Estás leyendo: Málaga, 1937

Público
Público

Málaga, 1937

Los herederos de los asesinados por el franquismo piden algo más que huesos

ARTURO DÍAZ

la Academia define el genocidio como el “exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad”. Cuando se atraviesan las tapias blancas del antiguo cementerio de San Rafael en Málaga, escenario de una maldad inmensa durante la represión que siguió a la entrada de los franquistas en la ciudad en 1937, la idea de que todo aquello fue un auténtico genocidio cobra fuerza setenta años después.

Cuando uno se asoma al abismo de las fosas comunes de los fusilados, cuando se aprende que miles de cadáveres yacen aún amontonados en ellas, al ver los cientos de cajas de madera apiladas en un barracón prefabricado, cada una de ellas con un par de kilos de huesos y cráneos aplastados, si se habla con los huérfanos de esos fusilados, hoy viejos de memoria agilísima, la náusea y el llanto resultan casi
inevitables.

En San Rafael yacen los restos de unas 4.100 personas fusiladas durante el franquismo, según los historiadores, una de las mayores matanzas ocurridas en la guerra civil. La cifra recoge el total de asesinados hasta 1950 que se cree ocupan las fosas comunes del camposanto, pero la suprema carnicería, la más intensa, se produjo en los meses que siguen al 8 de febrero de 1937, cuando Málaga cae en manos de los nacionales.

Desde ese día en que las tropas franquistas (unos 30.000 hombres) entran en la capital al 31 de diciembre del mismo año, 2.466 hombres y mujeres fueron fusilados, muchos sin mediar juicio previo y otros tras una pantomima de proceso, en una orgía de sangre y tiros en la madrugada que ha dejado su marca de duelo en la ciudad.

El asesinato del samaritano

Rafael Gómez tenía “13 años, un mes y 25 días” el día que asesinaron a Antonio, su padre. Ahora tiene 83, los ojos vivos y el cuerpo aún erguido. Rafael se acuerda perfectamente del día que cambió su vida para siempre y de cómo supo que él había muerto “por haber dado de comer a los guerrilleros. ¡Con el hambre que les quitó mi padre a los civiles que comían muchas veces en mi casa, fíjese usté!”. Tras la noticia del fusilamiento llega el miedo: “Estuvimos cinco días encerrados en casa hasta que llegaron dos niñas a las que también les habían matado al padre y yo les di un limón que nos quedaba, lo último que teníamos para comer”.

Las Asociación Contra el Silencio y el Olvido agrupa a 300 familias con víctimas en osarios

Rafael espera ahora que identifiquen a su padre de entre el montón de cuerpos, una labor de cotejo de ADN que durará años tras culminar las exhumaciones. Porque el hombre tiene que cumplir la encomienda que le dejó su madre al morir: “Que si aparecían algún día los restos de mi padre los pusiera con ella en el nicho”.

Rafael acude a menudo al cementerio con otros miembros de la Asociación contra el Silencio y el Olvido (formada por 300 familias con víctimas en estos osarios). Los miembros del grupo, que promueve el último viaje de sus parientes muertos –a la luz del día y de la Historia–, han sacado ya a más de mil con la ayuda del Gobierno, la Junta y el Ayuntamiento.

Muchos pasan las horas en San Rafael, como Paca Córdoba, una mujer encantadora que atiende a todo el que quiera escuchar cómo fue la absurda muerte de su padre.
“Se llamaba Vicente y en el 37 estaba trabajando ayudando a un zapatero. Un día entró una mujer rubia en la tienda y él le echó un piropo.

A la media hora llegó una pareja de guardias y se lo llevaron. A los tres meses le mataron, en julio. Un día lo sacaban de la cárcel justo cuando mi madre le llevaba la comida y le gritó desde el camión, ‘¡espérame en casa que me llevan a la Aduana porque me van a soltar!’. Murió desesperado camino de San Rafael, gritando...; a lo mejor fue de un infarto… lo habían reventado con las palizas. Lo sé porque a un vecino nuestro le tocó enterrarle”. Por eso Paca llevaba flores a un montículo de tierra desde hace años, “porque le estoy haciendo el duelo que no pudo hacerle mi madre; después sólo querré que le hagan un entierro digno”.

La mujer se va emocionando con el relato y acaba en llanto abierto. “¡Por Dios… que yo soy cristiana! ¿dónde estaba Jesús en ese momento?… El pobrecito de mi padre… tan desgraciado que ni sabía coger una bicicleta… limpiando sus zapatos… ¡Por Dios, qué no pasaría él por este caminito del cementerio!”, cuenta Paca señalando con un pañuelo húmedo la calle mojada.

Doblegar a ‘Málaga la roja’

La escala de la represión en Málaga fue especialmente salvaje, quizá con un ánimo ejemplarizante por la fama de bastión republicano que la propaganda le había ganado con el sobrenombre de Málaga la roja.

