Verano porteño (9)
Roberto Esteban descubre el nombre de un pez gordo implicado en el negocio de los pisos turísticos y le pregunta a Sebas cómo se imagina el cielo.
Este es el noveno capítulo de la novela de verano por entregas de David Torres.

-Actualizado a
Suspiré, tomé un trago de zumo y brindé en silencio por Mamerto y su nueva vida de casado. Ojalá no fuese una patraña, una milonga, que hubiese dicho Belgrano. En la pantalla de televisión, Mitchum seguía tropezando con su gabardina, con su pasado y con las pistas falsas.
-El Turco es muy mal bicho, Rober. Muy, muy peligroso, aunque eso ya lo sabes. Además, ahora anda metido con gente de altos vuelos. Políticos, constructores, empresarios. La flor y nata de la mierda, ¿entiendes?
El servicio de información del Oso Panda era un Mossad a pequeña escala. Si alguien soltaba una indiscreción allí dentro, aunque fuese en los servicios, acabaría en las orejas de Sebas más temprano que tarde. No era más que un camarero que, como él mismo decía, tuvo la desgracia de adquirir su propio negocio. Pero el Oso Panda no sólo tiene una de las mejores cartas de cócteles de Madrid al precio más asequible, sino también unos cuantos burdeles baratos alrededor y, dos portales más allá, un par de lupanares de lujo. Tarde o temprano las chavalas bajan a echar un trago, los clientes también, a alguno se le calienta la boca y termina hablando más de la cuenta. Mientras yo estoy medio sordo, Sebas disfruta de un oído sobrehumano, digno de un director de orquesta: puede oír un murmullo al otro extremo de la barra, sobrevolando el laberinto de risotadas, el ruido de la tele encendida y la matraca de la gramola. Los periodistas cuentan con agencias de noticias y fuentes anónimas; los policías con agentes infiltrados, chivatos y sistemas de espionaje electrónico. A mí me basta con Sebas. Además de la oreja, la naturaleza le ha bendecido con un filtro capaz de cribar la morralla, como el cedazo de los buscadores de oro, y de conectar las pepitas de información de un solo trazo.
-Por lo que he oído, se está moviendo algo gordo por La Latina, por tu barrio -dijo Sebas, sirviéndome un zumo de naranja con arándanos-. ¿Sabes quién es Juan Antonio Bianchi?
-No tengo el gusto.
-No me extraña. No mucha gente lo conoce. No sale en los periódicos, pero es un pez gordo del área de urbanismo, no sé si de la Comunidad o del Ayuntamiento. No tiene ningún cargo oficial, pero se trata de uno de esos tipos que cortan el bacalao. Los que señalan a los responsables qué papeles hay que firmar y dónde y cuándo firmarlos.
-Prefiero no saber cómo te las apañas para descubrir estas cosas.
-Esta la sé porque aquí viene muchas veces Katia, su querida, una ucraniana con la que a veces se va de la lengua. Ella lo llama Johnny, para que te hagas una idea de la confianza.
-Katia y Johnny -comenté, paladeando el zumo-. Suena a comedia de Hollywood.
-Más o menos es eso. Fíjate si la historia será típica, que el tipo tiene la costumbre de prometerle a Katia que un día abandonará a su mujer y a su hija por ella -Sebas sonrió y se apuntaló las gafas-. La otra noche, por hacerle rabiar, ella fingió que se enfurruñaba, que iba a abandonarlo, y entonces Bianchi le dijo que estaba al caer un pelotazo, que, en cuanto lo arreglara, tendría dinero suficiente para sacarla del arroyo y fugarse a Brasil con ella.
-A lo mejor se encuentran con Mamerto y señora.
-Le aseguró que sólo le faltaba una pieza del rompecabezas: un edificio donde un montón de viejos se habían empeñado en atrincherarse como Astérix y Obélix en la aldea gala.
-Menuda novedad, compañero. Te lo agradezco de verdad.
-Me jode esa gentuza, Rober. No sabes cómo me jode. Bianchi es de esos católicos que van a misa todos los domingos. Roban, mienten, engañan a su esposa, trafican con información privilegiada, echan a la calle a familias enteras, arruinan comercios y negocios honrados, contratan a asesinos, pero creen que tienen línea directa al paraíso sólo porque dejan un billete de diez en el cepillo de la iglesia.
-¿Tú cómo te imaginas el cielo, Sebas?
-¿El cielo? Dudo mucho que exista. Pero supongo que para mí será más o menos así. Un bar, copas, amigos, buena música, una vieja película en blanco y negro.
Aunque Mitchum seguía llamando a las puertas equivocadas, pronto terminaría por deshacer el embrollo. Le pregunté a Sebas si sabía dónde podía localizar a Bianchi y me dijo que Katia no tendría ningún problema en proporcionarle la información. Me marché porque el local empezaba a llenarse de gente y Amadeo llevaba un buen rato esperando. Prefería no saber cómo se imaginaba Sebas el infierno.
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