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La energía que no se ve: moléculas verdes para descarbonizar la industria y el transporte
Las moléculas verdes no se ven, pero contribuyen a descarbonizar los sectores donde la electrificación no es viable. Se producen a partir de residuos orgánicos no aptos para la alimentación (materias primas de segunda generación) o de agua combinada con energía renovable, y su objetivo es sustituir total o parcialmente a los combustibles fósiles tradicionales, al tiempo que reducen considerablemente las emisiones de CO2.

CP
El mundo que rodea a la energía está cada vez más diversificado. A nadie le extraña que le hablen de energía solar, de parques eólicos y no digamos coches eléctricos, que ya son parte del día a día. Pero existe una parte de la transición energética mucho menos conocida que, sin embargo, es fundamental para descarbonizar los sectores de difícil electrificación, como la aviación, el transporte marítimo o determinadas industrias que necesitan grandes cantidades de energía para operar.
La eficiencia aumenta cada día, pero lo cierto es que un avión no puede cruzar el Atlántico únicamente con baterías eléctricas, un gran buque portacontenedores no puede electrificarse fácilmente y algunas industrias necesitan soluciones energéticas diferentes para cubrir necesidades de energía térmica, potencia o materias primas que la electrificación no puede satisfacer por sí sola. Es evidente que en muchas ocasiones la electricidad no es suficiente y para remediarlo han irrumpido las denominadas moléculas verdes, como el hidrógeno renovable y los combustibles de segunda generación (2G) que están llamadas a desempeñar un papel fundamental en la descarbonización de esos sectores.
Las moléculas verdes están diseñadas para sustituir total o parcialmente a los combustibles fósiles tradicionales y reducen de manera notable las emisiones de CO2. A diferencia de la electricidad, estas moléculas verdes pueden almacenarse, transportarse y utilizarse en infraestructuras que ya existen. Por eso son una alternativa estratégica para descarbonizar sectores donde no es viable la electrificación, como es el caso de la industria y el transporte marítimo, el aéreo y el pesado por carretera. No se ven, pero esas moléculas verdes están llamadas, sin duda, a contribuir poderosamente a la transición energética
¿Qué son las moléculas verdes?
Las moléculas verdes son vectores energéticos o combustibles producidos a partir de fuentes renovables y/o materias primas sostenibles. A diferencia de la electricidad, pueden almacenarse, transportarse y utilizarse allí donde un cable o una batería no siempre resultan una solución viable.
Entre ellas se encuentran el hidrógeno renovable, producido mediante electrólisis utilizando electricidad renovable; los combustibles sintéticos derivados de ese hidrógeno; y los combustibles renovables obtenidos a partir de residuos orgánicos. Su principal ventaja es que permiten llevar energía renovable a sectores donde la electrificación directa presenta limitaciones técnicas o económicas.
Cuando los residuos se convierten en combustible
Una de las familias más avanzadas de moléculas verdes son los biocombustibles de segunda generación o 2G. Se producen a partir de residuos y materias primas sostenibles no destinadas a la alimentación, como aceites usados de cocina, residuos agrícolas, ganaderos o biomasa forestal, dando una segunda vida a recursos que ya han cumplido una función previa.
Entre sus principales productos se encuentran el diésel renovable (HVO), el combustible sostenible para aviación (SAF) y el biometano. Algunos de estos combustibles pueden utilizarse en motores e infraestructuras existentes, de acuerdo con las especificaciones técnicas aplicables. Además, permiten reducir hasta un 90% las emisiones de CO₂ a lo largo de todo su ciclo de vida en comparación con los combustibles fósiles convencionales.
No existe una única solución para todos los sectores
La transición energética no consiste en sustituir una tecnología por otra de forma uniforme, sino en combinar distintas soluciones en función de cada uso final. Un turismo que realiza desplazamientos urbanos puede funcionar con batería. Un avión que debe atravesar el Atlántico necesita transportar una gran cantidad de energía con el menor peso posible. Un buque debe almacenar energía para recorrer enormes distancias, mientras que una planta química puede requerir moléculas que formen parte de sus propios procesos industriales.
Por eso, la electrificación y las moléculas verdes no deben entenderse como alternativas enfrentadas. La electricidad renovable será la solución más eficiente en numerosos usos; las moléculas verdes permitirán llevar esa energía a aplicaciones donde un cable o una batería no resultan suficientes.
Esta complementariedad explica por qué las moléculas verdes están ganando peso en las estrategias energéticas europeas. Según un informe de Moeve elaborado en colaboración con PwC, podrían sustituir entre el 20% y el 40% de la demanda actual de combustibles fósiles en Europa en 2040 y contribuir a reducir aproximadamente a la mitad la dependencia energética exterior de la Unión Europea. En 2050, su potencial de sustitución podría situarse entre el 30% y el 50%, con una reducción de hasta el 22% de las emisiones europeas de CO₂.
Del concepto a la producción industrial
El siguiente desafío consiste en trasladar estas soluciones a una escala suficiente para que puedan incorporarse progresivamente a la industria y al transporte. En Huelva, Moeve desarrolla proyectos vinculados a las dos grandes familias de moléculas verdes: Onuba proyecto financiado con fondos Next Generation y primera fase del Valle Andaluz del Hidrógeno Verde, centrado en la producción de hidrógeno renovable mediante electrólisis, y una planta de biocombustibles de segunda generación que utilizará residuos como materia prima.
Más allá de sus cifras, ambos proyectos permiten visualizar el recorrido completo de estas nuevas energías: electricidad renovable que se transforma en hidrógeno y residuos que adquieren una segunda vida como biocombustible. Son dos caminos diferentes para resolver una misma cuestión: cómo reducir el consumo de combustibles fósiles en aquellas actividades que no pueden electrificarse fácilmente.
Una transición basada en múltiples soluciones
Las moléculas verdes no reemplazarán a la electricidad, pero pueden completar aquello que la electrificación no alcanza. Entender de dónde proceden, cómo se transforman y para qué sirve cada una es el primer paso para comprender una transición energética que difícilmente dependerá de una única tecnología. Más bien será el resultado de combinar distintas soluciones, cada una en el lugar donde aporte más valor.

