Este artículo se publicó hace 7 años.
Can Bros, un remanso de paz entre ruinas y malas hierbas

Por El Quinze
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A media hora de Barcelona, a solo unos metros de la autovía A-2, entre los polígonos I y II de la fábrica Solvay, escondida entre factorías y una vegetación salvaje, se halla la antigua colonia de Can Bros, uno de los barrios periféricos de Martorell a los que resulta imposible llegar en transporte público. A diferencia de sus hermanas –la Colonia Güell de Santa Coloma de Cervelló, con su gran patrimonio artístico y arquitectónico; y la Colonia Sedó de Esparraguera, conocida por su potencial industrial y energético–, Can Bros es una de las colonias menos conocidas y más olvidadas del Baix Llobregat. La masía que le da nombre se levantó en el siglo XVII, pero la colonia no nacería hasta 1852, cuando los Castells-Catarineu se instalaron allí y promovieron el negocio textil. Tres generaciones de Catarineu gestionarían la colonia hasta 1921, fecha en que fue vendida a Fontedevila i Prat, quienes la llevarían hasta su cierre, en 1967. En su mejor época, en la década de los años sesenta, la fábrica daba trabajo a medio millar de personas y en el barrio residían cerca de 700 vecinos.
La tranquilidad buscada
Ahora, entre viviendas derruidas, cerradas a cal y canto, y una naturaleza exuberante –tal vez sería más preciso denominarla maleza–, en la colonia residen una veintena de personas. Por sus calles corretea una pequeña con purpurina en la cara. Es Anna, "la niña más popular del barrio", se autodefine. Acaba de cumplir diez años y sus padres han montado unas mesas en la calle para hacer una fiesta, a la que acudirán familiares y amigos.
Toni Benavente, de 60 años, no hace ni un año que vive en Can Bros con su pareja y sus dos hijos, a los que no ha logrado echar de casa "ni con agua caliente", bromea. "Vivíamos en un dúplex en Martorell y por razones económicas nos quisimos deshacer de la hipoteca. Tengo un amigo que vive aquí y le pregunté si había alguna casa libre. Y aquí estoy", explica. Toni ya sabía de la existencia de Can Bros. De hecho, asegura que uno de sus primeros amores de adolescencia era de la colonia. "Este entorno nos ofrece una tranquilidad que no se encuentra en otro sitio", presume. Trabaja en Sant Boi y tanto él como su mujer, Conxita Garnigó, han hallado en Can Bros el lugar que buscaban. Su casa ocupa dos estancias bien diferenciadas: la vivienda al uso y el antiguo restaurante Can Serrallonga, muy conocido de la zona por su comida casera y cerrado desde hace años. En el local que ocupaba el comedor, se agolpan ahora cachivaches antiguos que Conxita restaura: estufas viejas, marcos de puertas y ventanas, artículos de madera... El restaurante se ha convertido así en un taller que huele a barnices y químicos, y en el que menudean el papel de lija y un sinfín de herramientas de las que poca gente conoce el nombre.
Toni nació en la Colonia Gomis, en Monistrol. "¿Sabes desde dónde sale el funicular que sube a Montserrat? Pues antes de llegar hay una colonia con una ermita románica. Está reformada. Yo nací allí y me quedó grabada la tranquilidad con la que crecí durante mi infancia. Vivir aquí, en Can Bros, hace que me haya reencontrado con mis orígenes", mantiene. No le preocupa tener que coger el coche para cualquier cosa que tenga que hacer, ni el hecho de vivir aislado. Más bien lo aprecia. "Tenemos un Mercadona a cinco minutos en coche y a mí me gusta la tranquilidad de estar solos. Mi mujer baja cada día al pueblo, hace la compra, se relaciona con la gente... Luego, llegas a casa y esto es un remanso de paz", asegura. De la casa sale Conxita, que estaba tomando el sol en el jardín interior. Hay flores, plantas y farolillos de colores por todas partes. También tienen un jacuzzi, pero Toni y Conxita solo lo utilizan en verano. La casa es un museo del buen gusto lleno de objetos antiguos restaurados. Viendo cómo ha sido acondicionada, no resulta extraño que los hijos no se quieran ir.