Diversos historiadores citan el informe de un diplomático británico que en 1944 establecía en 1.500 las personas asesinadas por los republicanos desde la sublevación hasta la caída de la ciudad. Los nacionales no perdieron tiempo en doblar esa marca. En sólo una semana hicieron lo propio con 3.500 personas, según el recuento que dice utilizar cifras de los vencedores. Desde ese momento a 1944, casi 17.000 personas más fueron fusiladas en Málaga.

El segundo golpe que diezmó a los malagueños fue tremendo. Cuando va a caer la ciudad, el pánico se extiende y unas 100.000 personas huyen a pie hacia Almería. 250 kilómetros de camino acosados por las bombas que lanzaban los fascistas desde el aire y el mar. Un médico canadiense, Norman Bethune, ángel de la guarda de los huidos (trasladó a cientos de niños y madres en camión en múltiples viajes), calificó estos hechos como “la más grande y terrible evacuación de una ciudad en los tiempos modernos”. Imposible calcular cuántos murieron.

'Mi madre me pidió que si aparecían los restos de mi padres los pusiera con ella en el nicho'

Así, escuchar al general Gonzalo Queipo de Llano, jefe de las tropas franquistas en Andalucía, en sus charlas por Radio Sevilla pone los pelos de punta. Aquí va una perla de 1936: “Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombre de verdad. Y, a la vez, a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen”.

Las fosas se llenaban de republicanos conforme avanzaba el ejército de Franco, del mismo modo que en muchos otros sitios se habían colmado de gente afecta al otro bando. El general Mola ya había dado la consigna al día siguiente de la sublevación: “Sembrar el terror eliminando sin escrúpulos a todos los que no piensen como nosotros”. La orden se cumplía con precisión en prácticamente cada pueblo.

El historiador Borja de Riquer calcula en 140.000 el número de fusilados por los franquistas. Al tiempo, unos 50.000 habrían muerto en la zona republicana. El hispanista británico Paul Preston rebaja la cifra de asesinados por la derecha a unos 100.000, dato con el que coincide Santos Juliá sólo para el periodo 1936-1939. Hasta 1945 habrían muerto otras 50.000 víctimas de la represión; 60.000 serían los asesinados en zona republicana para este historiador. El dictador, en la inmediata posguerra, proclamó que 470.000 personas habían sido eliminadas “por las hordas marxistas”.

Pero el ardor del dictador quedó rebajado años después por la Causa General que se siguió para localizar a los asesinados por republicanos, 80.000 personas. Los responsables de la persecución en la retaguardia nacional, los culpables de las miles de venganzas personales cumplidas al borde de las fosas, fueron exonerados por un decreto ley de 1969, que declaraba prescritos los delitos cometidos antes del fin de la guerra (el 1 de abril de 1939).

'Justicia, verdad y reparación'

La Federación de Foros de la Memoria, que agrupa a 14 asociaciones, quiere romper el consenso de la transición y rasgar el velo de silencio que cubre a los culpables de crímenes como los de Málaga. También exhuman cadáveres, pero su punto de vista es claramente político. Cuando localizan una fosa, denuncian los crímenes para que se persiga a los autores, plantan la tricolor en la excavación y terminan cantando La Internacional tras un homenaje laico a los muertos. “Rescatamos militantes asesinados, y denunciamos los hechos como genocidio, porque éste no prescribe, a pesar de que los jueces no admiten a trámite las denuncias”, explica José María Pedreño, el presidente de la Federación.

El pasado 22 de septiembre se celebró uno de estos homenajes tras el fin de la excavación de una fosa en una cuneta junto al río Guadalhorce, a las afueras de Villanueva del Rosario, Málaga. Sentados frente a la fosa recién abierta estaban varias decenas de ancianos compungidos, nerviosos por el reencuentro con sus padres y hermanos fusilados cuando ellos eran niños. Uno a uno y del brazo de voluntarios del Foro iban entrando en el hoyo a medida que leían los nombres de sus deudos.

Algunos se santiguaban, cada uno con un ramo de flores, 11 ramos de flores. Allí están dos Antonios, dos Josés, dos Franciscos, dos Cristóbal, y Andrés, y Rosendo, y Lucas, los 11 de la Casa del Pueblo en 1937; los 11 con los huesos rotos por balas que se ven incrustadas en las costillas... Sólo las suelas de goma de los zapatos resisten pegadas a la tibia y el peroné a los 70 años de su último paseo.

Pepe Valencia es el impulsor de la excavación, el que llamó al Foro porque tenía dos tíos en la fosa. “Para mí esto siempre fue un trauma. Mi madre lloraba mucho pero me decía, ‘de esto no se habla fuera’; ya sabe, por supervivencia. Y nos fuimos del pueblo porque había que convivir con los asesinos. En los primeros tiempos no nos dejaban ni llorar...”, narra. Pedreño pide “justicia, verdad y reparación, que se deje de temer a los poderes fácticos”.

¿Te ha resultado interesante esta noticia?

Más noticias