El bosque, no los árboles

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Empecemos por un hecho: la extrema derecha está en auge en prácticamente todo el mundo. Los datos lo certifican de forma cruel. En las elecciones europeas de 1984, los ultras consiguieron menos del 4% de los votos; cuarenta años después, han superado la barrera del 25%. Esto significa que si los tres grupos de ultraderecha existentes en la Eurocámara se unificaran —es decir, los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR), Patriotas por Europa (PfE) y Europa de las Naciones Soberanas (ESN)—, la extrema derecha sería la primera fuerza en Estrasburgo. Es la cruda realidad.
Más datos. En la actualidad, los ultras se sientan en el Consejo de Ministros de nueve países de la UE. En tres de ellos —Hungría, Italia y República Checa— ocupan incluso la presidencia. Si sumamos también Austria, donde el FPÖ está a las puertas del poder; y Suecia, donde la extrema derecha apoya externamente el Ejecutivo conservador, llegamos a la friolera de 11 países sobre 27.
Argentina, El Salvador e Israel. En total, pues, en Occidente alrededor de 540 millones de personas viven en un país gobernado por la extrema derecha. A este listado, convendría sumar también la India, presidida por el nacionalista hindú Narendra Modi, que ha trasformado el país –igual que Orbán en Hungría, Netanyahu en Israel y Bukele en El Salvador– en una autocracia electoral.
Un crecimiento exponencial
Demos un paso atrás: a principios de los años 90, los ultras eran una fuerza residual, en muchos países no tenían ni representación parlamentaria ni jamás habían entrado en un gobierno desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, desde esa década, su crecimiento ha sido exponencial. La crisis económica de 2008 supuso un punto de inflexión y aceleró el proceso, que se vio reforzado en 2015 por la mal llamada “crisis de los refugiados” y que se sumó a la islamofobia y la paranoia securitaria existente desde los atentados a las Torres Gemelas en 2001.
Los ultras han aprovechado todos estos acontecimientos así como la insatisfacción general de la población para exacerbar las “pasiones tristes” y han colocado a las personas migrantes en el centro de todos los problemas. Las victorias de Trump en 2016 y en noviembre de 2024 han significado otro empuje colosal global a los ultras.
Un entramado global ultraconectado
A menudo, cuando se habla de extrema derecha se ponen de relieve las diferencias entre unos partidos y otros. Se dice que Trump no es igual que Meloni o que Milei es muy distinto de Le Pen. Es indudable que existen diferencias entre ellos, pero fijándonos solo en los árboles perdemos de vista el bosque.
Desde el punto de vista ideológico, todos estos partidos de ultraderecha comparten un marcado nacionalismo, una crítica profunda al multilateralismo, al orden liberal y a las sociedades abiertas; el antiglobalismo, la defensa de los valores conservadores, una visión autoritaria de la sociedad centrada en el lema “ley y orden”, el antiprogresismo, el antiintelectualismo y la toma de distancia formal de las pasadas experiencias de fascismo, a pesar de los continuos guiños o referencias a los regímenes autoritarios del pasado.
En Europa y en Estados Unidos, el identitarismo, el nativismo, la condena de la inmigración tachada de “invasión”, la xenofobia y, más concretamente, la islamofobia juegan un papel crucial respecto a América Latina, aunque no faltan casos —pensemos en Chile— donde también la ultraderecha ha utilizado claramente un discurso de rechazo a la inmigración (venezolana, principalmente). Asimismo, en muchas de las derechas latinoamericanas hay también una alteridad que se rechaza, como la representada por las poblaciones indígenas.
Estas formaciones también comparten estrategias políticas y comunicativas, como el tacticismo exacerbado, la centralidad de las guerras culturales, la utilización de las nuevas tecnologías y las redes sociales como armas de propaganda, además del empleo de una retórica transgresora y provocadora. El objetivo es múltiple: viralizar sus discursos y así normalizarse; aumentar la desconfianza de la ciudadanía hacia las instituciones y los expertos, a menudo mediante la difusión de bulos y teorías conspirativas; romper los clivajes tradicionales izquierda-derecha; polarizar la sociedad; marcar el debate público y mantener la iniciativa política y, finalmente, presentarse como rebeldes y antisistema.
Además, comparten las mismas redes transnacionales. Es cierto que en la UE la extrema derecha aún no ha conseguido unificarse en un solo grupo: de ahí la existencia de ECR, PfE y ESN. Sin embargo, el intercambio de ideas es constante y la colaboración es fluida: se reúnen a menudo, en el Parlamento europeo votan casi siempre lo mismo y firman manifiestos conjuntamente. También comparten una tupida red de fundaciones, think tanks, asociaciones y organizaciones en el ámbito global que trabajan desde hace años para estrechar lazos y elaborar una agenda común.
El mundo ultraconservador anglosajón es muy activo con cumbres como la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) –que tiene ya franquicias en Hungría, Brasil, Argentina, México o Australia– y los congresos de la red nacionalconservadora, establecida por la Fundación Edmund Burke del filósofo israelo-estadounidense Yoram Hazony. Detrás se encuentran fundaciones como Heritage –que elaboró el ya famoso Project 2025 para la nueva presidencia de Trump– o la Red Atlas. Ambas tienen tentáculos en todo el mundo. Aquí podemos nombrar también Foro Madrid, liderado por la Fundación Disenso de Vox, que reúne en sus cumbres en América Latina a centenares de políticos, activistas e influencers ultraderechistas.
El tema de la defensa de los valores tradicionales permite una estrecha colaboración con las redes ya existentes en el mundo integrista cristiano, como el Congreso Mundial de las Familias, con vínculos incluso en el mundo ultraortodoxo ruso; la Alianza en Defensa de la Libertad, de origen norteamericano pero con hasta seis sedes en Europa; o la plataforma CitizenGo, el brazo internacional de HazteOír, presente en más de cuarenta países. Otros nombres que no hay que pasar por alto son One Of Us y Political Network for Values, donde el exministro del PP, Jaime Mayor Oreja, juega un papel importante.
En todas estas redes, Orbán es un peón clave; y su protagonismo es creciente: además de la edición europea de la CPAC, cada dos años organiza la Cumbre Demográfica de Budapest; y en 2024 una de sus GONGOs (Organización no gubernamental organizada por el Gobierno) , el Centro por los Derechos Fundamentales, abrió una sede en Madrid gracias a la mediación de Vox y la Asociación Católica de Propagandistas.
En todo este entramado tampoco faltan las escuelas de formación, claves para formar nuevos cuadros. Tanto ECR como PfE han abierto las suyas, que se suman a las que ya tienen los diferentes partidos nacionales. Si los polacos de Ley y Justicia crearon el Colegio Intermarium, vinculado al think tank ultracatólico Ordo Iuris, Orbán montó el Mathias Corvinus Collegium, que en la actualidad cuenta con más de veinte sedes entre el país magiar, Rumania y Bruselas, y tiene alrededor de 7.000 estudiantes.
Estas redes son realmente enormes: de lo que estamos hablando aquí es solamente de la punta del iceberg. De fondo, además, los líderes de la extrema derecha se sienten parte de una misma familia global que lucha contra el wokismo, el marxismo cultural y el liberalismo. En la toma de posesión de Trump, entre otros, estaban Meloni, Abascal, Bukele, Zemmour y Milei. Para la del presidente argentino, se desplazaron a Buenos Aires Bolsonaro, Orbán y Abascal. Podríamos seguir. No deja de ser una paradoja que los más ultranacionalistas hayan conseguido forjar una especie de internacional reaccionaria. Pero es justamente así. Démonos cuenta de ello de una vez. ◼
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