La rehabilitación pendiente
Es casi la hora de comer y Osmane pasea con su hija, de 12 años. "Aquí estamos muy tranquilos", asegura él. "¡Y tenemos ríos!", interrumpe la pequeña, dicharachera. A la pregunta de si le gusta vivir en la colonia de Can Bros, responde rauda: "¡Sí, pero es un poquito aburrido! Antes aquí había mucha gente, había tiendas y la iglesia funcionaba. ¿La ves?". Ella no se acuerda, pero alguien se lo ha explicado y ahora lo cuenta como si ella misma lo hubiese vivido. Es encantadora. Cada día la recoge el autobús para llevarla hasta el colegio y, a pesar del aburrimiento, asegura vivir "muy feliz". "Hace tiempo que nos dicen que van a rehabilitar todo esto, pero no sabemos cuándo pretenden empezar", reconoce su padre, a quien parece no preocuparle demasiado el futuro de la antigua colonia.
Agustín Ramírez, de 59 años, abre la puerta de su taller con cierta desconfianza. Desconoce por completo el proyecto de reforma del barrio: "Ah, ¿quieren hacer algo? Pues ahora me entero. Soy de Martorell, pero no vivo aquí; solo tengo el taller. Siempre lo he tenido aquí", afirma. A la pregunta de por qué no se ha instalado en el barrio, responde contundente: "Nunca viviría aquí". Y, tras un apretón de manos, cierra la puerta del taller.
Estos vecinos y vecinas no parecen muy entusiasmados con la idea de la rehabilitación que el Ayuntamiento de Martorell prometió hace apenas un año, cuando los propietarios de la colonia cedieron al municipio parte de los terrenos. "A mí me da igual que venga más gente, pero si meten aquí a 300 familias se acabará la tranquilidad que tenemos ahora", se queja Toni. Tampoco Osmane parece contento con la idea de la llegada de gente nueva. Sí que lo está su hija: "Entonces habrá más niños y niñas con los que jugar", argumenta.
"Si la reforma se hace con responsabilidad, Can Bros puede mantener su singularidad y no morir". Lo dice Narcís Rodríguez, que vivió hasta los 20 años en Can Bros con su familia. Ahora tiene 35 y hace cinco años que regresó. "La calma está bien, pero más importante es que el barrio siga vivo. Solo somos cuatro personas menores de 40 años", lamenta. A Narcís le gustaría un Can Bros que siguiese el modelo de la Colonia Güell, que dispone de un par de bares y algún que otro colmado y que ha sabido encontrar el equilibro y un crecimiento contenido. Le gusta la idea de un "plan de rehabilitación respetuoso". "Pero desconfiamos del Ayuntamiento. No sabemos si realmente lo quieren rehabilitar o se trata de una estrategia electoral más", mantiene.
Lo que sí parece evidente –solo hay que echar un vistazo a los edificios degradados que componen la colonia para comprobar su estado deplorable– es que si el Ayuntamiento quiere rehabilitar Can Bros será precisa una buena partida del presupuesto municipal.
La Comisión Territorial de Urbanismo de Barcelona aprobó en abril de 2011 el Plan general de ordenación urbana de Martorell en el barrio de Can Bros, un documento que preveía la construcción de 440 viviendas y la rehabilitación del patrimonio arquitectónico de la antigua colonia. También la rehabilitación de 3,3 hectáreas calificadas de residenciales y la creación de servicios y equipamientos. En septiembre de ese mismo año se aprobó también el Plan parcial del polígono logístico de la Solvay, que debía mejorar los accesos a la colonia. Pero los años más duros de la crisis económica dejaron todos estos planes en punto muerto. Y hasta hoy.
Hace justo un año, la propiedad cedía parte de la colonia al Ayuntamiento de Martorell, que en la actualidad sigue estudiando la manera de rehabilitar la zona, construyendo más viviendas y aprovechando las estructuras ya existentes, para poder, así, recuperar el barrio. El alcalde de Martorell, Xavier Fonollosa, manifestaba entonces en declaraciones a TV3 la voluntad de construir vivienda social para poder ofrecer 300 nuevos inmuebles en el barrio, manteniendo siempre el valor patrimonial y paisajístico del lugar. El Ayuntamiento no ha atendido las reiteradas peticiones de El Quinze para recoger su punto de vista.
Mientras, la vida en la colonia sigue ajena a las promesas pendientes. Dentro de poco celebrarán el segundo mercadillo de intercambio de objetos de segunda mano. Y, de cara al verano, preparan su fiesta mayor, el acontecimiento más importante del año en Can Bros.