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De barbacoa en Les Planes, una tradición que perdura

Por El Quinze
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Es la una del mediodía y en el merendero de Les Planes, en el corazón de la sierra de Collserola, José Luis Ramos enseña orgulloso unas costillas de cerdo. Las coge con cuidado y las coloca sobre una parrilla. La brasa está casi lista. Vive en el barrio de la Barceloneta, tiene 53 años y luce una camiseta del Barça. Ha venido con su familia y unos amigos. Son cinco y no celebran nada en concreto: "A él [señala a su compañero] le dio por ahí y mi mujer y yo teníamos fiesta. Yo trabajo llevando un camión de la basura y ella en una gasolinera, así que trabajamos sábados, domingos, Navidades... Es complicado coincidir. Por eso nos hemos animado a venir". José Luis es de los que ha mamado merenderos toda la vida, una opción de ocio familiar y sencilla, muy extendida entre las clases populares desde principios del siglo XX y una alternativa culinaria económica para quienes no podían –o no pueden– permitirse grandes caprichos. También para aquellos a quienes no les gusta que les sienten en una mesa a comer o que prefieren ver a los chiquillos jugando a futbol al aire libre, antes que en un restaurante delante de la pantalla del móvil.
A cada zona, su merendero
Las barbacoas del Parc de la Trinitat Vella, en la ciudad de Barcelona, a las que se puede acceder fácilmente en transporte público; la Barbacoa Europa de Gavà, una de las más famosas por su cercanía a la playa; Can Xec, en Montornès del Vallès; La Salut, en Sant Feliu de Llobregat, junto al riachuelo y muy cerca de la ermita de la Salut y la Casa Gran de la Gleva, que data de 1719; o el Parc del Pi Gros, en Sant Vicenç dels Horts, son algunos de los merenderos que pueblan el área metropolitana de Barcelona. Su buena salud la corroboran medidas como la adoptada recientemente por el Ayuntamiento de Sabadell, que ha destinado 140.000 euros a la mejora de las barbacoas y el entorno de la ermita de Sant Vicenç de Jonqueres. Una apuesta clara por fomentar este tipo de actividades familiares alternativas.
De pequeño, cuenta José Luis, solía ir con sus padres al merendero de Montornès y "al de los pinos" de Castelldefels. También a Les Planes, aunque confiesa que hacía casi 20 años que no regresaba: "Por trabajo, por estrés, por todo". Dice que el lugar ha cambiado mucho, sobre todo porque "antes todo era de tierra y ahora hay asfalto y muchas más infraestructuras". "De pequeño venía cada fin de semana, era lo que se hacía entonces. Todo el mundo venía aquí", recuerda. A apenas unos metros, un gran grupo de personas de origen asiático prepara unas bolsas de bienvenida. Son de la Asociación de Estudiantes Chinos de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) que ha decidido, por segundo año, celebrar una gran barbacoa para recibir a los nuevos estudiantes llegados de su país. "Estamos inaugurando el curso académico y les preparamos un pack de bienvenida, con algunos productos chinos, sobre todo dulces", explica Jessica Gu. Les gusta la idea del autoservicio y poder disfrutar del día en un espacio grande y al aire libre. "Hemos organizado actividades y concursos con premios. Lo haremos después de comer", añade. Han traído carne, pescado y verduras.
El reguetón y la bachata suenan con fuerza y se apoderan de este sábado de cielo encapotado en Les Planes. A primera hora ha chispeado, pero eso no ha hecho recular a nadie. Al estar cubierto el recinto, aunque lloviese tampoco se mojarían. Ahora que se acerca el invierno, muchos aprovechan los últimos días de buen tiempo. Un grupo de jóvenes de entre 22 y 30 años comen patatas de bolsa y beben cerveza. Son unos 15, pero solo uno está atento a las parrillas (un clásico). Vienen tres o cuatro veces al año y hoy están celebrado un cumpleaños. Están sentados cerca de un grupo mixto de catalanes y argentinos que, a pesar de ser relativamente pronto, ya han ha terminado de comer. Los argentinos se muestran nostálgicos. "Nos dijeron que viniésemos temprano, porque no había demasiado sitio, y así lo hemos hecho. Yo solía venir aquí con los amigos, hace siete u ocho años, pero me fui a vivir fuera y hacía tiempo que no venía", explica Marc Mileti, de Badalona. Los restos de comida asoman por debajo del papel de aluminio. Apenas han probado la ensalada. Normal: se han zampado tres quilos y medio de carne, comprada en una carnicería argentina.
