarlo por una incapacidad o una frustración de estas mujeres, a las que suelen caracterizar con imágenes denigrantes.
Por otra parte, las ultraderechas encontraron, ya desde hace décadas, a quién echarle la culpa de la incesante violencia machista. Una vez más, y pasa tanto con el machismo como con la LGTBIfobia, quien paga los platos rotos es el migrante, sobre todo si es árabe o africano, y concretamente de confesión musulmana. Aquí, las ultraderechas despliegan dos posibles respuestas con un mismo objetivo diana que difumine ese problema estructural que es el machismo. La más ultraconservadora y religiosa combina este racismo y esta islamofobia con una cierta responsabilidad de las víctimas, por ir por donde no deben, cuando no deben o con quien no deben. Otra ultraderecha más liberal, que se atreve incluso a defender retóricamente los derechos LGTBI y a tratar de apropiarse de algunas de sus conquistas (homonacionalismo) y de las conquistas del feminismo (femonacionalismo), descargará toda la carga del machismo sobre los lomos de las personas migrantes, como si el machismo y la LGTBIfobia fuesen males ajenos, importados, propios tan solo de las culturas que traen estos salvajes e invasores. Una muestra de ello en España es la reiterada demanda que hace Vox de cierre de fronteras para, dicen, acabar así con la violencia machista.
La propagación del odio a las mujeres y de la reacción misógina contra el feminismo y las feministas va mucho más allá de los partidos ultraderechistas. Existe todo un aparato propagandístico no conectado orgánicamente con estos partidos pero que actúa como valedor de estos discursos. Dicho aparato funciona también como suministrador de guías para nuevos argumentos y objetivos en esta batalla cultural contra los derechos humanos. Hablamos de los autodenominados creadores de contenidos, de los influencers, youtubers y todo un elenco de personajes que han encontrado la manera de llegar a millones de personas, sobre todo jóvenes, infectarlas con estas ideas y lucrarse con ello. Y en esta trinchera no solo habitan quienes se sitúan única y exclusivamente en el extremo derecho, sino también una nueva hornada de supuestos izquierdistas que usan estos mismos argumentos para enfrentar la diversidad con la supuesta lucha de clases que preconizan.
"La extrema derecha trata de evitar por todos los medios que se llegue a cuestionar el 'statu quo' y deconstruir lo que forma parte de la estructura que perpetúa los privilegios"
Un espontáneo paseo por algunas redes sociales, borrando todas las cookies de tu navegador y entrando, como se dice, 'de incógnito', basta para comprobar lo que pasa a menudo cuando insertas en el buscador la palabra 'feminismo'. Hicimos la prueba en casa en dos ordenadores distintos, y en ambos casos, en Youtube, los primeros vídeos recomendados sobre feminismo eran los de conocidos influencers de la machoesfera. Esto es con lo que se encontraría a primera vista alguien que quisiese aprender qué es eso del feminismo, y algo con lo que los propagadores del odio han sabido jugar y hacer dinero. Muchos de estos personajes han logrado presentarse como una suerte de inconformistas que se rebelan contra lo que llaman 'corrección política', esto es, oponerse a ese sentido común que, en este caso, es la igualdad. Se trata de presentar lo reaccionario como rebelde, el machismo atávico y estructural como irreverente, y los consensos alcanzados para desmontar los problemas estructurales que someten a una parte de la población por su condición o identidad sexual, como algo propio de lo que llaman 'dictadura progre'.
Estos formatos, que están diseñados para provocar la reacción y la consecuente viralidad, son así premiados por los algoritmos, que acaban recomendando este tipo de contenidos cada vez que alguien navega por la red en busca de información sobre estos temas. Y a pesar de haber abundante material que trata de combatir estos discursos de odio y rebatir los habituales bulos y tópicos contra los derechos de las mujeres, existe otra esfera de influencia que refuerza todavía más algunos de estos relatos misóginos. Hablamos de los medios de comunicación y de su enfoque respecto a numerosos temas que aluden, directa o indirectamente, a la igualdad, y, concretamente, a las políticas del Gobierno en esta materia. Además de dar constantemente voz y autoridad a personajes que promueven este tipo de discursos, los propios presentadores de algunos programas toman partido.
Cuestionar el 'statu quo'
La táctica del cherrypicking es uno de los formatos habituales para estas campañas de intoxicación, no solo contra las administraciones por sus políticas de igualdad, sino contra cualquier discurso, campaña o acción feminista o que otorgue derechos a las personas LGTBI. Casos que hiperbolizan y caricaturizan para tratar de hacer creer que determinadas políticas o discursos son ineficientes o ridículos. Es otra táctica adicional a la ya tradicional amenaza de las denuncias falsas, que, a pesar de demostrarse reiteradamente su ínfimo porcentaje, la machoesfera y el relato reaccionario trata de hacer creer que es la norma.
Más allá de todo el despliegue estratégico, retórico y discursivo de la misoginia, que ha apadrinado la extrema derecha desde el principio (aunque no se limite solo a esta), hay que hablar de las consecuencias de su extensión y su normalización. La banalización de las violencias machistas y la criminalización y estigmatización de las luchas por la igualdad mediante los potentes altavoces que son los principales medios de comunicación o las redes sociales han promovido una cada vez más activa y violenta respuesta, como bien explica Laura Bates en su libro Los hombres que odian a las mujeres (Capitán Swing). Bates apunta en ambos sentidos y alerta sobre la escasa atención que se le presta al terrorismo incel y a la violencia contra las mujeres, así como al daño que produce esta masculinidad tóxica también en los hombres.
Kracher también reflexionaba sobre el papel de la masculinidad en esta ecuación, y reconocía el daño que esta causa, al no ofrecer otras herramientas para gestionar algunas frustraciones que no sean la violencia contra las mujeres: "Tres personas han muerto porque una vez más un hombre no pudo hacer frente a sus sentimientos heridos de tener derecho a algo2. Y añade que "finalmente debemos aprender a entender la masculinidad como un problema". La periodista alemana apunta otro punto necesario, que es la desestigmatización del sufrimiento psicológico en los hombres: "En lugar de compensar el insulto con violencia, en lugar de reprimir la frustración, acude a terapia. Habla de ello en un entorno de apoyo. No te conviertas en un perpetrador".
La extrema derecha trata de evitar por todos los medios que se llegue a cuestionar el statu quo y deconstruir lo que forma parte de la estructura que perpetúa los privilegios. Para ello, sus estrategias cambiarán conforme evolucione la lucha por la igualdad. Hoy tienen a su alcance no solo puestos de gestión en las instituciones, sino toda una constelación de medios por donde articular esta ofensiva para conquistar el sentido común. El reto es saber luchar más allá de las instituciones y en las calles, sino también en nuestros entornos, donde los ejemplos funcionan mejor que los supuestos que tratan de vestir cualquier argumentación.

