Una fiesta del cine en tiempos oscuros
Anoche se recompensaron las historias y la emoción con los premios a ‘La infiltrada’ y ‘El 47’, galardón compartido por primera vez en los 39 años de vida de los Goya. Ninguna de las dos películas ganó las estatuillas de dirección ni guion, en una gala que advirtió del peligro de los fascismos y la ignorancia.

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La película más taquillera del año y la más vista en catalán en los cines españoles en los últimos cuatro decenios, La infiltrada y El 47, se llevaron el premio Goya, por primera vez compartido en los 39 años de vida de la Academia de Cine. Académicos y público se dieron la mano en una de las galas de estos galardones más insólitas de su historia.
El Goya a la mejor dirección para Isaki Lacuesta y Pol Rodríguez, merecidísimo; el de mejor dirección novel para Javier Macipe, por La estrella azul, y el de mejor guion original para Eduard Sola, por Casa en flames, dejaron un tanto desnuda la decisión final. Al cine le pasaron por encima las historias. La recompensa ha sido para la emoción que consiguen las dos películas triunfadoras, historias reales, relatos de lucha social y política, por la dignidad y por la libertad. Al final, ahí queda la pregunta, ¿qué hace grande el cine?
"Cuidado, que vienen a caballo"
Sin duda, anoche el cine español fue grande por la variedad, por la generosidad de sus profesionales y por la preocupación que demostraron -con sus películas y con sus discursos- por los desfavorecidos, por las víctimas de agresiones e injusticias, por las consecuencias del cambio climático, por los refugiados, por el derecho a la vivienda, a una muerte digna… Fue grande por el recuerdo a Federico García Lorca y a lo que representa. Y también por la denuncia y las advertencias ante el peligro y las consecuencias, como dijo Aitana Sánchez-Gijón, “de la ignorancia, del fanatismo y la guerra”.
En eso todos estuvieron de acuerdo. “Cuidado que vienen a caballo”, avisó Eduard Fernández, incontestable Goya al mejor actor protagonista por su trabajo en Marco, que aprovechó para hablar del riesgo del fascismo “y de los saludos ambiguos”, solo un poco después de que Richard Gere, celebradísimo Goya Internacional, mencionara el trabajo extraordinario que hacen organizaciones como Open Arms y denunciara las tinieblas que se extienden por el mundo: “Vengo de América, que está en un lugar muy oscuro, donde un matón es el presidente, pero no solo pasa en Estados Unidos".
Celebrar el cine
El voto final de los académicos españoles, tal vez, sea también un síntoma del miedo ante tiempos de incertidumbre, ante la convicción de que, como dijo Eva Valiño al recoger el Goya al mejor sonido para Segundo premio (galardón también indiscutible), haya llegado el momento en que “todos deberíamos actuar”. Por cierto, que lo hizo con una bandera palestina en la camisa, igual que la que llevaba la cineasta Icíar Bollaín. Y que fueron, junto con la kufiya que llevaba el hermano de la tristemente desaparecida Marisa Paredes, las únicas demostraciones de la solidaridad con un pueblo en extinción, que muere en un genocidio salvaje fruto de estos tiempos oscuros de los que habló Gere.
Sí, los profesionales del cine, personajes públicos, son altavoces importantes de las injusticias, son personas que pueden, y deben, dar voz a los que no la tienen, a los que más la necesitan… desde sus palabras de agradecimiento al recoger un premio y, por supuesto, desde sus obras, pero, sobre todo, son artistas. Y la noche de los Goya, por supuesto, celebró la cultura, el arte, el cine.
El premio a la mejor película internacional para Emilia Pérez fue un buen ejemplo de ello. Más allá del debate de si merecía más el galardón que las otras nominadas, entre las que estaban las extraordinarias La quimera y La zona de interés, este reconocimiento permitió a sus distribuidores -Miguel Morales (Wanda Films) y Enrique Costa (Elástica Films)- lanzar un grito de apoyo a la cultura: “Ante el odio y el escarnio, más cine y más cultura”.
Música y lágrimas
Mucho mejor que mencionar a Karla Sofía Gascón y volver a rebozarse en el fango de sus tuits indefendibles, es premiar a la película. El cine español fue grande ayer también por esto y por reconocer el trabajo de intérpretes como Laura Weissmahr o Pepe Lorente, en dos magníficas películas, Salve María y La estrella azul, menos taquilleras que las vencedoras, pero llenas de cine. Fue grande por recompensar el trabajo de montaje de Javier Frutos en Segundo premio, la música de Alberto Iglesias en La habitación de al lado, el cortometraje de Álex Lora (La gran obra) o la hermosa película de Walter Salles Aún estoy aquí.
El cine español anoche cantó a Lorca, agradeció las luchas colectivas, denunció las injusticias y la barbarie y se llenó de música y de lágrimas. Desde Salva Reina, con su Goya al mejor actor de reparto, pasando por Elena Anaya llorando en el patio de butacas mientras escuchaba las palabras de Aitana Sánchez-Gijón, hasta Eduard Sola, reivindicando a las supermadres de todo el mundo, el llanto del cine español se dejó escuchar… Lágrimas de alegría, de emoción, algunas tal vez de conquista después de mucho esfuerzo, porque como dijo Javier Macipe, “hasta el director más ateo sabe que el cine es milagro”, o lágrimas de dolor, quizás, por estar viviendo en estos tiempos tan negros. “Nos vemos en el cine”.
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