Les Planes tiene una larga y bonita historia. Durante más de 100 años ha sido un punto de encuentro de familias y grupos de amigos de Barcelona y el área metropolitana. Al principio, los domingueros tenían que caminar por la sierra hasta llegar a los merenderos –que eran unos cuantos–, ubicados junto a la riera. A partir de 1916, fecha en que se inauguró el tramo de los ferrocarriles entre Sarrià y Les Planes, la tradición de ir a pasar el domingo se fue consolidando. El escritor Paco Candel, quien mejor supo retratar las cotidianidades de la clase obrera catalana y el extrarradio barcelonés, lo describió así en 1958 en uno de sus reportajes para la revista Destino: "Las Planas era un poco como la Coca-Cola. ¿Qué tomamos? Coca-Cola ¿A dónde vamos? A Las Planas. En Las Planas hay de todo; aquello parece Jauja. Merenderos lo que más. Dondequiera que hay una fuente, merendero al canto". Ya por aquella época, explica Candel, se podía encontrar de todo en medio de la sierra. "Se alquilan –antes de adentrarse en Las Planas te salen al paso– sartenes, parrillas, botijos. Y si te da pereza cortar leña, allí venden haces de ramas de pino. "Se alquila vajilla", "Se vende leña"".
Menos deporte, más móvil
Hay algo que parece haber menguado en los últimos años en la zona: la afición al deporte que describía Candel. A pesar de tener una cancha de hormigón a apenas unos metros, los domingueros de hoy parecen haber aparcado el balón para dedicarse a sacarse fotos con el teléfono móvil. Tampoco hay futbolines –antaño muy populares– ni las pistas de baile de cemento Portland que describía el escritor de la Zona Franca. Sí hay altavoces, pero los nuevos ritmos han sustituido a lo que quién sabe qué se escuchara en aquella época. Las cestas de mimbre han pasado a mejor vida y la gente carga los enseres en bolsas grandes de Mercadona o Lidl. Algunos los traen en cómodos carros de la compra.
El Merendero Font de Les Planes es el único que queda en la zona para realizar barbacoas. Su cercanía a la estación hace que sea un punto de encuentro popular entre la ciudadanía. Sin embargo –y a diferencia de lo que decía Cancel en los 50– no todo es jauja. Algunos se quejan de los precios. El alquiler de una mesa para cuatro personas son diez euros; la parrilla, cinco; la leña, seis; y el agujero de la barbacoa, cinco más. También se pueden alquilar paelleros y sus correspondientes soportes. En resumen, una barbacoa para cuatro personas sale por 26 euros, más lo que se gaste en comida, bebida y transporte.
Edwin Angulo, de 47 años y originario de Perú, está medio enfadado. "Pagar 35 euros por esto es demasiado: ¡es un agujero y un hierro! La carne nos ha costado 44 euros. Por este precio, si lo sumo todo, me voy a un restaurante y no tengo que cocinar yo. Se tendría que pagar algo simbólico, unos 10 o 15 euros", concluye. A pesar de todo, Edwin viene de vez en cuando con su familia porque los niños lo disfrutan. También José Luis se queja del precio: "Sale caro. A nosotros nos ha costado 26 euros. Pero es mucho mejor que ir a un restaurante. Es más familiar".
La que no se queja –porque está exultante de contenta– es Marcia Almeida, de 48 años y ecuatoriana: su hija Ximena cumple 21 años y son 20 personas a comer. Confiesa que le gusta más el merendero de Gavà, porque queda cerca de la playa, pero dice que en este se puede hacer más ruido y poner música. Hace 15 años que no venía. "Queríamos celebrar el cumpleaños de la niña, y hacerlo aquí resulta más práctico, porque en nuestro piso no cabe tanta gente, no se puede armar jaleo y luego todo queda sucio. Aquí estamos mucho mejor", explica, obviando que cocinar en casa para 20 personas es también más laborioso que echar carne a la brasa. Marcia conversa con su hijo mayor, Roberto, mientras espera a los invitados. Su hija y unas amigas han ido a cambiarse. Lleva más de 15 años en Catalunya, pero aún le sorprenden ciertas cosas. "Aquí el cumpleañero es el que invita y eso nos resulta raro. Nosotros, en cambio, invitamos a la celebración a mi hija y a todos sus amigos; es como un regalo. Tenemos esa costumbre", explica.
Son las dos y media de la tarde y, antes de coger el ferrocarril para regresar a su casa en Barcelona, José Luis enseña orgulloso un tarro de alioli. "Mira qué cosa tan bonita", espeta. "Hecho con mortero. ¿Tenéis hambre? Venga, probadlo. Mirad qué pinta tiene; oled, oled". Y no queda otra que marcharse de Les Planes con una rebanada de pan untada hasta arriba de alioli. Riquísimo.